Un saludo a todos.
Continuamos en esta segunda sesión y voy a desarrollar el tema La familia según el plan de Dios. Comenzamos la sesión anterior hablando de cuál era la visión de la iglesia católica sobre la sexualidad, ahora vamos a desarrollar cuál es el plan de Dios sobre la familia según lo que Dios ha puesto en manos de la iglesia para ser custodiado.
Recuerdo que en el libro del Génesis capítulo segundo versículos 18 y 20 se narra que, después de crear a Adán en el día sexto, Dios se dio como un paseo por el jardín del paraíso junto con Adán y comprobó que aquello era maravilloso, que la creación era impresionante; pero, que había un punto de insatisfacción en el corazón de Adán. Sí, como si dijese: Esto es maravilloso, la creación es impresionante; pero, no tiene un interlocutor con corazón de hombre.
El hombre no puede hablar con las piedras, el hombre no puede hablar con los árboles, no puede hablar con los animales, no son otro tú y entonces había como una cierta insatisfacción, tenía la necesidad de una compañía para tener una relación interpersonal. Soy consciente de que decir esto hoy en día, seguro que más de uno, según me habéis estado escuchando, habrá dicho:
A ver, ojo, señor obispo, que vivimos una crisis antropológica en la que muchos han sustituido a sus compañeros por un animal de compañía o a sus hijos por unos perritos. Hoy, uno puede ir por la calle y ver un carrito de bebé y se lleva la sorpresa de que en ese carrito de bebé no hay un bebé sino que hay un animal de compañía que es utilizado para llenar la efectividad como si fuese la persona de compañía y, obviamente, eso no es sino la expresión de una crisis antropológica.
En una ocasión compartí en redes sociales una fotografía en la que se veía a una mujer joven llevando en su carricoche no un bebé sino un perrito y me atreví a decir en un mensaje enviado a las redes sociales “Esto no es una fotografía es una radiografía de la crisis cultural y antropológica en la que nos encontramos”.
Porque, según narra el libro del Génesis, el hombre no tenía en los animales ni en el resto de la creación una relación de amistad y se sentía con la necesidad de tener otro tú con el cual relacionarse. Ya sé que, a veces, utilizamos algunas expresiones en un sentido simbólico, por ejemplo, cuando se dice que el perro es el mejor amigo del hombre; es una expresión metafórica porque un perro no es un amigo, no lo es ni puede serlo. Y si uno pretendiese que lo fuese quiere decir que tiene una crisis afectiva importante en su vida.
El hombre necesita la relación interpersonal y, entonces (sigo con el Génesis), Dios hizo que Adán se quedase dormido y Dios extrajo una costilla del costado de Adán y con ella formó a la
mujer. Esta narración es un lenguaje simbólico para subrayar que en esa creación de Eva desde la costilla de Adán se esté afirmando el hecho de que ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne; es como si Adán dijese: a ésta la siento mucho más cercana que los astros, las plantas, los animales; es un tú con quien puedo relacionarme.Eso es lo que significa ese pasaje bíblico que, a veces, desde unos prejuicios ideológicos
del feminismo radical se dice: mira, fíjate cómo Eva es considerada inferior a Adán, cómo la mujer es considerada inferior al hombre que se le saca de una costilla. Eso es no entender lo que verdaderamente esa imagen bíblica está subrayando: que ambos tienen la misma dignidad, ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta sí que es verdaderamente interlocutora mía y no el resto de la creación.
El hombre y la mujer estamos llamados a la complementariedad, porque podemos tener amistad y no con los animales. No es bueno que el hombre esté solo; por eso, digamos que Dios ha dispuesto que exista una atracción entre el hombre y la mujer, una atracción de la cual se deriva el enamoramiento como el punto de partida para iniciar un discernimiento y poder llegar a formar un matrimonio.
El matrimonio en el plan de Dio es definido como «íntima comunidad de vida y de amor conyugal». Dios ha querido que tengamos una comunidad de vida, una comunidad íntima de amor conyugal que es el matrimonio que, al llegar los hijos, se convierte en una familia que es la célula básica de la sociedad; una familia que comparte su proyecto vital, sus afanes, dolores, alegrías y esperanzas.
Seguramente, algunos estaréis diciendo: Eso es muy bonito; pero, muchos de nosotros no hemos llegado a a formar una familia, comenzando por el que os habla; pero, seguro que también habrá televidentes que estén diciendo: a mí me hubiese gustado casarme y, por circunstancias de la vida, me he quedado soltero. El plan de Dios se ha frustrado en mí, aunque creo que es un bun plan.
Es conveniente que nos demos cuenta de que, aunque el designio mayoritario sea el matrimonio y la familia y que ésta sea la célula básica de la sociedad, no todos están llamados a
formar una familia. Jesucristo, el hombre perfecto, el Hijo de Dios, no se casó, no formó una familia; pero, sí tuvo la experiencia de nacer en una familia. También nosotros, los que no hemos formado una familia, sí tenemos la experiencia de haber sido hijos de esa relación entre el hombre y la mujer, en esa complementariedad en la que Dios creó a Adán y a Eva, eso nos constituye profundamente a todos.
En ese sentido todos, incluso no me quiero olvidar de las personas que por diversos avatares en la vida, hablaremos de ello a lo largo de las sesiones de la serie, tienen una atracción homosexual que ha podido ser generada por heridas que han acontecido en su infancia o en su adolescencia; circunstancias que, por el hecho de tener esa experiencia no han llegado a
formar un matrimonio y una familia; pero, aún en medio de dificultades, de heridas o de vocación al celibato, como es el caso de quien os habla o de alguien que se quedó soltero porque las circunstancias de la vida no pusieron en su camino la posibilidad de casarse, lo cierto es que todos somos hijos de la experiencia de haber llegado al mundo desde ese gran don que es la unión matrimonial, desde ese gran don que es la familia.La familia es la célula básica de la sociedad; es la forma en la que Dios ha querido que el ser humano llegue al mundo, es la puerta desde la que el ser humano experimenta su dignidad.
En la familia he tenido la experiencia de haber sido amado incondicionalmente, de haber sido querido, allí experimenté que soy alguien porque se me ama por lo que soy, no por lo que pueda llegar a ser; no se me ama porque tenga éxito en la vida, se me ama tal y como soy, sencillamente por ser hijo. Es la experiencia del amor incondicional donde se nos ama, no se nos utiliza.
Dios ha querido que esa sea la experiencia fundante, ese es el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia: Una entrega mutua y total con dos características y es muy importante que
las entendamos. Estoy hablando de algo que es de ley natural, que no es exclusivamente para los católicos, algo que es inherente a la dignidad del ser humano.
El matrimonio tiene dos características:
Primera característica: La entrega mutua y total en la unidad; es decir, solo puedo entregar mi corazón plenamente cuando lo entrego entero a una persona; no puedo entregárselo entero a
dos. Cuando una chica le dice a un chico: ¿me quieres? El chico puede contestar: Sí, te quiero muchísimo; pero, también quiero a mis padres y a mi familia. Bueno, dice la chica, ya sé que quieres a tus padres y a tu familia; pero, yo cuando te pregunto si me quieres me refiero a que si hay algo en tu corazón, algo que es indivisible, algo que solamente se lo puedes entregar a una mujer.
Claro que tu corazón también ama a tus padres, a tus hermanos, a tu familia y a tus amigos; pero, hay algo indivisible en tu corazón que está muy claro que no se puede entregar, al
mismo tiempo, a dos personas distintas; lo contrario sería como decir: te doy un trozo de mi corazón, pero no te entrego todo entero. Por eso es muy claro para nosotros el no a la poligamia.
Es tan importante custodiar lo indiviso de nuestro corazón porque cuando la chica le pregunta al chico o viceversa ¿me quieres? se refiere a si ese corazón se le entrega solo a una
persona, no a dos porque a dos a la vez no se le puede entregar.
¿Me permitís un poco de humor? No hace mucho tiempo, hablando de cómo custodiar lo indiviso de nuestro corazón envié a redes sociales, a veces me gusta hacerlo, algo para hacer pensar, una viñeta en la que uno se acerca a un kiosco en el que se vendían, aparte de la prensa diaria, un tipo de tarjetas postales y le dice: Buenos días, ¿tendría usted alguna tarjeta postal que diga para mi único y verdadero amor? El dependiente le contestó: Sí, sí, aquí las tengo. Bueno, pues deme cuatro tarjetas.
Obviamente, he compartido esto ironizando porque cuando alguien dice te entrego todo mi corazón, no lo puede decir a dos personas al mismo tiempo. El amor tiene la característica de la
unidad, exige un corazón indiviso y una persona tiene derecho a tener celos, no enfermizos que eso es otra cosa, sino celos justificados porque la otra persona se está mofando al no entregarse plenamente y, si están casados, esa persona no se está comportando dignamente en su matrimonio.
Segunda característica, la indisolubilidad. Solo me doy completamente al otro cuando tengo la determinación de que sea para siempre, sin plan B; si me sale mal, tengo preparado el Plan B.
No, el amor auténtico tiene su compromiso de indisolubilidad, es para siempre. No se puede decir yo te quiero con todo mi corazón, pero no sé hasta cuándo. A ver, si alguien dice tal
cosa, es un mentiroso, no es verdad que le quiera con todo su corazón; porque el amor pleno, el amor auténtico es indiviso e indisoluble.
No sé si conocéis la expresión castellana que subraya que, a veces, en esta vida tenemos un camino sin retorno; es decir, que cuando alguien se compromete en un camino sin retorno está
subrayando que puede haber dificultades; pero, no está dispuesto a dejar a medio camino el compromiso iniciado. La Real Academia Española de la lengua subraya la expresión quemar las naves, que significa: tomar una determinación con todas sus consecuencias, sin camino de retorno. Esa expresión de quemar las naves viene de dos hechos históricos: uno, el de Hernán Cortés cuando, en el siglo XV, llega a México y otro, el de Alejandro Magno cuando, en el siglo tercero, estaba en la playa de Fenicia para conquistar una ciudad; pero, veía que las murallas eran inexpugnables, sus soldados eran pocos y tenían la tentación de decir: esto no va, vámonos y ya vendremos en otro momento. Entonces Alejandro Magno dijo: Vamos a ver, quemad las naves; y los soldados quemaron todas las naves. Estando todos ellos en la playa se dijeron: ahora, una de dos, o conquistamos Fenicia o morimos porque no tenemos naves.
Creo que las dos expresiones españolas sirven para darnos a entender la indisolubiidad del matrimonio y vivirlo con un compromiso indisoluble, porque es la única manera de darlo todo, de dar lo mejor de nosotros mismos para llegar a conseguir el objetivo que perseguimos: el amor fiel hasta que la muerte nos separe.
Si uno guarda una lancha o un pequeño barco para escaparse, eso es un Plan B por si las cosas salen mal o por si las dificultades son muy grandes; obviamente no está viviendo el amor conyugal en plenitud.
La indisolubilidad es uno con una para siempre. Esto no es un invento cristiano, de hecho lo encontramos en culturas precristianas y también post cristianas que existen hoy en día porque, en el fondo, que el amor sea indisoluble es algo que late en el corazón del hombre, todo el mundo quiere que su amor sea para siempre y esto nos indica que, aunque sea difícil, es algo inherente a nuestra dignidad que puede ser difícil; pero, la única manera de que el amor sea pleno es que sea para siempre.
Eso de que es un invento del cristianismo, me vais a permitir que ponga un ejemplo: Allá por el año 2000 se puso muy de moda en algunos lugares el famoso candado de amor que no es
un invento de la Iglesia Católica. ¿En qué consiste? Hay muchos puentes y otros lugares emblemáticos en algunas ciudades europeas, fijaos ¡en el año 2000! en los años de secularización, cuando muchos novios están viviendo la intensidad de su compromiso de vamos a casarnos, antes de ir a la iglesia van, por ejemplo, al famoso puente Milvio en Roma, allí hacen el rito del candado que consiste en enganchar el candado a la barandilla del puente, cerrar elcandado, sacar la llave del candado con sus dos nombres atados y lanzar la llave al río. Fijaos que es un signo que hacen muchos jóvenes de distintas ciudades de Europa, pertencientes a diversas culturas latinas, germánicas o anglófonas.
No, no ha sido la Iglesia Católica a la que se le ha ocurrido ese signo cuando los jóvenes toman su decisión de unirse. ¿De dónde viene ese signo? ¿Dónde ha nacido? Los jóvenes pueden no ser creyentes, pueden no haber oído hablar de Dios; pero, algo instintivo está escrito en su corazón: el amor es para siempre y lo gritan muy fuerte mientras lanzan al agua la llave del candado con sus nombres.
La Iglesia está llamada a custodiar la dignidad del matrimonio porque el divorcio fácil, propio de nuestros tiempos, no hace sino debilitar el matrimonio. La Iglesia se convierte en profeta
del amor, en profeta de la familia, siempre que proclama estos valores. Por ejemplo, cuando nuestros misioneros van a África y allí, a personas que viven una cultura que admite y practica la
poligamia, allí nuestros misioneros predican lo que es la visión cristiana del amor. Cuando alguien se convierte al cristianismo y resulta que tiene ocho mujeres, tiene que entender que para hacerse cristiano tiene que aclarar su corazón y su compromiso, porque solamente puede tener una.
Entonces nos damos cuenta del compromiso tan fuerte de esas personas que se convierten al cristianismo y se bautizan con el compromiso de tener una sola esposa. ¡Qué salto tan grande!
Eso sucede en contextos culturales en los que la poligamia está bien vista; pero, algo similar pasa en nuestra cultura en la que el divorcio está plenamente asumido de una manera frívola. En nuestro contexto del amor, de entrega total, de unidad y estabilidad es en el que Dios quiere que nazcan nuestros hijos. Dios quiere para nosotros que caminemos hacia la madurez de
un matrimonio estable. Hoy vemos, con más claridad que nunca, que la falta de ese amor estable es la causa de muchas heridas y de muchísimos desequilibrios. No hace mucho tiempo, vi unas
estadísticas en las que había correlación entre el fracaso escolar de los niños y el fracaso del matrimonio de sus padres; una correlación tremenda, por ejemplo: qué tanto por ciento de las
personas que están en prisión son hijos de una experiencia fallida del matrimonio de sus padres; obviamente, el tanto por ciento es altísimo.
Como decía Chesterton: En la familia, un matrimonio fuerte y unido es el mejor Ministerio de Asuntos Sociales, es el mejor Ministerio de Sanidad, es el mejor Ministerio de Educación.
En la realidad, hay muchos ministerios y muchos servicios sociales de nuestros gobiernos que están, de alguna manera, dejando patente que son incapaces de suplir lo que una familia no hace cuando entra en crisis. Subrayemos que el matrimonio es una realidad humana natural para todos los hombres y mujeres, que Jesucristo lo tuteló elevándolo a la dignidad de sacramento, que el matrimonio no es un invento del cristianismo porque ya existía antes del cristianismo, que lo que el cristianismo hizo fue elevarlo a la dignidad de sacramento, que el matrimonio es un signo del amor de Cristo a su Iglesia.Cristo amó a su iglesia mucho más allá de lo que la iglesia merecía. Cuando nosotros menos merecemos ser amados es cuando más necesitamos ser amados. Ese es el amor de Cristo y así debería ser también el amor del matrimonio que ama no proporcionalmente a nuestro merecimiento sino a nuestra necesidad de ser amados.
El hecho de que el matrimonio sea un sacramento implica tres cosas prácticas que voy a intentar subrayar.
La primera, el matrimonio es un camino de santidad. La vocación al matrimonio tiene la misma vocación a la santidad que tiene la vocación sacerdotal. El sacerdote está llamado a ser
santo porque ha recibido el Sacramento del Orden sacerdotal que le posibilita el ejercicio de su vocación a la santidad. De igual modo, los casados están llamados a ser santos porque han
recibido el Sacramento del Matrimonio que les posibilita caminar hacia la santidad. Son dos vocaciones distintas, dos sacramentos distintos, dos caminos distintos; pero, ambos son camino de santidad.
En segundo lugar, el matrimonio es un sacramento. Por haber sido elevado a la dignidad de Sacramento Jesucristo se compromete a dar su gracia. Acordaos, cuando preguntan a Jesús por el divorcio, Él les dice: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así». En el plan de Dios no fue así y ahora ha llegado Jesucristo que es la plenitud de la gracia y, mediante el sacramento del matrimonio que hemos recibido, nos da la gracia que hace posible que podamos vivirnos el plan de Dios. A la debilidad humana le resulta imposible vivir el plan de Dios, sin Cristo es imposible vivir la indisolubilidad y la unidad del corazón porque el pecado nos ha distorsionado, pero con la gracia de Cristo todo es posible.
Lo que decimos del matrimonio se puede aplicar también al celibato. El celibato es imposible al hombre sin la gracia de Cristo, pero la gracia de Cristo se derrama en nosotros y nos
da la capacidad de vivir gozosamente el celibato que prometimos al recibir el sacramento del Orden.
En tercer lugar, tenemos dos modelos de familia. La familia trinitaria: el Padre, el Hijo y Espíritu Santo, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados. Dios es familia, no es un ser solitario. El segundo modelo es la sagrada familia de Nazaret, Jesús, José y María.
A esas dos familias consagramos nuestros matrimonios y nuestras familias. Por eso me vais a permitir que concluya esta sesión invitando a consagrar nuestras familias al Sagrado Corazón de Jesús porque eso es introducir el modelo de la familia de Nazaret en el seno de nuestras familias y decir Señor danos la gracia de amarnos como Jesús, José y María se amaron en aquella Sagrada Familia de Nazaret. Así lo pedimos en ese acto de consagrar al Sagrado Corazón de Jesús nuestras familias. Que así sea.
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