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sábado, 13 de junio de 2026

1.- VARÓN Y HEMBRA

  

1. Y creó al hombre a imagen suya,
a imagen de Dos los creó, y los creó varón y hembra” (Gen 1, 27). La Biblia llama “hombre” no a un ser individual, sino a la pareja, varón más hembra. Adán no fue un ser completo hasta que vio a Eva y encontró en ella lo que le faltaba para su propia realización personal. Lo mismo se puede decir de Eva, aunque no lo indique la Sagrada Escritura.
Iguales en derechos
El “hombre” es una birrealidad, un yo más un tú, y ambos juntos
forman el hombre de la historia. La pareja es, desde los orígenes, algo connatural al ser humano. La diferencia fundamental de los sexos, el ser varón o hembra, es la fuente de una vida en común fundada en la mutua atracción, en el mutuo amor y en la mutua complementariedad.                                La relación hombre-mujer fue concebida por Dios como una mutua ayuda.
“No es bueno que el hombre está solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él” (Gen 2, 18) Sólo un ser capaz de amar en la misma medida en que es amado puede colmar las aspiraciones humanas. No es de extrañar, por tanto, que el amor sea la ley fundamental de la pareja humana. Los seres humanos necesitamos amar y ser amados, querer y ser queridos. Cuando falta el amor, el ser humano se desploma en la vacuidad de su existencia, pues el corazón humano necesita el calor y el amor de otro corazón para funcionar con normalidad y a pleno rendimiento. Sin amor el corazón se agosta, las ideas se escapan, la mente se embrutece y la vida se amarga y se rompe. El amor entre un hombre y una mujer es el presagio de la vida, el rebrotar de la naturaleza, el canto de los sentimientos y la alegría de la convivencia.
El amor respeta la dignidad de las personas
Es imposible practicar la mutua ayuda y la complementariedad si falta el amor que respete los derechos que, como personas e hijos de Dios tienen todos los hombres y todas las mujeres. Tanto el hombre como la mujer tienen sus propio  derechos como personas, derechos que no pierden al aceptar vivir en comunidad uno con el otro; todo lo contrario, se refuerzan, quien más debe respetar los derechos de la mujer es el hombre que comparte su vida y lo mismo cabe decir de la mujer. Este es el único camino para salir de la violencia doméstica de nuestros días. Todos estamos obligados a vivir ese amor sin machismos ni feminismos que tergiversen y empobrezcan la dignidad del hombre o de la mujer. Uno y otra, aunque distintos por su propia naturaleza, son iguales en su dignidad como personas. No es el varón más persona que la mujer, ni ésta lo es más que el varón. En cuanto personas, ambos dan la misma medida, ambos tienen la misma dignidad y los mismos derechos.

La unión que engendra vida 
Los seres humanos somos criaturas llamadas a reflejar en la complementariedad de los sexos la singular tarea de transmitir la vida a nuevos seres. El ser humano no es sólo cuerpo, es mucho más. El cuerpo no es algo que tiene la persona, sino una parte de ella, que la sobrepasa, en la que vive y con la que se   expresa; con el cuerpo nos comunicamos unos con otros; con el cuerpo transmitimos las vivencias, los sentimientos y afectos que experimentamos; y con el cuerpo expresamos nuestras relaciones amorosas personales. La sexualidad es la dimensión de la persona que le permite existir, expresarse, gozar y sufrir como hombre o como mujer.                                                                  El cuerpo no es algo que pertenece, en el sentido de ser dueño de él y poder hacer con él y de él lo que venga en gana, como se
puede hacer con las cosas que son una posesión, como el dinero o el coche. El cuerpo es mucho más. Es la parte física de la persona, en la que se sustenta la parte espiritual. La persona no puede existir, como tal, sin la estrecha vinculación de ambas partes.
La vida, de forma natural, sólo puede brotar de la unión de un hombre y una mujer. La humanidad podría haber estado constituída solamente por varones o por mujeres, en la hipótesis de que ambos separadamente pudiesen transmitir la vida a nuevos miembros; pero, la realidad no es ésa, sino que es necesario el concurso de ambos sexos para la transmisión de la vida.
La complementariedad física y psicológica
Es imprescindible la complementariedad física para la transmisión de la vida de modo natural y sólo puede darse entre un hombre y una mujer heterosexuales; siendo imposible que se dé entre dos hombres o entre dos mujeres. 
La complementariedad psicológica, es decir, la amistad y el amor, se puede dar entre hombres y mujeres tanto hetero como homosexuales.
La intimidad sexual es un diálogo de entrega y de aceptación de todo el ser, tal cual es, sin tabúes y falsos pudores, capaz de transmitir los propios deseos, sensaciones y gustos. La intimidad sexual ejercida “de manera verdaderamente humana, significa y favorece el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de generosa gratitud” (1).
La complementariedad psicológica no es imprescindible para engendrar un nuevo ser; de hecho, son muchos los seres  humanos que han sido y son engendrados por causas diversas que nada tienen que ver con el amor y la amistad de los progenitores; recordemos, por ejemplo, el hijo nacido tras una violación o los hijos de los llamados “matrimonios de conveniencia”.
La complementariedad psicológica es imprescindible para la mutua ayuda y la buena convivencia, cualquiera que sea la condición sexual de las personas. El sexo sin amor coloca a la altura de los animales irracionales, la del puro instinto. 
Las personas que optan por una relación homosexual, precisamente porque se complementan psicológicamente, deben ser respetadas por la sociedad y, en vez de perseguirlas,
apalearlas o asesinarlas, otorgarles todos los derechos a los que puedan optar, al margen de consideraciones ideológicas o religiosas que impidan compartir esa opción sexual.
La sexualidad es una dimensión de la persona: Todos los hombres y mujeres somos seres sexuados y, como tales, nos comunicamos y manifestamos unos a otros. La sexualidad es un elemento básico de la personalidad masculina o femenina, un modo propio de ser, que se expresa de forma distinta en todas las actividades del hombre y de la mujer. Ser hombre, saberlo y aceptarlo, y ser mujer, saberlo y aceptarlo, son los ingredientes de la identidad sexual. Conocer la propia identidad sexual es condición previa para la aceptación de uno mismo y para lograr la propia satisfacción siendo cada uno lo que es, hombre o mujer.
No es lo mismo sexualidad que genitalidad; la primera afecta a todas las células del  organismo, mientras que la segunda atañe exclusivamente a los órganos reproductores.
Las relaciones interpersonales son imprescindibles para el desarrollo físico, psíquico, social y moral de los seres humanos. Nos comunicamos y relacionamos como seres sexuados, de ahí que la misma sexualidad sea una forma no desdeñable de comunicación y de relación. El contacto personal, las caricias, los besos y abrazos expresan sentimientos y afectos, difíciles de explicar con palabras, las cuales, a menudo, son menos espontáneas y sinceras.
La intimidad sexual es la manifestación externa y corporal de un diálogo mucho más profundo, previo a la misma relación sexual, afectivo, amoroso, abierto, confiado, respetuoso y transparente. Si falta este diálogo, la relación sexual íntima no pasa de ser una erotización y estimulación mutuas, tal vez, con respuesta en ambos, pero nunca será la comunicación deseada.

1 Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 49.

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