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miércoles, 3 de junio de 2026

153.5.- LA AFECTIVIDAD EN EL MATRIMONIO

  El diálogo matrimonial está abierto a todos los temas porque los esposos hablan de la vida y de todo lo que acontece en la sociedad, pero de modo especial debe estar abierto a lo que acontece en su propia vida. Ningún área debe quedar marginada de sus conversaciones.

No obstante, hay aspectos que, por su relevancia, deben estar más presentes y con mayor frecuencia. Cada persona es un mundo en riqueza y variedad de sentimientos que expresa u oculta según el propio carácter y las circunstancias personales del momento. En la vida matrimonial se dan infinidad de pequeños acontecimientos, dentro y fuera del hogar, que    alegran, entristecen o preocupan a los cónyuges.                          Cuando se ha adquirido la costumbre y la virtud de practicar el diálogo sincero y confiado es normal que se compartan las alegrías, las tristezas y las preocupaciones. Suele haber personas muy reservadas, a las que les cuesta mucho abrir las puertas de su interior. Si esto sucediera entre dos esposos, ambos deben estar alerta para, detectado el fallo, buscar inmediatamente el remedio.

Es muy importante el conocimiento del carácter de cada uno; así, el que sea más abierto, más extravertido, deberá ayudar al otro a abrirse, a depositar en él sus estados de ánimo; si son alegres, simplemente, para compartirlos y aumentar la alegría de ambos; si son tristes, para desahogar el peso del corazón en el ser querido y dividir la carga. ¡Qué alivio más grande tener siempre al lado un ser querido en quien depositar las alegrías,   tristezas y preocupaciones!

1. Compartir los estados de ánimo

Contar al otro cómo me encuentro, qué siento por dentro, es una gran muestra de amor por lo que encierra de confianza y de sincera amistad. Contarse mutuamente los gustos, los deseos, lo que les agradaría hacer en un momento concreto, comporta un diálogo afectuoso que provoca el recíproco deseo de complacerse. Suelo siempre recomendar a los esposos que, cuando se den cuenta de que el otro está atravesando un momento difícil, le pregunten cariñosamente ¿Cómo te encuentras? ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Qué puedo hacer por ti? Es, creo, la mejor manera de interesarse por el otro y de intentar ayudarle para que abra su corazón. El matrimonio, lo he dicho ya muchas veces, es cosa de dos, y no será nunca perfecto si uno o los dos se guardan las cosas para sí mismos.

En el matrimonio no caben secretos: Los que un día decidieron compartir sus vidas, deben compartir todas y cada una de sus peripecias. La vida matrimonial está plagada de pequeñas cosas y, de cuando en cuando, suceden algunas más relevantes; pero, lo verdaderamente importante es la actitud de afecto con que los esposos afrontan los acontecimientos, sean éstos grandes o pequeños. Se suele decir que en al matrimonio no hay que distinguir tanto entre cosas grandes y pequeñas, entre cosas más o menos importantes, porque todas son causas desencadenantes del aumento o de la merma de lo único, de verdad, importante en la vida matrimonial, el amor conyugal.

¿Dónde queda el derecho a la intimidad personal?: En este apartado me refiero exclusivamente al derecho a la intinidad personal que tiene cada cónyuge con respecto al otro. El derecho a la intimidad y el secreto de las comunicaciones, protegido en el artículo 18 de la Constitución Española, es un derecho fundamental y solo el juez puede acordar la intervención de las comunicaciones y de la correspondencia de un ciudadano.                                                                                                 Nadie está dispensado para descubrir secretos o intimidades del otro, ni padres, ni tutores, ni cónyuge, ni pareja.                     “Se garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen. (1) “El derecho a la intimidad personal garantiza al individuo un poder jurídico sobre la información relativa a una persona o su familia, pudiendo imponer a terceros (sean estos particulares o poderes públicos) su voluntad de no dar a conocer dicha información, prohibiendo su difusión no consentida” (2).

¿Cómo conjugar el derecho a la intimidad personal que tiene cada cónyuge con lo dicho anteriormente:“entre cónyuges no debe haber secretos”? ¿Tiene derecho un cónyuge a conocer la intimidad, presente y pasada, del otro cónyuge?

La intimidad presente, es decir, la vivida durante el matrimonio, debe ser mutuamente conocida y si uno de los dos quiere ocultarla, el otro puede adoptar las medidas que crea conveniente.

Respecto a la intimidad pasada, es decir al tiempo anterior al matrimonio, ambos tienen el deber de comunicarla cuando se trate de asuntos que puedan afectar seriamente a la convivencia matrimonial actual; por ejemplo, si uno tiene hijos o deudas.

Si el secreto íntimo no afecta seriamente a la convivencia actual del matrimonio, no hay obligación de manifestarlo y, por tanto, tampoco puede ser exigido. Lo cual no impide que pueda ser libremente compartido, porque cuando se trata de esposos, una cosa es exigir y otra muy distinta depositar voluntariamente la intimidad en el ser amado. Es un regalo que sólo se tiene con el ser amado, el mejor amigo, y eso debe ser siempre un cónyuge con el otro. Esa debería ser la dinámica de la afectividad entre los esposos: Cada uno ser todo para el otro, y llenar su vida de cariño, dulzura, afecto y confianza.

2. ¿Mío? ¿Tuyo? ¡¡NUESTRO!!

La tendencia a poseer se desarrolla desde la más tierna edad; muy pronto el lenguaje que utilizamos es: “mi pelota”, mi carrito”, “mi plato” , mi muñeca,“mi papá” y “mi mamá”. La tendencia sigue con los años y de adultos decimos: “mi coche”, “mi casa”, “mis joyas”, “mi cuenta del Banco”, etc. Incluso llegamos a marcar un territorio y decimos: “por favor no invadas mi espacio”. Cuando dos adultos inician una relación, la costumbre continúa, ya que ambos han crecido según la tendencia general y aquello es un continuo tuyo y mío.

Las trenzas: Recuerdo una mesa redonda con parejas que se preparaban para el matrimonio, hablando sobre lo mío o lo tuyo, propuse esta comparación: Al llegar al matrimonio, todos venimos cargados con una mochila llena de ilusiones, proyectos, gustos, valores, forma de pensar, experiencias y, tal vez, alguna que otra desilusión.

Representemos cada cosa por un cordón de distinto color, hagamos una trenza y tendremos “la trenza de nuestra personalidad”.

En el matrimonio son dos personas las que se unen, cada una con su trenza particular. Pueden elegir seguir cada uno con su trenza particular o con las dos trenzas individuales hacer una común. La trenza común no sería “mi trenza”, y tampoco “tu trenza”, sería NUESTRA TRENZA, que es la que representa al matrimonio como “íntima comunidad de vida y de amor conyugal”. 1+1=1

Intimidad y sexualidad: La característica esencial del amor matrimonial es su  condición de entrega total de la vida, con el propósito de constituir una comunidad de personas que se dan mutua seguridad, placer, compañía, consuelo y apoyo. Por eso el tipo de intimidad que esta entrega establece incluye la donación libre y gozosa de nuestros cuerpos a través de la intimidad sexual, pero no se limita sólo a ella.

El grado de complementariedad y beneficios de la sexualidad tiene que ver con el grado de intimidad que la pareja ha alcanzado en los diferentes aspectos de su vida. Esto es, con el grado de comunicación, de confianza, de respeto, de trato delicado y con la solidaridad y mutuo apoyo en su convivencia diaria. Se puede decir que, a excepción de las limitaciones que a veces una enfermedad o una disfunción biológica pueda traer a la vida sexual, la gran mayoría de los problemas que afrontan las parejas en la cama, tiene que ver con su intimidad en la vida diaria. Así por ejemplo, es muy difícil que la esposa se sienta atraída y dispuesta a dar todo de sí en la noche, a un esposo que durante el día no ha hecho más que criticarla u ofenderla, o que la vio cansada y no compartió las tareas de la casa. Para mejorar el nivel de intimidad, la pareja debe tener en cuenta que la intimidad supone aceptación, confianza y ternura.

La intimidad supone aceptación: Aceptamos a nuestro cónyuge cuando le hacemos sentir que, aún sabiendo sus defectos y limitaciones, tanto de carácter como físicos, ella o él, es la persona más importante en nuestra vida y que por eso, puede contar siempre con nosotros. Esto lo demostramos a través de la atención con la cual escuchamos, a través de las palabras de consuelo que le damos, a través del interés y preocupación que manifestamos por saber cómo se siente y por la forma como, aún cuando manifestemos nuestros desacuerdos, lo hacemos sin juzgar las intenciones del otro.

La intimidad supone confianza: La confianza no es algo que se pueda exigir sino una realidad que nace espontáneamente entre dos que se sienten aceptados. Pero la confianza se puede cultivar. Para ello, es preciso partir de un acto de fe fundamental: creer que en ningún momento el otro tiene la intención explícita de ofendernos o hacernos daño. Esta actitud de confianza en las buenas intenciones del otro y en su bondad fundamental es decisiva para que se dé un diálogo abierto entre las parejas, tanto a nivel de las diferencias de opinión o modos de actuar, como sobre las preferencias que tenemos a nivel íntimo.                                                                                                           La falta de confianza puede en cambio obstaculizar todos los niveles de comunicación tanto emocionales como corporales. Conozco por ejemplo parejas que se sienten muy incómodas en la intimidad porque su cónyuge tiene mal aliento y tiene pena   de decírselo. Esto la ha llevado a desarrollar desgana y fastidio por la sexualidad y su esposo no sabe lo que pasa y piensa que ya no lo quiere. Gracias a la confianza las parejas deben poder decirse qué caricia les agrada más y cuál en cambio no les agrada o les satisface.En pocas palabras, la confianza crea la complicidad y amistad que se requiere entre dos buenos amantes y que los hace compañeros para siempre. Esa confianza debe poder dar igualmente a la pareja la libertad tanto de poder sugerir tener una relación como poder negarse a ella porque no se siente con ganas de hacerlo, sin que esto lleve al otro a pensar que lo están rechazando o que no lo aman.

Y cuando, con el paso de los años, la intimidad sexual no sea la que prime, la confianza puede mantener en la pareja el grado de unidad gracias al cual se experimenta que no hay secretos entre los dos; que con el cónyuge se pueden abordar aun los temas más difíciles.

La intimidad supone ternura: La ternura se compone de gestos o palabras generosas con las cuales una persona acaricia no sólo el cuerpo sino también el alma de la otra persona. Es decir, son esas miradas de admiración, esa guiñada de ojo que le levanta el ánimo a nuestro cónyuge; son las flores con las cuales queremos decirle a alguien: “Hoy pensé especialmente en ti”; es el abrazo de consuelo o de compañía con que recibimos a nuestra pareja después de un día de trabajo. Pueden ser también los “piropos” o frases de halago que, aunque pase el tiempo y el espejo deje ver el deterioro, hagan sentir a nuestra pareja que la seguimos admirando y amando.  En fin, el poder de la ternura es tal, que podemos decir que es el mayor y mejor  afrodisíaco, no sólo porque motiva a las caricias, sino porque mantiene a la pareja enamorados. 

Está claro que “hacer el amor” es mucho más que ir a la cama. Es desarrollar en todos los aspectos de la comunicación y convivencia las posibilidades de entrega e intimidad de las cuales Dios nos ha hecho capaces, y que con su ayuda podemos siempre mejorar.

(1)   Artículo 18.1 de la Constitución Española

(2) Sentencia del Tribunal Constitucional 15.07.1999.

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