1. La paternidad responsable
Texto del C. Vaticano II: “En el deber de transmitir la vida humana y educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que sonooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su obligación con dócil reverencia hacia Dios; de común acuerdo y propósito se formarán un juicio recto, atendiendo tanto al bien propio como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias del momento y del estado de vida, tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de su propia familia, de la sociedad y de la Iglesia. Este juicio, en último término, lo deben formar ante Dios los esposos personalmente” (1)
Los padres son cooperadores de Dios: La fecundidad humana ha sido uno de los temas conflictivos históricamente en la Iglesia y en la conciencia de muchos cónyuges católicos en las últimas décadas. La comunidad conyugal culmina en la paternidad y maternidad: los hijos son la corona del matrimonio. En la comunidad conyugal confluyen y se integran muchos elementos, que forman una totalidad y cooperan, al unísono, a la realización como personas de los dos cónyuges. La fecundidad es un elemento más; importante, pero no el único. El sentido de la fecundidad humana desde una visión humana y cristiana debe buscarse en la perspectiva de la pareja que forma dicha comunidad, que no es otra que la íntima comunidad de vida y de amor, su núcleo vital, el cual exige entregarse y compartir la existencia en una relación interpersonal creativa y fecunda. Los cónyuges, en el ejercicio de su paternidad, son cooperadores del amor de Dios, quien se sirve de ellos para crear una nueva vida, que, nacida del amor de Dios manifestado en el amor creativo de los padres, viene al mundo por amor, para ser amada y para poder amar.
Una llamada a la responsabilidad de los padres: El Concilio Vaticano II, en el número 50 de la constitución Gaudium et spes, hace una llamada a la responsabilidad de los padres. No es baladí traer un hijo al mundo. Para los padres es un hecho de gran trascendencia que va a afectar mucho a sus vidas en todos los aspectos. Traer un hijo a la existencia es uno de los actos más importantes y transcendentales que un hombre y una mujer pueden hacer. Al darle la existencia, son los responsables de lo que le suceda hasta que alcance su mayoría de edad. Deberáncuidarle física, psíquica y espiritualmente, poner los medios adecuados para que logre una educación armónica y completa y alcance su desarrollo global como ser humano. Todo esto exige a los padres la responsabilidad de traer un hijo al mundo cuando se den las circunstancias adecuadas, en las cuales el hijo pueda ser atendido correctamente. Los hijos vienen al mundo sin pedirlo, sin consentimiento previo; pero, una vez traídos, tienen derecho a los medios ordinarios que posibiliten su pleno desarrollo.
El juicio recto de los padres: Para tomar la decisión de traer un hijo al mundo, ambos padres, de común acuerdo y según su conciencia, deben formarse un juicio recto. Esto quiere decir que deben atender a las razones objetivas de su situación. El Concilio marca una serie de puntos de suma importancia, como son el bien propio de los padres, el bien del posible hijo y de los demás hermanos si los hay, las circunstancias específicas en que se encuentre el matrimonio en ese momento, tanto materiales como espirituales y el bien de la sociedad y de la Iglesia (no pueden olvidar los padres que la sociedad se nutre de la natalidad de los matrimonios y que ésta es muy baja en muchas naciones). Atendiendo, por tanto, a las razones objetivas y no sólo a las subjetivas, será como los padres se formen un juicio recto y puedan tomar la decisión responsablemente.
2.- Regulación de la natalidad
“El Concilio sabe que los esposos en la armónica organización de su vida conyugal, con frecuencia se encuentran implicados en situaciones en que el número de los hijos, al menos provisionalmente, no se puede aumentar, y el ejercicio del amor fiel en la plena intimidad tiene sus dificultades para mantenerse. Cuando la intimidad conyugal queda interrumpida, puede correr riesgos la fidelidad y quedar comprometido el bien de los hijos; porque la educación de los hijos y el valor necesario para aceptar los que vengan quedan entonces en peligro” ( C. Vaticano II GS 51)
El ejercicio responsable de la paternidad: La ponderación del juicio recto, conduce, con frecuencia, a los esposos, a tomar la decisión de regular el nacimiento de sus hijos. La decisión de regular la natalidad debe ser tomada por ambos esposos y en conciencia; no basta que uno solo la tome, pues quedaría resquebrajada la unidad matrimonial y sería fuente de conflictos.
Lo que atañe a los dos debe ser decidido por los dos. Para que los esposos puedan ejercer su derecho a regular su natalidad deben conocer, y la Iglesia y la sociedad deben poner a su alcance, los diversos métodos de regulación y su valoración técnica por parte de los especialistas. Si no se ofrece un método eficaz no se puede pedir una paternidad responsable.
Valoración técnica de cada método de regulación: Deberá tener presente:
1º. Su eficacia, de nada sirve un método que se ha demostrado ineficaz. Cuanto mayor sea el grado de eficacia mayor será la confianza y la aceptación.
2º. Su facilidad o dificultad de utilización, los métodos difíciles de aplicar terminan por ser desechados en la práctica habitual de los esposos. No se puede pretender que los esposos, en las manifestaciones espontáneas de su amor, tengan que estar pendientes de las dificultades engorrosas de algunos métodos.
3º. Sus contraindicaciones físicas o psíquicas. No todos los métodos son inocuos para la salud física o psíquica de los padres. Deben, por tanto, valorar el grado de inocuidad de cada uno para aconsejar sólo el mejor. Los padres deben exponer su situación a un especialista y solicitar su consejo a este respecto.
Valoración moral de los métodos de regulación de la paternidad: Además de la valoración técnica, los padres católicos deberán tener presente la valoración moral, que podemos concretar en estos criterios morales:
1º. Son inmorales todos los métodos abortivos porque no respetan la vida humana. El tema del aborto lo trato en el capítulo X.
2º. La visión integral del matrimonio y del amor conyugal debe iluminar la moralidad de cada método, no la consideración puramente biológica de la sexualidad. En este sentido, parece excesivo el rechazo de los llamados “métodos artificiales” pues se da una visión demasiado biológica y poco integral de la sexualidad. Además, si aceptamos y aplaudimos lo artificial en otros campos del saber humano, por adquirir un bien físico, ¿por qué no hemos de aceptarlo cuando están en juego bienes de todo tipo, tanto de los padres como de los hijos?
3º. La moral cristiana no es competente para entrar en las soluciones técnicas. Es incoherente y arriesgado inclinar la valoración moral por un método determinado.
4º. La postura del Magisterio eclesiástico ha de interpretarse dentro de esa búsqueda general por encontrar métodos humanos que permitan realizar la paternidad responsable.
5º. El principio de la inviolabilidad de la conciencia recta, que busque sinceramente la verdad objetiva, siempre será válido, ante posibles conflictos de la misma, fundados en el juicio recto de ambos esposos, libre de egoísmos y prejuicios.
Explicaciones de la fecundidad humana: A lo largo de la historia humana se han dado diversas explicaciones de la fecundidad; la mayoría parciales e incompletas, cuando no interesadas. He aquí las que se suelen dar históricamente:
1ª. La fecundidad justifica que exista el matrimonio. El matrimonio no puede ser justificado por su fecundidad (pensamos que el verdadero matrimonio no necesita justificación); pues, son muchos los que no tienen hijos porque no pueden, y son unos matrimonios maravillosos.
2ª. La fecundidad justifica al acto conyugal. El acto conyugal es justo, correcto y digno si se funda en el amor de los esposos. La esposa, bajo ningún concepto, puede ser considerada una prostituta con la que el esposo cohabita gratuitamente; ambos esposos se han escogido mutuamente, en igualdad de derechos y obligaciones, bajo el fundamento del mutuo amor. El amor nunca debe ser forzado y los esposos conservan el derecho a decir no a unas relaciones íntimas, cuando consideren que tienen una causa que lo justifique. Forzar un no, claramente expresado, es una violación dentro del matrimonio.
3ª. La fecundidad como el fin primario del matrimonio: La fecundidad es uno de los fines primarios del matrimonio; pero, no el único, ni el más importante. El fin primario más importante del matrimonio es la mutua ayuda entre los cónyuges. Es la mutua ayuda la que produce e incrementa el amor conyugal que, no me cansaré nunca de repetirlo, es el único fundamento válido del matrimonio. Los hijos pueden llegar o no; pero, en ambos casos, el amor debe no sólo permanecer sino incrementarse cada día.
Explicación según el Concilio Vaticano II:
El amor es el núcleo de la pareja, no la fecundidad. “Este amor, por ser un acto eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona y, por tanto enriquece y avalora con una dignidad especial las manifestaciones del cuerpo y del espíritu y las ennoblece como elementos y señales específicas de la amistad conyugal” GS 49.
Los actos propios del amor conyugal: El amor conyugal “tiene su propia manera de expresarse y de realizarse. En consecuencia, los actos con los que los esposos se unen íntima y castamente entre sí, son honestos y dignos, y, ejecutados de manera verdaderamente humana, significan y favorecen el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de gozosa gratitud” ...”Un tal amor, asociando a la vez lo humano y lo divino, lleva a los esposos a un don mutuo y libre de sí mismos, comprobado por sentimientos y actos de ternura, impregna toda su vida; más aún, por su misma generosa actividad crece y se perfecciona” GS 49.
El amor conyugal es superación del puro instinto: La fecundidad humana, basada en el mutuo amor, “supera, con mucho, la inclinación puramente erótica, que, cultivada con egoísmo, se desvanece rápida y lamentablemente” GS 49. El amor conyugal es donación y entrega gratuita, es búsqueda del bienestar del otro, es salida de uno mismo para ir al encuentro del otro. Los esposos, en sus manifestaciones íntimas, tienen en consideración al otro, sus gustos y apetencias, su estado corporal y anímico. Cuando se ama, siempre se pide el parecer del otro y se le respeta, porque por encima del propio deseo está el de hacer feliz al ser que se ama.
El instinto lleva a procurar su satisfacción inmediata, sin pensar en el otro ni en procurar hacerle feliz. La satisfacción instintiva es totalmente egoísta, pues conduce sólo a procurar la propia satisfacción y, como tal es flor de un día, con etiqueta perecedera fulminante. La satisfacción egoísta en el matrimonio es sumamente perjudicial para ambos cónyuges, pues les priva de una hermosa fuente de gozo y de alegría compartidos. El matrimonio y el amor conyugal están también ordenados a la procreación y a la educación de la prole. Este es el segundo fin del matrimonio. Los hijos son la corona del matrimonio, el fruto más preciado de su amor conyugal.
2. ¡Ya somos padres!
Estas palabras expresan la dicha de los esposos ante el nacimiento de su primer retoño.Amor de madre
¿Qué significa “ser padres”? Que el amor de los progenitores se ha encarnado en un nuevo ser, su hijo y, con él, han nacido nuevos vínculos. Dejando de lado el aspecto de la paternidad física, quiero reflexionar sobre la profundidad del nuevo vínculo que une a los progenitores.
El hijo une y ata más a los padres entre si: De ser dos, han pasado a ser tres. De ser un matrimonio (o una pareja), han pasado a ser una familia. Este cambio da fortaleza y profundidad a su amor, capacitándolos para ser menos egoístas y más generosos. Ahora hay “alguien” que les une y les ata para siempre. Puede suceder, por desgracia, que un día dejen de vivir como esposos, dejarán de vivir como familia, por una separación o un divorcio, pero NUNCA dejarán de ser padres. El nacimiento une, vincula y ata a los padres con el nuevo hijo. Es un vínculo de cariño y responsabilidad que les acompañará a todos para siempre. La calidad de ese vínculo influirá profundamente en las vidas, tanto de los padres como de los hijos. El cariño de los padres es el caldo de cultivo para todo lo que quieran transmitir a su hijo. Sin cariño no es posible la transmisión de valores positivos y perdurables que deberán convertirse en las raíces que darán sentido a su vida. Sin cariño no es posible el proceso de identificación, sino todo lo contrario. El niño y la niña sólo se identificarán con sus padres si se sienten amados por ellos. La falta de cariño produce rechazo.
Padres responsables: Cuando se tiene un hijo se asume la responsabilidad de participar en el desarrollo de una vida única, singular y llena de posibilidades. Esa es la tarea más arriesgada y apasionante como padres. Y es también el regalo más importante que les podemos hacer: Educarles para que interioricen y desarrollen recursos, habilidades y destrezas que les ayuden a crecer como personas y a relacionarse con los demás de forma respetuosa, solidaria y responsable. Es así como el hogar se convierte en la escuela fundamental para el aprendizaje de la vida. La educación de los hijos pasa a ser objetivo fundamental de los padres. No escatiman sacrificios, todo es poco y siempre hay nuevos peldaños para subir.
El valor del ejemplo: La mejor forma de conseguir una buena educación es “predicar con el ejemplo”. Ya lo decían en la antigüedad: “Verba movent, exempla trahunt”. (Las palabras mueven, los ejemplos arrastran).
(1) C. Vaticano II Gaudium et Spes 50,51
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