“Ame cada uno a su mujer y ámela como a sí mismo; y la mujer reverencie a su marido” (Ef 5, 33)
El diálogo matrimonial está
Ningún área debe quedar marginada de sus conversaciones. No obstante, hay aspectos que, por su relevancia, deben estar más presentes y con mayor frecuencia.
La afectividad en el matrimonio
Cada persona es un mundo en riqueza y variedad de sentimientos que expresa u oculta según el propio carácter y las circunstancias personales del momento. En la vida matrimonial se dan infinidad de pequeños acontecimientos, dentro y fuera del hogar, que alegran, entristecen o preocupan a los cónyuges.
Cuando se ha adquirido la costumbre y la virtud de practicar el diálogo sincero y confiado es normal que se compartan las alegrías, las tristezas y las preocupaciones.
Suele haber personas muy reservadas, a las que les cuesta mucho abrir las puertas de su interior. Si esto sucediera entre dos esposos. Ambos deben estar alerta para, detectado el fallo, buscar inmediatamente el remedio.
Es muy importante el conocimiento del carácter de cada uno; así, el que sea más abierto, más extravertido, deberá ayudar al otro a abrirse, a depositar en él sus estados de ánimo; si son alegres, simplemente, para compartirlos y aumentar la alegría de ambos; si son tristes, para desahogar el peso del corazón en el ser querido y dividir la carga.
¡Qué alivio más grande tener siempre al lado un ser querido en quien depositar las alegrías, tristezas y preocupaciones!
Compartir los estados de ánimo, decir al otro cómo me encuentro, qué siento por dentro, es una gran muestra de amor por lo que encierra de confianza y de sincera amistad.
Contarse mutuamente los gustos, los deseos, lo que les agradaría hacer en un momento concreto, comporta un diálogo afectuoso que provoca el recíproco deseo de complacerse.
Suelo siempre recomendar a los esposos que, cuando se den cuenta de que el otro está atravesando un momento difícil, le pregunten cariñosamente ¿Cómo te encuentras? ¿Cómo puedo ayudarte? ¿Qué puedo hacer por ti? Es, creo, la mejor manera de interesarse por el otro y de intentar ayudarle para que abra su corazón.
El matrimonio, lo he dicho ya muchas veces, es cosa de dos, y no será nunca perfecto si uno o los dos se guardan las cosas para sí mismos.
En el matrimonio no caben los secretos. Los que un día decidieron compartir sus vidas, deben compartir todas y cada una de sus peripecias.
La vida matrimonial está plagada de pequeñas cosas y, de cuando en cuando, suceden algunas más relevantes; pero, lo verdaderamente importante es la actitud de afecto con que los esposos afrontan los acontecimientos, sean éstos grandes o pequeños.
Se suele decir que en al matrimonio no hay que distinguir tanto entre cosas grandes y pequeñas, entre cosas más o menos importantes, porque todas son causas desencadenantes del aumento o de la merma de lo único, de verdad, importante en la vida matrimonial, el amor conyugal.
Los seres humanos tenemos derecho a nuestra propia intimidad, nadie puede “exigirnos” que la descubramos. Cuando se trata de dos esposos, una cosa es exigir y otra muy distinta depositar voluntariamente nuestra intimidad en el ser amado.
Es un regalo que sólo se tiene con el ser amado, con el mejor amigo, y eso debe ser siempre un cónyuge con el otro. Esa debe ser la dinámica de la afectividad entre los esposos. Cada uno ser todo para el otro, y llenar su vida de cariño, dulzura, afecto y confianza.
La definición perfecta del matrimonio
El Concilio Vaticano II definió al matrimonio como " íntima comunidad de vida y de amor conyugal".
Veamos cada una da sus palabras:
Íntima, es una realidad natural viva, expresada en la profunda atracción física y espiritual que sienten los cónyuges entre sí, y que ellos desarrollan con deseos y decisiones tendentes al “sí quiero” del consentimiento personal por el que se dan y se reciben mutuamente y a la posterior vivencia de esa donación.
Comunidad, que nace con el don del mutuo “sí quiero” y que se perfecciona viviendo día a día esa donación. En el matrimonio, todo es común; los dos, a ser posible con acuerdo mutuo, gobiernan sus vidas. Uno no manda más que el otro y ambos son responsables del futuro de su comunidad matrimonial, que será lo que ellos decidan que sea.
De vida, en un doble sentido:
En cuanto que, con los hijos, se da origen a la comunidad familiar, base de todas las demás comunidades civiles o religiosas.
En cuanto que son dos vidas, dos personalidades distintas, dos historias que se funden para hacer una única historia, la historia del matrimonio, con un proyecto común basado en el amor mutuo.
Y de amor conyugal, no un amor cualquiera, sino un amor adulto, afincado en lo más profundo e íntimo del ser. Amor físico y espiritual que abarca a toda la persona del ser amado.
Amor inmaduro y amor maduro
El amor inmaduro: “Te amo porque me amas” o “Te amo porque te necesito”.
El amor maduro: “Te necesito porque te amo”.
La madurez del amor exige considerar al otro como un tú, como una persona a la que se valora y respeta como tal. Es salir de uno mismo al encuentro del otro, para, al encontrarlo, darse a él. Este amor tiene como ingrediente fundamental la amistad entre ambos.
El amor inmaduro es egoísta, no va al encuentro del otro, sino que simplemente se sirve de él, le usa, le trata como si fuera un objeto.
Civilización del amor o del utilitarismo
Tanto el amor adulto como la civilización del amor atienden a los valores de las personas, a lo que son y, en consecuencia, cuando descubren al otro, se produce la entrega.
Este amor enaltece, eleva y enriquece a las personas, llevándolas a la seguridad de sentirse queridas por lo que son.
El utilitarismo, el usar y tirar, degrada a las personas, convirtiéndolas en cosas de uso, de placer, de utilidad, sin tener en consideración su dignidad ni sus derechos.
El humanismo cristiano considera al matrimonio como ”algo que se hace” en la convivencia íntima del amor conyugal. La apertura a nuevos horizontes, esencial en el proceso de realización de las personas, en el matrimonio se verifica a través de la comunidad conyugal de vida y de amor.
La realización de las personas debe ponerse como base para comprender el matrimonio.
El amor conyugal es el supremo don y el supremo quehacer de los esposos. Como núcleo esencial del matrimonio debe ser el punto de referencia constante de los esposos ante todos los acontecimientos de su vida.
Toda la vida conyugal debe desarrollarse y crecer a través de este núcleo esencial. Todos los valores y actitudes de la amistad conyugal, como el cariño, la fidelidad, la entrega definitiva y total son valores dinámicos que están englobados en la realidad del amor conyugal; son metas o quehaceres diarios a los que se debe tender y por los que hay que esforzarse.
Con este planteamiento básico del matrimonio como búsqueda de la realización de los cónyuges a través de la íntima comunidad de vida y de amor, los esposos cristianos enseñan al mundo de hoy que es posible creer y aceptar al otro en profunda acogida y donación, valores de los que tan necesitada está nuestra humanidad.
El matrimonio es cosa de dos.
Nadie se casa para seguir llevando la misma vida que llevó de soltero.
El matrimonio es una comunidad de dos, que ensancha la vida de los propios esposos, que buscan su realización como personas y como esposos en todos los aspectos propios de la vida matrimonial.
Todos estos actos son fuente de vida para ellos por estar enmarcados en la línea de la donación amorosa, la búsqueda y el bien del otro.
El amor de los esposos es el motor de todos sus actos y debe ser, al mismo tiempo, el punto de mira permanente para mejorarlo e incrementarlo.
Los esposos que viven esta dinámica del amor son los que realmente viven felices, a pesar de las dificultades que la vida les puede traer.
El matrimonio es, también, fuente de vida para los nuevos seres que, llamados por el amor de los padres, vendrán a la existencia.
En el matrimonio no caben los francotiradores, los que van por libre, los que imponen su voluntad, los que hacen las cosas sin un diálogo previo con su consorte. Los que pretendan seguir esa conducta después de casados, no deberían haberse casado. Es este un punto de reflexión muy importante para todos los que se preparan al matrimonio o a vivir en pareja.
En el matrimonio, todo, absolutamente todo, debe hacerse de común acuerdo, puesto que todo forma parte de los intereses legítimos de los dos que han decidido vivir en comunidad.
Los esposos deben hacer patente su amor
Los cónyuges deben no sólo custodiar su amor conyugal sino revelarlo, hacerlo patente a los demás, sobre todo a los hijos.
Los esposos cristianos tienen en su matrimonio el lugar privilegiado para ser entre ellos un eco del amor de Dios a la humanidad, ser luz que ilumine a tantos y tantas que, privados de ella, sólo se guían por la fuerza del instinto y ser levadura que pueda hacer fermentar en el amor a la masa de la sociedad.
La mejor escuela para aprender lo que es al amor es el hogar familiar. En ningún sitio aprenderán los hijos lo que es el amor mejor que en el regazo de sus padres. Los hijos aprenderán a amar viendo cómo se aman sus padres. En el hogar están rodeados de amor y de todo lo que éste lleva consigo, y ése será su mejor recuerdo para el futuro y también su mejor vacuna contra el desamor.
Por desgracia, también el hogar puede ser ejemplo de todo lo que es contrario al amor, y también esto marcará al hijo para toda su vida de adulto.
De aquí se desprende, fácilmente, la conclusión que deben sacar los padres en relación con su conducta, sabedores de la enorme influencia que va a tener, tanto para ellos como para el futuro de sus hijos y para la sociedad entera.
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