Mi familia

martes, 2 de junio de 2026

153.19.- LA FAMILIA Y SUS CIRCUNSTANCIAS: LOS REFERENTES FAMILIARES

 

1.- La responsabilidad de los padres

¿De qué hablamos con los hijos? ¿Qué educación, qué valores les estamos transmitiendo? La actividad principal que realizan algunos padres con sus hijos es ver la televisión. El problema más grave entre padres e hijos es que éstos les han perdido como modelos de referencia. Además, para evitar problemas en casa, se elude tratar temas espinosos, como la religión, los valores sociales, la sexualidad, etc. Los padres comparten poco tiempo con sus hijos.                                                                            Sino se comparten las inquietudes, los sentimientos, las ilusiones, ¿cómo se pueden transmitir los valores? De ninguna manera; no se transmiten y todos tan tranquilos.

2.- El problema más grave es la falta de referentes familiares.

No se dialoga en familia y, por tanto, ni los padres conocen a sus hijos ni éstos a sus padres. Conviven, pero se relacionan poco y no saben casi nada de los sentimientos, afectos y carencias de unos y otros. Los adolescentes de hoy tienen de todo, pero carecen de lo más fundamental, tener una referencia sólida en sus padres para crear su propia identidad. Si no reciben en su familia sus valores y sus raíces, los buscarán en otra parte y, quizá, los que encuentren no sean los más adecuados, como vemos en tantos y tantos que padecen un profundo desarraigo familiar.                                                                                                        Los valores fundamentales: Cada familia debe tener sus propios valores humanos y religiosos. Los padres deben tener una idea muy clara, y a ser posible conjunta, de lo que significan esos valores para ellos y para sus hijos. El diálogo matrimonial es de suma importancia en esta materia, porque si los padres no tienen claras las ideas y los valores, ¿cómo podrán transmitirlos? Toda transmisión se lleva a cabo, sobre todo, con el ejemplo y después con la palabra.                                                                        ¿Por qué algunos padres no transmiten sus valores a los hijos? Tal vez, porque ellos tampoco los recibieron: son ciegos que no pueden guiar a otros ciegos, esa sería la peor situación. La responsabilidad de traer un hijo al mundo obliga a los padres a adquirir un cierto grado, no sólo de conocimientos, sino de valores. Un matrimonio sin valores es un verdadero desastre, para ellos mismos y para su descendencia. Los valores hay que tenerlos o adquirirlos para poder transmitirlos.

No se puede transmitir lo que no se posee.

Esto vale también para "los valores, principios y creencias”. Tal vez, hacen dejación de su responsabilidad porque es lo más cómodo y ellos se sienten desorientados y confusos ante la rebeldía de sus hijos. Durante la adolescencia, suelen ser difíciles y conflictivas las relaciones entre padres e hijos. Ser padre o madre es  difícil, porque educar bien es mucho más cansado que no hacerlo o hacerlo mal.                                          Claro que la recompensa es muy diversa en uno u otro caso. Muchos padres caen en la tentación de abandonar la educación de sus hijos y dejar, en exclusiva, esta responsabilidad a la escuela, incluso, al Estado. Los futuros ciudadanos, por derecho y por naturaleza, deben ser educados, en primer lugar, por los padres; la familia es la que debe educar y enseñar. La educación de los hijos es un derecho y una obligación irrenunciables, no hacerlo es una irresponsabilidad.

3.- Ser menos amigos y más padres                                         Algunos se vanaglorian de ser amigos de sus hijos. Es un error. No hay que ser amigos de los hijos, sino padres y madres; para amigos ya tienen a los de su grupo. Hay que decirles lo que está bien y lo que está mal, con afecto, con autoridad y sin imposiciones. Cuando los niños aprenden los valores en el seno de la familia adquieren un  bagaje para toda la vida, difícilmente los olvidarán, pues constituyen sus raíces y fueron plantados en el mejor contexto, que es el del amor. Lo que se recibió CON amor, se suele conservar POR amor. En segundo lugar, y con carácter complementario, la educación de los niños y jóvenes es función de la escuela y del Estado, cuya principal misión debe ser la formación, es decir la transmisión de conocimientos.

4.- El proceso de identificación                                                              En el niño la identificación es una etapa necesaria para la formación de su personalidad. Al principio, trata de imitar fielmente a sus padres: después, buscará otros modelos con los que identificarse, profesores, amigos, héroes deportivos o cinematográficos y, finalmente, tomará conciencia de que su personalidad es distinta de los modelos buscados y de que él debe desarrollarla en lo que le es propio.                                     Todo adolescente, aunque lo normal es que no lo admita, tiene necesidad de una autoridad firme y segura, que le sirva de modelo de referencia y le facilite la estructura básica sobre la que construir su personalidad. Sin modelos de referencia, el niño y el joven vivirán desorientados, sin saber cómo ser, qué hacer y a qué tratar de parecerse en cada etapa de su crecimiento.

Los modelos de referencia:                                                     Familiares: Los padres, los hermanos mayores, los abuelos y tíos.                                                                                       Extrafamiliares: sacerdotes, profesores, amigos.Los padres tienen elderecho y la obligación de indagar y conocer la calidad humana y moral de los modelos extrafamiliares de sus hijos..... y actuar en consecuencia. La vigilancia de los padres debe salvaguardar siempre a los hijos de modelos que les puedan ser nocivos. 

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153.20.- LA FAMILIA Y SUS CIRCUNSTANCIAS: LA MADRE

 

Para el amor, la madre; para el dolor, la madre; para crear y cuidar la vida, la madre: para la ternura y el regazo, la madre; para enjugar las lágrimas, la madre; para curar heridas, la madre; para aguantar la cruz, la madre; para acompañar a un enfermo, la madre; para pacificar el alma, la madre; para cuidar a un niño, la madre; para esperar contra toda esperanza, la madre; para perdonar, la madre; para entregar la vida, la madre;para la lucha generosa, la madre; para proteger la vida, la madre; para recibir al que se alejó, la madre; para enseñar a rezar, la madre; para amar, los ojos, el corazón y las manos de la madre.

1.- ¿Cómo habríamos querido que fuese nuestra madre?

Todos tenemos entronizada en nuestro corazón la imagen de nuestra madre, porque es nuestra madre y porque hemos recibido infinidad de muestras de todas las cualidades que le adornan. En la niñez, la idea de la madre suele estar en consonancia con lo mucho que de ella se recibe. En la edad adulta, el concepto adquiere nuevos matices con los que se enriquece, pasando de ser la “benefactora sentimental” que sacia las necesidades de cuidados y de amor del bebé y del niño, sin los cuales no puede desarrollarse armónica y globalmente, a ser la madre que acompaña, consuela, anima, disculpa, perdona y otras muchas cosas fruto de su amor maternal. Es normal que todos la tengamos en un pedestal y la intentemos adornar con todas las cualidades y virtudes, incluso aquellas que seguramente no poseyó, pues todas quedan eclipsadas por su amor, entrega y generosidad. 

Cuando comparo a mi madre biológica con mi madre espiritual, creo que me acerco más a lo que realmente fue Santa María, la Madre biológica de Jesús y espiritual de todos los hombres. Yo, hombre falible y lleno de deficiencias adorno a mi madre biológica con toda suerte de cualidades, virtudes y bondades; y lo mismo tienden a hacer todos los seres humanos. Nosotros no pudimos escoger a nuestra madre, tampoco podemos realmente adornarla con todas las virtudes y gracias; Jesús sí pudo hacerlo y lo hizo. Podemos decir que María compendia en sí misma lo que todos los hombres hubiésemos deseado para nuestra madre. Lo mejor de todas las madres, lo mejor de todos los deseos de los hijos, en María es una realidad porque su Hijo, Jesús, Dios omnipotente, así lo quiso y así la creó, “toda santa, toda llena de gracia”.

¿Qué recuerdo de ella conservamos? De entre todos los demás familiares, es de la madre de la que conservamos el recuerdo más vivo, más actual, parece como si por él no pasasen los años. Sin duda, esto se debe a los profundos lazos que se crearon entre ambos a lo largo de los primeros años de la infancia. La madre para los adultos es siempre un ser real que se ha dado a sí misma, entregado y consumido toda entera por el amor de sus hijos. Esas huellas son imborrables.

2.- El rol de madre            

El amor materno: El papel principal de toda madre en relación con su hijo es aportarle el elemento básico del amor. El amor de madre no es un amor aprendido, sino que es una amor instintivo e intuitivo, espontáneo y natural. El amor materno satisface tanto a la madre como al hijo y de su calidad va a depender la estabilidad psíquica del hijo cuando sea adulto. El amor materno es desinteresado, dirigido al hijo y por el hijo, al que se da lo mejor, aun a costa de grandes sacrificios, muchas veces, sufridos en silencio y en secreto; el amor materno no espera nada a cambio, es un amor sano y sincero.

Durante el embarazo: Los estrechos vínculos madre-hijo comienzan en el útero materno, y no sólo por la dependencia física, sino también porque los estados emocionales de la madre tienen cierta repercusión en el feto. Está demostrado que los estados de ansiedad, cólera, miedo, etc. provocan la liberación de determinadas sustancias químicas en la corriente sanguínea y la secreción de diferentes hormonas que se trasmiten al feto a través de la placenta, produciendo cambios en su sistema circulatorio que muestran un mayor grado de ansiedad. Por esto se insiste tanto en la necesidad del estado emocional tranquilo de la mujer embarazada.

Periodo de lactancia: El hijo carece de autonomía respecto a la madre; sólo ella es capaz de satisfacer las necesidades del bebé, que se concretan en amor, alimento y cuidados. Al niño le conviene el contacto físico con su madre para aumentar en ambos los lazos que les unen; incluso si tiene que alimentarle con biberón, es recomendable que sea la madre quien se lo dé; sin que suponga un problema cuando la madre trabaje fuera del hogar, bastará con encontrar otras formas de relación que sustituyan, al menos en parte, a la presencia física. El amor maternal es un intercambio entre la madre y el hijo, intercambio animado por la afectividad de la madre que está condicionada por la evolución afectiva infantil. Hay madres que fueron hijas inmaduras, otras que se muestran sobradas como madres e insuficientes como esposas. Las escrupulosas, las ansiosas, las abrumadoras, en general, son víctimas de conflictos con sus propias madres, lo mismo que las posesivas, las agresivas o las viriles.

Etapa del proceso de identificación personal: En esta etapa el niño se siente profundamente identificado con su madre. Si el desarrollo evolutivo es correcto, adquirirá conciencia de su sexo y asumirá el rol de varón. La niña intentará rivalizar con su madre, al principio, para posteriormente identificarse con ella y tomarla como modelo, asumiendo su papel de mujer. Las desviaciones del papel de la madre obstaculizan el desarrollo  armónico del hijo o de la hija y pueden ocasionar consecuencias graves de cara a la estabilidad psíquica del futuro adulto. La madre cumple correctamente su cometido cuando, gratuitamente, ofrece su afecto incondicional y, al mismo tiempo, impulsa al hijo o a la hija a lograr su propia autonomía, su conciencia de sí, hasta su integración en la comunidad de  adultos con una personalidad independiente y segura.

La carencia afectiva: Se ha hablado mucho de la carencia afectiva en que viven algunos niños. Padres que no quieren a sus hijos, que les rechazan o se muestran total -  mente indiferentes ante ellos. Se han estudiado y analizado las consecuencias de la carencia afectiva. Las necesidades afectivas del niño son muy importantes y su insatisfacción puede acarrear graves consecuencias. Todo el mundo puede comprobar el comportamiento del niño pequeño cuando es separado de su madre. Al principio, los llantos y gritos desgarradores dan fe de la angustia provocada por la separación. Cuando ésta es prolongada en el tiempo, se entra en una situación crítica a la que se debe poner remedio cuanto antes buscando un sustituto adecuado que proporcione al niño los cuidados maternales. Si la separación y la edad son cortos, el desarrollo del niño no sufrirá graves consecuencias ni retrasos. Sí estarán presentes si no se dispone de un sustituto adecuado de la madre. Con el tiempo, el niño se resignará, pero con el peligro de que aparezcan la apatía, la tristeza, la ansiedad y la negativa a comer, y con ellas, la interrupción del desarrollo físico y una regresión generalizada. La necesidad de amar y ser amado no es exclusiva de los niños; no es menos importante en los adultos. Cuando la vida afectiva no está satisfecha pueden aparecer episodios depresivos más o menos severos, porque el ser humano está hecho para amar y ser amado.

3.- Desviaciones del rol de madre

Por suerte, la carencia afectiva no es muy frecuente, pues casi todas las madres se desviven por sus retoños y les aman hasta el olvido de sí mismas. Hay otras desviaciones mucho más frecuentes y que se producen no por la falta, sino por el exceso o por el mal entendimiento del amor. El exceso de amor, muchas veces, puede causar trastornos serios al niño en las diversas etapas de su desarrollo. He aquí algunas de estas desviaciones:

La madre posesiva: Manifiesta un amor interesado; quiere a su hijo, sí; pero espera y exige una correspondencia que va más allá de lo normal. Espera que el niño se muestre eternamente agradecido y que muestre constantemente su agradecimiento. Es muy frecuente que estas madres pidan a sus hijos que hagan tal o cual cosa por ellas, por no disgustarlas, por el único motivo de no contrariar a mamá. Es un amor egoísta, la madre es el centro de la relación madre-hijo. El hijo debe ser el mejor de la clase, el más bueno del vecindario, etc, no por lo que esto tiene en sí mismo sino para saciar el orgullo personal de la madre. Esto crea problemas graves de rendimiento escolar, personalidad introvertida y hasta complejo de culpabilidad por no ser capaz de contentar a la madre.  La madre posesiva suele ser una mujer insatisfecha de su vida conyugal y desilusionada de su marido. Se apoya de tal forma en su hijo que crea entre ambos un estado de interdependencia que, en el caso del varón, será desvirilizado y no se sentirá, ni siquiera en su edad adulta, capaz de romper los lazos que lo subyugan a su madre. La figura del padre está tan desvirtuada que será muy difícil al hijo identificarse con la figura del varón. El chico está tan prendado de su madre que no siente necesidad de relacionarse con otros niños, aparte de los normales del colegio.                                              Si se trata de una hija corre el riesgo de permanecer afectivamente una niña para siempre. Alejada de la vida real, el sexo opuesto se le presenta como peligroso y desagradable. Es posible que aborrezca el matrimonio y sienta la obligación de permanecer siempre al lado de la madre, que tanto la necesita y ha hecho por ella. Si llega a casarse, será una esposa-hija, que recurre a su madre en todo y para todo. La madre seguirá ejerciendo su papel de posesiva y el conflicto conyugal no tardará en presentarse.

La madre-abuela: Es la mujer que quiere a su hijo en exclusividad, es decir, que centra su vida en el hijo de tal forma que se olvida de los demás aspectos de la misma, incluido el mismo matrimonio. Se despreocupa de su marido y se preocupa de los más mínimos detalles concernientes a su hijo, con un amor excesivo que suele resultar insoportable, sobre todo para el hijo adolescente. A estas mujeres les es imposible vivir con independencia respecto a sus hijos, viven por y para ellos, lo demás carece de valor. La sobreprotección, a veces, viene dada por las especiales circunstancias de su infancia, cuyas penalidades no quiere que se repitan en sus hijos.

La madre perfeccionista: Es la que nunca está contenta con lo que hace por sus hijos y cree que está fallando como madre. Es un problema de escrúpulos; todo tiene que ser perfecto, y como es imposible conseguirlo, sufre un complejo de culpabilidad.

La madre “sufrida”: Todos nos quejamos alguna vez de los trabajos, desvelos y preocupaciones inherentes a la paternidad o maternidad; eso no es malo ni raro. Todos nos quejamos de muchas cosas que constituyen nuestra vida normal. Lo que no es tan normal es la existencia de madres cuya profesión parece ser únicamente la de mártir. En vez de sentir el gozo de tener hijos y criarlos, se siente agobiada e incapaz de cumplir su rol de madre con éxito. El problema se agudiza en la adolescencia de los hijos, y más to davía si se trata de una hija, la cual carecerá de la persona más indicada en quien buscar orientación y consejo en una etapa tan delicada. La madre “sufrida” provoca en sus hijos un sentimiento de culpabilidad, que traerá ramificaciones en la adaptación y en la creación de la propia identidad.

4.- Otros tipos de desviaciones

Existen tipos de desviaciones maternales opuestas a las ya analizadas y que se basan en la agresión psicológica a los hijos por parte de las madres, las cuales suelen tener conflictos graves de carácter afectivo. Suelen prodigar gran cantidad de muestras artificiales de afecto para mantener las apariencias ante los demás y mitigar su complejo de culpabilidad.

Madres que odian: Hay mujeres que odian a sus hijos por ser fruto de la unión con un marido que odian también. No suelen desarrollar conductas agresivas, sino una total indiferencia hacia los hijos. Otras mujeres odian a sus hijos porque no desearon tenerlos. Se incluyen entre ellas algunas de las que fueron madres por una violación, pero la mayor cantidad son las madres que no desearon a sus hijos por puro egoísmo. Son las que ven en ellos un estorbo para su vida cómoda y de relaciones sociales. Con frecuencia reaccionan con agresividad ante sus hijos y tratan de desentenderse de ellos. Muchas de estas mujeres tienen alto poder adquisitivo y cultural, desean ejercer una profesión fuera del hogar y consideran al hijo responsible de su frustración.

Madres “frías”, que no sienten nada por sus hijos ni por sus maridos. Viven aisladas y distantes de los suyos. Es una actitud emparentada con la frigidez sexual; la mujer frígida como esposa suele ser “fría” como madre.Tratan de aparentar que la indiferencia es una actitud educativa inteligente. Así dirán: “Quiero que se acostumbre y se haga un hombre”, “tiene que arreglárselas solo para aprender”. El niño nunca encontrará en su madre una confidente o consejera a quien contar sus problemas o pedir ayuda en los deberes escolares. Si no recibe compensación por parte del padre, el niño se encerrará en sí mismo y se aislará. Con frecuencia la madre “fría” contrata a otra persona para que atienda a los hijos, procurando que no les falte nada en lo material. No se dan cuenta de que les falta lo más importante, la dosis diaria de afecto y cariño. Estas madres están “muy ocupadas”, tienen tiempo para muchas cosas, pero no para sus hijos.

Madres sin marido: No son pocos los niños que, por una causa u otra, se crían sin la presencia de su padre. Madres solteras, viudas, separadas o divorciadas. 

La madre soltera ya no sufre el rechazo social de antaño, pero eso no quita que tenga que soportar, muchas veces, el rechazo familiar. La que es arropada por la familia está en mejor situación, no obstante, muchas deciden abortar y las que no, con frecuencia, abandonan sus estudios y trabajos y en su inexperiencia, dada su juventud, se encuentran con que tienen que hacer las veces de padre y de madre, en unas circunstancias adversas. Difícilmente pueden ofrecer una imagen positiva del padre de su hijo, que se desentendió y la abandonó, y éste carecerá del modelo masculino para una identificación correcta en el caso de ser un varón.

La madre viuda puede ofrecer una imagen de su marido, a veces, distorsionada por olvidar los defectos y ensalzar las virtudes. La madre viuda facilita a su hijo la identificación con la figura de su padre, aunque debe tener cuidado para no exagerar y dar lugar a un sentimiento de impotencia en el niño por no poder ser tan perfecto como era su padre.

La madre separada o divorciada: En las últimas décadas son muy abundantes. Sólo quiero recalcar las consecuencias nefastas que estas situaciones suelen tener para los hijos.

5.- La madrastra

Tiene un papel muy difícil. Conquistar el afecto de los hijastros no es nada fácil, sobre todo si son ya adolescentes. Sustituir a una madre querida e idealizada tras la muerte lleva aparejadas las comparaciones y las censuras. Las hijastras rivalizarán con ella para conservar el cariño del padre en exclusiva y la acusarán de usurpadora. Si la madrastra aporta también hijos, hay riesgo de mayores tensiones y rivalidades entre ambos grupos de hermanastros.

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153.21.- LA FAMILIA Y SUS CIRCUNSTANCIAS: LA MUJER CASADA Y CON UN TRABAJO FUERA DEL HOGAR

 1.- La mujer en épocas pasadas                                                                El matrimonio es una institución de siempre. Para estar presente en todos los tiempos ha tenido que ir adaptándose paulatinamente a las diversas circunstancias. El papel de la mujer, dentro del matrimonio y de la familia, es un prototipo de adaptabilidad a las circunstancias históricas.                                    La mujer ha soportado el peso de la familia, de la crianza y educación de los hijos. Siempre en segundo lugar, a merced de la voluntad cambiante del hombre, unas veces amoroso, caprichoso o tirano, otras. El papel de la mujer española, dentro del matrimonio, hasta la mitad del siglo XX, en general, se reducía a traer hijos al mundo, cuidarlos y educarlos, atender en su totalidad las tareas domésticas y, en los pueblos, echar muchas veces una mano, o las dos, al esposo en las faenas del campo. La mujer gobernaba, en el hogar, de puertas adentro, pero las decisiones importantes, de cara al interior y al exterior, las tomaba siempre marido y solo el marido, de puertas afuera, la mujer no tenía ni voz ni voto, en todo estaba sometida a la patria potestad del marido.

Empieza el cambio: Empezó a operarse el cambio cuando la mujer pasó de saber sólo leer, escribir y las cuatro reglas (aunque muchas seguían siendo analfabetas); muchas perdieron el miedo y se matricularon en las Universidades, otearon unos horizontes desconocidos que estaban antes reservados a los hombres. La mujer se ha dado cuenta de que puede ser muy hogareña, gustarle mucho los niños, criarlos y educarlos, que puede, incluso, disfrutar en la cocina, pero que hay otros campos y otras ocupaciones que son apetecibles y que no hay motivo para renunciar a ellas. La mujer del siglo XXI tiene ante sí el reto del equilibrio entre su maternidad y su trabajo profesional.                                                                                          Ambas cosas le son necesarias, aunque no en la misma medida, para su realización personal. Su afán y su lucha permanente debe ser para compatibilizar ambas esferas.

Un paso definitivo: Terminados los estudios universitarios, que ahora hacen en gran número, la mujer ejerce una profesión en un trabajo remunerado fuera del hogar; las que no pasan por la Universidad, se colocan en otros trabajos por cuenta ajena. La mujer del siglo XXI, en porcentaje cada vez mayor, ha logrado su independencia económica, que será un factor de suma importancia da cara al futuro, tanto si permanece soltera como si se casa. Todo trabajo, escogido voluntariamente, además de la independencia económica, aporta la realización personal, en forma de satisfacción por el trabajo bien hecho y el deber cumplido, por el logro de nuevas metas y por el ensanche del  compañerismo y la solidaridad.

La mujer ha ampliado su horizonte: Y seguirá ensanchándolo a medida que escale peldaños en la pirámide de los puestos de mando de las empresas y de la sociedad; si continúa la trayectoria actual, llegará un día en el que la mayoría de los mejores puestos sean ocupados por mujeres.

 ¡Voy a mi trabajo!

La misión exclusiva de las mujeres: Para engendrar nuevos seres humanos es  necesario el concurso del hombre y de la mujer; pero concebirlos y parirlos es una exclusiva de la mujer. La naturaleza la dotó de la capacidad de ser madre, adaptando su cuerpo y poniendo en su corazón el deseo imperioso de la maternidad. 

Hacia la igualdad práctica: La mujer casada y con un puesto de  trabajo tiene una meta por conseguir: lograr que se reconozca, no sólo por la sociedad sino por la Autoridad legislativa, el valor social de la maternidad y se proteja, cuide, valore y remunere; que se legislen contratos de trabajo especiales para la mujer embarazada y se promuevan los embarazos para salir de la penuria de nacimientos. La mujer casada y trabajadora no puede seguir en la disyuntiva de tener  hijos o trabajar, debe poder disfrutar de ambas cosas. Es un derecho que tiene por su notabilísima cooperación al bien de la sociedad. La  ujer tiene derecho a elegir si se casa o no, si trabaja fuera de casa o no, y debe poder hacerlo siguiendo su instinto de mujer y sus propias apetencias. Sólo será feliz si elige conforme a sus deseos. Si la elección es de casarse y trabajar, deberá lograr el equilibrio entre ambas cosas. 
También el hombre deberá hacerlo. Ya han pasado los tiempos en los que la mujer cargaba, en solitario, con la educación de los hijos y las faenas domésticas.

“En el matrimonio, todo es cosa de dos”.

La lucha del movimiento feminista a lo largo de los dos últimos siglos ha dado sus frutos en la sociedad occidental, en las legislaciones y en la vida ordinaria. Pero los problemas de la mujer no han terminado. Una cosa es la teoría, las palabras escritas y  otra muy distinta que lo escrito se lleve a la práctica en su totalidad.                                                                                           La mujer puede desempeñar libremente su profesión de médica, abogada, arquitecta, o cualquier otra, pero, hasta ahora, salvo rarísimas excepciones, no ha logrado la cima del mando y del poder en cada profesión, el peldaño más alto sigue ocupado por el hombre. Ante esta situación, la mujer deberá seguir trabajando por una legalidad más justa y por una práctica igualitaria de esa legalidad. El trabajo profesional debe ser  reconocido por su calidad con total independencia de que haya sido hecho por un hombre o por una mujer.

2.- La esencia femenina                                                                            La mujer, en su carrera de liberación del dominio masculino, ha tomado una vía a todas luces errónea, la de igualarse con el hombre imitando sus formas de vida. Con ello, ha conseguido ponerse en ridículo, porque cada sexo tiene, por naturaleza, unas características propias. La mujer, imitando al hombre, no podrá realizarse como mujer, ser humano específico y con características concretas distintas del hombre.                              La mujer, imitando al hombre perderá, por deformación, su riqueza esencial. La mujer está dotada por la naturaleza de unas capacidades de entrega, de adaptación a las circunstancias, de percepción rápida de los detalles, que la sitúan muy por encima del hombre. Cuando una mujer despliega su potencialidad es el ser más capaz de amar y, a su vez, de ser amado. La mujer es, en sí misma y por el hecho de ser mujer, la mejor escuela del auténtico amor, amor de entrega, amor de apertura al otro para hacerle feliz, amor que se hace “cuadro viviente” cuando contemplamos a una madre con su bebé en brazos.                      La mujer, a lo largo de los siglos, ha evolucionado en esta dirección, se ha dotado de unos mecanismos, de defensa unas veces, y de entrega, otras, merced a su cualidad específica de poder ser madre.                                                                                          Cuando la mujer se olvida o reniega de lo que constituye la esencia de su ser femenino, no sólo daña el centro de su ser, sino que infringe un grave daño a la humanidad, como lo demuestra el envejecimiento de la sociedad debido a la escasísima natalidad. Un hogar sin niños es como un rosal sin rosas o una vid sin racimos, sólo son ramas espinosas y sarmientos secos.                                                                                        La mujer debe buscar los auténticos valores femeninos. Abandonar el querer parecerse al hombre y dominarle; prepararse a conciencia para poder ocupar cualquier puesto en la sociedad y para compartir sus valores y conocimientos con el hombre, en plan de igualdad, en la familia y en la sociedad.    Los Gobiernos, las organizaciones sindicales y patronales tienen aquí un campo de acción exigido por el bien común de la sociedad. Ninguna mujer debería abandonar su trabajo  profesional por su embarazo o maternidad Tampoco debería, en contra de sus apetencias y esencias femeninas, renunciar a la maternidad por necesidad económica. Hace falta un contrato de trabajo que contemple y resuelva estas situaciones, que respete y haga posible la maternidad dentro del trabajo profesional, con un horario adecuado a la realidad maternal, sin que suponga una merma de la mujer sino un reconocimiento de su contribución a la continuación de la sociedad.                                    Los Gobiernos deben incentivar la función maternal de la mujer con dotaciones económicas que la hagan posible. Invertir en natalidad y en educación es la mejor inversión. A estas alturas del siglo XXI, no tiene sentido defender que la mujer debe quedarse en casa y dedicarse exclusivamente a tener hijos y cuidarlos. Su faceta de madre, puede y debe ser enriquecida, si así lo decide cada una, con su faceta laboral.

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153.22.- LA FAMIIA Y SUS CIRCUNSTANCIAS: EL PADRE


1.- La figura tradicional del padre en la familia                                      El padre es el que detenta el poder y la autoridad; él manda y todos los demás, incluida la madre, le deben obediencia; él gobierna la familia en todos los aspectos, compra, vende y firma los documentos pertinentes, sólo al padre conferían las leyes estas facultades. Son los tiempos en los que no estaban reconocidos en las legislaciones los derechos individuales de las personas ni la igualdad de derechos del hombre y de la mujer. No debe extrañar esa especie de reinado del padre en el hogar familiar, pues era una costumbre inveterada, en la que todos habían sido socializados y que, además, estaba reflejada en las leyes. No por eso se deshacía la familia, al contrario, estaba  fuertemente coexionada por el peso de la autoridad paterna. El padre, salvo excepciones, no se comportaba como un tirano, sino como alguien que quiere a los suyos y lo hace desde al ángulo del poder, tal como la ha visto hacer a sus mayores.

2.- Concepción moderna                                                                          La situación ha cambiado desde que las legislaciones reconocen la igualdad de derechos del hombre y de la mujer; el matrimonio ya no es lo que era, ya no es uno el que manda, decide o firma documentos, ahora todo es potestad de los dos. Antes el varón era el que trabajaba fuera del hogar para mantener a toda la familia, mientras que la esposa estaba obligada a quedarse en casa cuidando y educando a los hijos y haciendo las tareas domésticas. Ahora, ambos esposos pueden trabajar fuera de casa y ambos deben compartir el cuidado de los hijos y las tareas domésticas.                                                          En general, se puede decir que ambas concepciones fueron y son aceptables, pero cada una en su tiempo. En la actualidad, no cabe duda de que la única respetuosa con las personas es la concepción moderna. En la tradicional, lo único que se reforzaba era la 77autoridad paterna, que, según fuera ejercida, daba lugar a una familia o a una tiranía. La concepción moderna tiene algunos flecos que deben ser cuidados si no se la quiere vaciar de contenido y hacerla completamente inútil.                        

Flecos pendientes                                                                                      . La implicación de los dos esposos en el cuidado y educación de los hijos. Los esposos jóvenes ya han sido educados en esta concepción del matrimonio, pero, algunos hombres deben hacer un esfuerzo suplementario porque no han recibido ese ejemplo de sus propios padres. Los padres son los modelos de referencia de los hijos. Es importante que ambos esposos se impliquen en la educación de sus hijos, que ambos sean modelos de referencia, las hijas deben aprender a ser mujer con el ejemplo de su madre y los hijos a ser hombres con la referencia de su padre.                                                                        Para la adecuada educación global de los hijos es de máxima importancia que dispongan de ambos modelos de referencia. Los hijos necesitan ver y sentir el modelo de comportamiento distinto de la madre y del padre, porque son hombre y mujer, y, al mismo tiempo, necesitan ver, sentir y oír que la diferencia sexual no está reñida con el criterio uniforme del padre y de la madre, logrado a través del diálogo efectivo y afectivo. La implicación de ambos en la transmisión a los hijos de los valores de la familia será el punto más importante de la educación: No puede seguir sólo en manos de la madre; la paternidad y la maternidad obliga a ambos del mismo modo.

. Llegar a la igualdad real entre los derechos del padre y los de la madre. No es suficiente la igualdad legal aceptada sólo en teoría. Los derechos se respetan cuando se dialogan las cuestiones y se pone en práctica lo decidido por ambos, no por una sola de las partes. De nada vale que la ley otorgue la igualdad de derechos a la esposa y al esposo si, en el cada día, uno u otro impone su voluntad.

. Llegar al equilibrio en el reparto de las tareas domésticas. Algún día se conseguirá.

3.- El rol de padre                                                                                       En la familia tradicional: El padre poco o casi nada tenía que ver con la crianza de sus hijos, a excepción de brindar a toda la familia la ayuda material y ser la encarnación de la autoridad. Actualmente se va generalizando la idea y la práctica de que el padre no puede permanecer pasivo en los momentos más importantes de la vida de sus hijos.                                                      El rol de padre en el siglo XXI: Ya no cabe argumentar la falta de tiempo debido al trabajo, pues también muchas mujeres trabajan fuera del hogar y se las componen admirablemente para satisfacer las necesidades afectivas y materiales de sus hijos. El padre debe hacer lo mismo; la cuestión no es tanto el número de horas que se pasan junto al hijo, cuanto la actitud que se adopta cuando están juntos.                                                     El padre tiene la posibilidad de contribuir a la creación en el hogar de un ambiente agradable y feliz, no sólo aportando bienes económicos, sino, sobre todo, colaborando a reforzar el clima de afecto, simpatía y amor de toda la familia. Entrar en la casa con la sonrisa en los labios, al volver del trabajo, es un detalle que, parece no tener importancia y, sin embargo, contribuye a crear y aumentar la atmósfera bienhechora de paz y armonía del hogar.                                                                                   El padre, con su presencia, consejos y, sobre todo, con su ejemplo, contribuye positiva o negativamente a desarrollar en sus hijos la capacidad de sociabilidad, de integración, de madurez emocional e intelectual, así como a la adquisición de hábitos, de valores y de convicciones que serán fundamentales para su vida de adultos. El nacimiento de un hijo supone un cambio en la vida de los padres, este cambio va a repercutir en las relaciones de la pareja.                                                                           Los trastornos de la vida cotidiana pueden desembocar en problemas entre la pareja, dependiendo, en gran parte, de la capacidad de aceptación y comprensión queposea el padre. El padre no puede permanecer indiferente ante una esposa angustiada o preocupada por un problema emocional o físico, una tarea de la casa, una dificultad con la crianza, la salud o la escolaridad de sus hijos. Debe intervenir efectiva y afectivamente.

La autoridad del padre: Antes, el papel primordial de la madre era el amor y el del padre la autoridad en la familia. Las cosas han cambiado, en la familia todo es cosa de ambos, aunque cada cual lo ejerza desde su propia personalidad.                            ¿Qué entendemos por autoridad? No es lo mismo autoridad que autoritarismo. En ningún caso autoridad es sinónimo de abuso o tiranía; sí debe serlo de flexibilidad, diálogo y justicia. El padre simboliza la ley a nivel inconsciente y, como representante de la autoridad es a la vez objeto de hostilidad, admiración y amor. La ley moral y la ley social se identifican con la figura del padre y su correcta encarnación tiene gran trascendencia en la adquisición de los principios morales por los hijos.

El padre y la madre comparten la autoridad familiar: Los hijos necesitan una autoridad para sentirse seguros y protegidos y para saber a qué atenerse, en todo momento. La autoridad de los padres es necesaria en todas las edades de sus hijos, pero,de modo especial, en la adolescencia. Los adolescentes detestan la autoridad, pero son los que más la necesitan para poder fraguar su propia personalidad. El padre y la madre deben estar siempre unidos y conformes en la manera de ejercer la autoridad en la familia. Nada distorsiona más a un hijo que recibir órdenes diversas de cada uno de sus progenitores. El padre no debe intervenir directamente en todos y cada uno de los pequeños problemas que cotidianamente surgen entre la madre y el hijo, pero tampoco debe permanecer indiferente, bastará una intervención moderada, firme y precisa. Supresencia será la base de la armonía familiar y el respeto mutuo entre todos. Lo mismo cabe decir de la madre, sus intervenciones, cuando sean necesarias, estarán acompañadas de una gran dosis de ternura, de comprensión y de saber escuchar.

El padre, modelo de identificación: La identificación se sitúa en el plano de lo inconsciente y la imitación en el plano de lo consciente. La identificación impulsa al niño arealizarse según la imagen de sus padres. Al principio, tanto el niño como la niña se identifican con su madre. A los dos años, aproximadamente, el varón va tomando conciencia de sí mismo, de su propia individualidad y empieza a afirmarla; la figura del padre aparece como tal a los ojos del hijo. Cuando los padres son cariñosos y ambos le prestan los cuidados que necesita, el niño, hasta cierto punto, se identifica con los dos. Sin embargo, en cuanto percibe su mayor semejanza con el padre del mismo sexo, se identifica mucho más con él.                                                                                     Lo ideal no siempre es posible; hay ocasiones en las que la identificación no es posible o no es correcta, bien porque el padre está ausente del hogar largas temporadas (enfermedad, emigración, divorcio) o bien por haber fallecido. La identificación será tanto más fácil cuanto el modelo, esto es, el padre, sea agradable y apetecible. Por supuesto, el padre cariñoso es tomado como modelo con mucha mayor frecuencia que el autoritario, despótico o indiferente.                                         La controversia de nuestros días es ¿cómo se pueden identificar los niños que, en lugar de tener un padre y una madre, tienen dos padres o dos madres? Es el caso que se produce con la adopción de niños por parejas homosexuales. Es un problema científico no resuelto. Según la orilla en que se encuentre cada cual, adopta una respuesta u otra. La psicología, en general, defiende que“la ausencia del padre o de la madre puede hacer que el ajuste del niño y el desarrollo de su identificación del papel sexual claramente definido sean más difíciles, especialmente cuando la ausencia se produce en los primeros años o cuando falta el padre del mismo sexo”.

Relaciones del padre con el lactante: El nacimiento de un hijo no deja indiferente a ningún padre. Basta constatar la ansiedad de los futuros padres y sus reacciones al sostenerlos en brazos por primera vez. Es un momento que ningún padre olvidará. ¿Qué  sucede en los días siguientes al nacimiento? Generalmente era la madre la que se encargaba de todos los cuidados del bebé, mientras el padre era poco más que un espectador. Por suerte, las cosas han ido y están cambiando; los roles en el hogar están perdiendo su rigidez de antaño, se empieza a compartir las tareas domésticas, y, dentro de ellas, el cuidado preferente del bebé. La madre suele encargarse de la alimentación y la limpieza y comparte con el padre el baño y el juego. Por lo que a mí respecta, me alegro de no haberme perdido los ratos felices del baño de mis hijos. Son momentos para vivirlos, muy difíciles de describir en toda su riqueza e intensidad.

La importancia de jugar con los hijos: Es muy recomendable que los padres jueguen con sus hijos pequeños. Es una tarea que deben hacer los dos; las madres la han hecho siempre, los padres han empezado hace pocos años, pero cada día espero que lo hagan más. El juego influye muy positivamente en el padre, quien aprende a reconocer las señales emitidas por su bebé y a interpretarlas correctamente. Es una complicidad entre consciente e inconsciente que lleva al entendimiento mutuo. El padre y el hijo se influyen uno en el otro, y se crea entre ambos una atmósfera de paz, de tranquilidad y de afecto muy bienhechoras para los dos. Los juegos de un padre con su hijo, en los primeros años de éste, quedarán grabados para siempre en la memoria del niño y tienen una gran influencia en su desarrollo social e intelectual. La complicidad de los primeros años entre el hijo y el padre es fuente de admiración, de confianza, de felicidad y de inmenso cariño, origen y base de su seguridad presente y futura. Nunca se recalcará bastante la importancia de los primeros años para el desarrollo integral de la personalidad de los hijos. El gran tesoro de los bebés y de los infantes es la voz de sus padres y los juegos compartidos con ellos. Un tesoro cuyo valor irán descubriendo a lo largo de sus vidas.

4.- Desviaciones del rol de padre                                                          Es imposible encontrar a un padre ideal, que sirva de modelo de identificación absoluto para sus hijos. La imposibilidad del padre ideal no está reñida con la posibilidad de un buen padre.  El buen padre es, ante todo, un buen marido. El que, sin ningún aire de superioridad, es con su ejemplo y conducta, un espejo en el que se miran sus hijos, dotado de firmeza, autoridad y ternura, en dosis convenientemente distribuídas. Un buen padre es una persona equilibrada que ve, juzga y actúa, en consecuencia, y siempre con una gran dosis de afecto.

No es buen padre: El que consiente todo, el que permite todo, el que todo lo juzga, el que por todo riñe y critica todo. El buen padre ve siempre lo positivo de sus hijos y trata de apoyarlo, y cuando ve algo negativo, presta su ayuda incondicional para superarlo.

El padre débil: Que pretende desempeñar bien su papel ignorando los problemas cotidianos de sus hijos. En unos casos, el padre piensa que es el hijo quien debe resolver sus problemas y, por tanto, él no debe intervenir. En otros casos, muy frecuentes en los padres con tinte de “modernos”, porque a los hijos no se les debe llevar la contraria para no frustrarlos. Ambas situaciones no son otra cosa que la afirmación de su incapacidad para solucionar las dificultades. Los hijos, desde pequeños, necesitan una autoridad cariñosa que les guíe y proteja. Esta autoridad es una obligación de ambos padres.    Desertar de ella es traicionar su papel de padres y desamparar a sus hijos.

El padre amigo: Uno de los errores más frecuentes de los padres es creer que cumplen tanto mejor su papel cuanto más se ponen a la altura de sus hijos, como uno más de sus “amigos”. No se debe aparentar lo que no se es. Ser padre va mucho más allá que la amistad de un compañero de estudios o de juego. Los amigos se escogen entre iguales en aficiones, ideales, ocupaciones. “El padre “amigo” confunde confianza con amistad”. Un padre y un hijo se pueden tener una gran confianza, eso es siempre lo deseable, pero no por eso serán amigos; siguen siendo padre e hijo, separados no sólo por la edad, sino también por la distinta concepción del mundo y de la vida. El padre, en el mejor de los casos, siempre será visto como un adulto que aconseja y educa. El padre debe ser un guía constante para sus hijos, participar de sus inquietudes, ofrecerles y aceptar su confianza, pero nunca participar en sus actividades como “un amigo más de la pandilla”, sino como padre.                                                                                                                Lo mismo vale para la madre en relación con las hijas.

El padre autoritario: El padre autoritario es el que abusa de su autoridad. Son frecuentes los casos en que los problemas o frustraciones del padre fuera del hogar familiar los pagan los hijos y la esposa. Bástenos recordar los miles de casos de malos  tratos que son denunciados todos los años y los miles que se desconocen. La crueldad física y mental tortura sádicamente a miles de niños y mujeres, llegando incluso a su muerte. Son los casos más extremos, pero, sin llegar a tanto, en muchas familias existen otros problemas de autoridad mal entendida. El padre cansado e irritado que pretende solucionar todo a base de gritos, castigos y palizas, sin pararse antes a reflexionar. El padre alcohólico o drogadicto que desemboca en una permanente agresividad y una actitud de censura hacia todo lo que hace o no hace su familia. Víctima de su adicción, es un enfermo que necesita ayuda y, mientras tanto, impedir que cause daño a sus familiares. El padre déspota con la esposa y cariñoso en extremo con sus hijos. Abundan entre los padres “amigos”; son hombres llenos de atenciones para con sus hijos, con los que se muestran hasta débiles, pero que a sus esposas las tratan como a esclavas sin importancia. Ni que decir tiene, que desvaloran la imagen de la madre a los ojos de los hijos y obstaculizan una evolución afectiva normal de éstos, sobre todo cuando son pequeños.

El padrastro: Por lo general, el padrastro genera en la familia menos dificultades que la madrastra, a la que se le pueden presentar conflictos con las hijas del marido; sobre todo, las mayores la pueden ver como un intrusa y una rival que les quiere arrebatar el cariño de su padre. Los problemas para el padrastro suelen surgir con los hijos varones adolescentes de su cónyuge que, por considerarle un intruso, no le conceden ningún derecho sobre ellos. Las dificultades pueden agravarse si al marido también aportó al matrimonio hijos de la misma edad. Con suma facilidad surgirán los roces entre ambos grupos. El padrastro, dada esta situación, se encuentra en una posición muy delicada. El ejercicio constante del diálogo, unido a una buena actitud de la esposa, hará que, sin merma de autoridad, cumpla con su papel de forma adecuada. Cuando los hijos    aportados por ambos al nuevo matrimonio son todavía pequeños las cosas son mucho más sencillas y con mayor facilidad se llena el cometido de la vida familiar.

El padre adoptivo: El motivo que impulsa a la adopción responde, por lo general, a una necesidad afectiva de uno o de los dos miembros del matrimonio. Aparte de aquellas en las que se adopta al hijo de un familiar fallecido, las adopciones de niños se suelen centrar en las efectuadas por matrimonios que no han podido tener hijos o que, teniendo hijos propios, adoptan otro para darle una familia y sacarle de una situación angustiosa en que se encuentra. En ambos casos, la adopción responde a una necesidad de índole afectiva y, por tanto, al niño adoptado nunca le faltará el cariño y las atenciones que se prodigan en toda familia normal. El peligro radica en que, por exceso de afectividad, le colmen de mimos y no ejerzan correctamente su autoridad y la necesaria corrección del hijo adoptivo. El hijo adoptivo, como cualquier otro hijo, necesita mucho amor y una buena dosis de autoridad para que su desarrollo sea integral y se pueda lograr. La falta de cualquiera de estos dos ingredientes llevará al niño a algo muy diferente de lo que todo buen padre desea para su hijo. Los problemas se pueden incrementar si obran bajo la influencia de lo que puedan pensar los vecinos y conocidos. Se sentirán encorsetados tanto ellos como las relaciones con su hijo. Lo mejor que pueden hacer los padres adoptivos, una vez efectuada la adopción, es    olvidarse de ella y tratar al hijo en todo como si fuese propio. Cariño, todo; mimos, ninguno; autoridad, siempre, pero dialogante y afectuosa.                                                                           No es necesario que, mientras sea pequeño, le descubran el hecho de su adopción. Salvo que sea imprescindible hacerlo antes por correr el riesgo de que se entere por terceras personas, según la madurez del niño, debe aprovecharse para hacerlo la cercanía de la pubertad, a lo largo de una conversación distendida y cariñosa preparada con antelación. Lo que no deben hacer nunca los padres adoptivos es mentir a su hijo, perderían para siempre su confianza.

El padre sin esposa: La situación del padre que cuida de su hijo o hijos al margen de su madre es radicalmente distinta de la situación de la madre que cuida de sus hijos al margen de su padre.                                                                                                              El padre soltero, es extremadamente raro el caso de un padre soltero que, por abandono de la madre, se quede con el hijo. Lo ordinario suele ser lo contrario: es el padre el que abandona a la madre al enterarse del embarazo y ésta es quien, si lo acepta, cuida a su hijo.                                                                               El padre viudo, además del dolor por la muerte de la esposa, está obligado a sobreponerse y cuidar a sus hijos. Cuando éstos son pequeños, es una carga muy difícil de llevar. En verdad, es digno de admiración.                                                                                 El padre separado o divorciado, en el improbable caso de que consiga la custodia de sus hijos, debe contrarrestar la presencia ocasional de la madre y los problemas ocasionados por la ruptura. En todos los casos, los hijos que conviven con su padre quedan despojados de una parte importantísima para su desarrollo: el cariño presencial de su madre. Aunque los padres hagan milagros y se vuelquen en educarlos y cuidarlos, siempre carecerán de lo más importante. Por otra parte, si son niñas, carecerán del modelo femenino de identificación, con repercusión en su personalidad. 

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153.23.- LA FAMIIA Y SUS CIRCUNSTANCIAS: RELACIONES ENTRE PADRES E HIJOS RECIÉN CASADOS


Principio general: Cada uno debe asumir el papel que le corresponde en la nueva situación: suegro o suegra, esposo o esposa, yerno o nuera. Como son papeles distintos, no deben confundirse las atribuciones de cada uno. Sólo una cosa debe ser común a todos: el afecto y la comprensión.   

1.- Cuando el hijo/a casado/a se queda a vivir an la casa paterna:  La convivencia puede hacerse difícil porque cada uno tiene su personalidad, sus propias ideas y la forma de solucionar las diferencias. Puede darse el caso que surjan discrepancias entre los mayores y los recién casados.                                                            ¿Qué se puede hacer en ese caso? Desde el principio, debe quedar clara la forma de llevar una buena convivencia, todos deben saber que la situación ha cambiado y que es muy importante que ninguno se meta en el terreno de los demás.Los padres deben dejar al joven matrimonio que tome las riendas de su vida matrimonial, ellos son los que deben construir su vida matrimonial y familiar, por tanto, ellos, y solamente ellos, deben tomar las decisiones que crean oportunas a ese fin. El papel de los padres es aconsejar, no imponer, ni enfadarse cada vez que los jóvenes esposos no sigan su consejo al pie de la letra. En natural que, conociendo la mayor experiencia de los mayores, les pidan su consejo; pero, no menos natural es que, una vez recibido el consejo y tomándolo en consideración, según su criterio, ellos deben tomar, entre los dos, la decisión que crean más conveniente.

2.- Cuando los jóvenes esposos tienen vivienda propia.           Esto favorecerá en gran manera las relaciones entre los esposos y las de éstos conlos padres de ambos. Las relaciones con los padres de cada uno de los esposos deben ser cordiales y sinceras. Aunque vivan en distintos domicilios, todos forman parte de la familia extensa, todos deben quererse y respetarse. La desavenencia entre suegra y nuera, por desgracia, suele surgir porque no ha respetado el principio general anotado anteriormente . Tanto una como otra deben recordar su propio papel y no intercambiarlo. Las suegras tengan muy presente lo dicho más arriba sobre el consejo de los mayores, para no confundirlo nunca con la imposición. Las nueras no deben olvidar, por su parte, el respeto, la consideración y el afecto que deben a su suegra, por ser la madre de su esposo.

3.- Cuando los padres se quedan solos                                               Es una etapa de relajación, tranquilidad y reencuentro. Ahora dispondrán de tiempo para hacer aquellas cosas que antes no hicieron, tanto por separado como ambos esposos juntos.Sólo se aburre el que no sabe llenar su tiempo libre con cosas que le ilusionen. Los mayores, por sabiduría y experiencia, pueden hacer muchas cosas muy útiles para ellos y para otras personas.   Enseñar, hacer y compartir: Los jubilados podemos enseñar a otros lo que sabemos; por ejemplo, a manejar el ordenador y saber movernos por internet. Podemos hacer cosas por los demás: hay diversas ONGs con las que será una gran alegría colaborar. Podemos compartir con otros muchas experiencias. ¡Guerra a la soledad!

Es una etapa de riqueza espiritual. La lectura de los libros sagrados, la profundización en el trato personal con el Señor mediante la oración más frecuente y prolongada, harán que su espíritu se abra más y más a la presencia viva del Espíritu.  

“Rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas. Ejercítate en la piedad, que es provechosa para todo, pues tiene la promesa de la vida, de la presente y de la futura” (ITim 4, 7)

4.- Cuando los padres no pueden valerse por sí solos               Hoy, tal vez por la estrechez de las viviendas, se tiende a que los padres mayores no vivan con alguno de sus hijos casados. Creo que las causas son más profundas, se pueden citar el desamor, el egoísmo y la incomprensión. En definitiva: la pérdida de unos valores humanos fundamentales, que sí poseían las familias de hace unas cuantas décadas. Gran parte de lo que somos lo hemos recibido de nuestros padres, ellos son acreedores a nuestro cariño y a nuestro agradecimiento. Ningún buen hijo puede sentirse bien consigo mismo si no da a sus padres el amor, la compañía y la ayuda que necesiten. Por otra parte, el trato que cada familia da a sus mayores es un ejemplo vivo, positivo o negativo, en ambos casos de suma trascendenia para la educación de los hijos. Los hijos son espectadores de los buenos o malos modales que sus padres tienen para con sus abuelos y se les quedan grabados para siempre.

La familia multigeneracional: Es de inmenso valor por su riqueza de experiencia, de sabiduría de la vida, de ejemplos cotidianos que a todos benefician, especialmente a los niños. La familia multigeneracional necesita una gran dosis de humildad, de amor y de respeto, para que la convivencia, que de suyo siempre suele ser difícil, sea lo más fácil posible y agradable para todos.

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