Mi familia

lunes, 1 de junio de 2026

153.25.- LA FAMILIA Y SUS CIRCUNSTANCIAS: LAS RELACIONES ENTRE HERMANOS He analizado anteriormente las relaciones familiares en sentido vertical, es decir, abuelos, padres, nietos. La relación de hermanos es distinta, pues se da en la horizontalidad. Las relaciones fraternales ejercen notable influencia en el niño y abarcan todos los rincones de su personalidad. Dos son las principales acciones educativas de unos hermanos sobre otros, la rivalidad y la solidaridad. 1.- Los celos entre los hermanos Los celos significan un paro en la evolución. El niño queda anclado en la rivalidad, sin progresar hacia la solidaridad y la fraternidad. Suelen presentarse más fácilmente en los hermanitos mayores al verse privados de la exclusividad del amor y de las atenciones paternas. Les es difícil aceptar al hermanito pequeño, al que únicamente ven como un competidor y no como el más necesitado de atenciones y mayores cuidados. Los celos pueden manifestarse de varias formas: Con una conducta hostil hacia el hermano pequeño; con una conducta regresiva de sí mismo, como emplear un lenguaje aniñado, chuparse el dedo, no controlar los esfínteres, etc.; otras veces, intentarán llamar la atención con cabezonerías, berrinches, desobediencias, etc. ¿Qué hacer cuando aparecen celos desproporcionados en alguno de los hijos? Tener en cuenta que, para él, los celos son un sufrimiento continuo, que se incrementará hasta convertirse en sentimiento de culpabilidad, si aparecen las riñas de los padres. Los celos deben prevenirse. El primer paso debe darse antes de que nazca el hermanito esperado. El niño de dos, tres o más años, que es el posible celoso, debe ser contagiado por la alegría de los padres ante el futuro nacimiento, se debe intentar que 88comprenda que el hermanito va a necesitar mucho cariño y cuidados y que él es muy importante para dárselos. Producido el nacimiento, los padres nunca deberán alabar al bebé sin hacerlo, al mismo tiempo con el hijo mayorcito. Repartir por igual las atenciones y evitar toda comparación. 2.- La rivalidad Uno de los caracteres principales de la personalidad del niño es su egocentrismo, verlo todo bajo su punto de vista. Poco a poco, cederá, por identificación, a verlo bajo el punto de vista de sus padres. Pero le será muy difícil superar su egocentrismo en el trato con sus hermanos, a los que por, considerar iguales, ve como rivales. Los sentimientos de rivalidad fraternal surgen en la competencia por el amor de los padres, en especial, por el de la madre durante los primeros años. No se deben considerar sentimientos negativos, sino tomas de conciencia ante el otro u otros, que ayudan a superar el egocentrismo y el egoísmo, a aprender a ceder y a aceptar el fracaso. Postura de los padres ante las disputas de sus hijos. Una postura de equilibrio. Convencidos de que la familia en la que no exista la más mínima desavenencia fraternal no es una familia sana, procurarán hacer “la vista gorda” y no intervenir demasiado en las pequeñas querellas. Muchas discusiones que fuera de la familia podrían ser graves e incluso terminar con una sólida amistad, entre los hermanos se olvidan y esto es su punto positivo. 3.- La solidaridad Junto a la rivalidad entre los hermanos también se da una fuerte solidaridad, que nace de sentirse miembros de una misma familia, con los mismos padres e idénticos lazos de sangre. A esto hay que añadir la vivencia común de todos los sucesos familiares, buenos y malos, y la necesidad de la ayuda mutua. La familia supone en sí mima la seguridad de sus miembros, el afecto y el cariño, de los que brota con fuerza el sentimiento de solidaridad. En la evolución normal de la familia, los hijos van abandonando los sentimientos de rivalidad para dar paso a la solidaridad fraterna. 4.- Influencias entre hermanosEl hijo único: La falta de hermanos impide las relaciones horizontales, necesarias para el normal desenvolvimiento del hombre, en su doble aspecto de rivalidad y de fraternidad.Por otra parte, los padres vuelcan su afectividad en el hijo único, están pendientes sólo de él, hasta en los más mínimos detalles. El niño pasa a ser un sobreprotegido y, peor todavía, un mimado, con todo lo negativo que esto supone. El hijo único corre peligro de ser un niño aislado y solitario que, carente de las relaciones fraternas, se cree centro de admiración de sus padres, y también el peligro de que se despierte en él un sentimiento narcisista. El orden ocupado por cada hermano: Supone una notable diferencia en la forma de vivir dentro del mismo ambiente familiar. Es muy distinto ocupar el primer puesto, el último o el del medio. El hermano mayor es el único que ha experimentado la atención exclusiva de sus padres y, con la llegada de otro hermano, pierde la exclusividad, dando lugar a una posible aparición de celos. El hermano mayor tiende a ser más responsable que los otros, a rendir más, ya que su referencia es el comportamiento adulto de sus padres. Es el que “abre camino” y los padres, jóvenes e inexpertos, adquieren en él una experiencia que les servirá para no cometer los mismos errores con los demás hijos. Al hijo mayor se le exige 89más; debe cuidar de sus hermanos pequeños, sobre los que tiene gran influencia y autoridad. El hermano menor: Si la diferencia de edad es notable, suele ser el niño mimado por todos. Los hermanos tienden a considerarle siempre “el niño pequeño”, al que hay que proteger. El o los hermanos del medio: Son los mejor situados; no tienen la responsabilidad del mayor y son superiores al pequeño. Participan, por tanto, de las ventajas y de los inconvenientes del mayor y del pequeño. Según sea la diferencia de años que tenga con uno u otro, corre el riesgo de quedar aislado, según sea del mismo de distinto sexo. La diferencia de edad: Suele ser una fuente de conflictos entre los hermanos. Si un niño tiene un año cuando nace su hermanito, apenas sufrirá conflicto alguno, porque no tiene conciencia clara de su exclusividad y, por tanto, tampoco notará su pérdida. Si la diferencia es grande, más de seis años, el mayor ya está más independizado afectivamente de sus padres y no verá un rival en el pequeño. El conflicto se plantea cuando la diferencia de edad es de dos a cuatro años. En ese momento está adquiriendo una imagen nítida de sí mismo, según va afirmando su individualidad y personalidad. Se da perfecta cuenta de que la llegada del recién nacido supone la pérdida de las atenciones, en exclusiva, de sus padres, de las que es plenamente consciente y de las que depende. El sexo de los hermanos: Los niños y las niñas, al llegar a cierta edad, tienen intereses diferentes, sea por causas psicofisiológicas o por la influencia cultural del ambiente; esto impide la interacción mutua, pero también favorece que aumente el número de experiencias y disminuya el de los conflictos. La existencia de hermanos y hermanas en la familia es muy positiva en cuanto permite una mayor aceptación del otro sexo y una mejor comunicación. El niño con hermanas establece, con mayor naturalidad, relaciones de compañerismo, de amistad, etc., con el sexo contrario, y viceversa, factor muy importante para el futuro, tanto de la integración escolar como, más tarde, de la integración social. Pueden darse también algunas situaciones particulares, que no sería bueno olvidar. Por ejemplo, cuando un niño único se cría entre varias hermanas o al revés, existe el riesgo de que el muchacho se desvirilice, sobre todo si es el más pequeño de edad, o de que la niña adquiera rasgos masculinos en su comportamiento. De todas formas, todas las influencias de los hermanos entre sí, quedan minimizadas en la medida en que el niño o la niña interaccionan con otros niños y niñas en la guardería y más tarde en el colegio o instituto


He analizado anteriormente las relaciones familiares en sentido vertical, es decir, abuelos, padres, nietos. La relación de hermanos es distinta, pues se da en la horizontalidad. Las relaciones fraternales ejercen notable influencia en el niño y abarcan todos los rincones de su personalidad. Dos son las principales acciones educativas de unos hermanos sobre otros, la rivalidad y la solidaridad.

Los celos entre los hermanos: Los celos significan un paro en la evolución. El niño queda anclado en la rivalidad, sin progresar hacia la solidaridad y la fraternidad. Suelen presentarse más fácilmente en los hermanitos mayores al verse privados de la exclusividad del amor y de las atenciones paternas. Les es difícil aceptar al hermanito pequeño, al que únicamente ven como un competidor y no como el más necesitado de atenciones y mayores cuidados.

Los celos pueden manifestarse de varias formas: Con una conducta hostil hacia el hermano pequeño; con una conducta regresiva de sí mismo, como emplear un lenguaje aniñado, chuparse el dedo, no controlar los esfínteres, etc.; otras veces, intentarán llamar la atención con cabezonerías, berrinches, desobediencias, etc.

¿Qué hacer cuando aparecen celos desproporcionados en alguno de los hijos? Tener en cuenta que, para él, los celos son un sufrimiento continuo, que se incrementará hasta convertirse en sentimiento de culpabilidad, si aparecen las riñas de los padres.

Los celos deben prevenirse. El primer paso debe darse antes de que nazca el hermanito esperado. El niño de dos, tres o más años, que es el posible celoso, debe ser contagiado por la alegría de los padres ante el futuro nacimiento, se debe intentar que comprenda que el hermanito va a necesitar mucho cariño y cuidados y que él es muy importante para dárselos. Producido el nacimiento, los padres nunca deberán alabar al bebé sin hacerlo, al mismo tiempo con el hijo mayorcito. Repartir por igual las atenciones y evitar toda comparación.

 La rivalidad: Uno de los caracteres principales de la personalidad del niño es su egocentrismo, verlo todo bajo su punto de vista. Poco a poco, cederá, por identificación, a verlo bajo el punto de vista de sus padres. Pero le será muy difícil superar su egocentrismo en el trato con sus hermanos, a los que por, considerar iguales, ve como rivales. Los sentimientos de  rivalidad fraternal surgen en la competencia por el amor de los padres, en especial, por el de la madre durante los primeros años. No se deben considerar sentimientos negativos, sino tomas de conciencia ante el otro u otros, que ayudan a superar el egocentrismo y el egoísmo, a aprender a ceder y a aceptar el fracaso.

Postura de los padres ante las disputas de sus hijos. Una postura de equilibrio. Convencidos de que la familia en la que no exista la más mínima desavenencia fraternal no es una familia sana, procurarán hacer “la vista gorda” y no intervenir demasiado en las pequeñas querellas. Muchas discusiones que fuera de la familia podrían ser graves e incluso terminar con una sólida amistad, entre los hermanos se olvidan y esto es su punto positivo.

  La solidaridad: Junto a la rivalidad entre los hermanos también se da una fuerte solidaridad, que nace de sentirse miembros de una misma familia, con los mismos padres e idénticos lazos de sangre. A esto hay que añadir la vivencia común de todos los sucesos familiares, buenos y malos, y la necesidad de la ayuda mutua. La familia supone en sí mima la seguridad de sus miembros, el afecto y el cariño, de los que brota con fuerza el sentimiento de solidaridad. En la evolución normal de la familia, los hijos van abandonando los sentimientos de rivalidad para dar paso a la solidaridad fraterna.

  Influencias entre hermanos  

El hijo único: La falta de hermanos impide las relaciones horizontales, necesarias para el normal desenvolvimiento del hombre, en su doble aspecto de rivalidad y de fraternidad.Por otra parte, los padres vuelcan su afectividad en el hijo único, están pendientes sólo de él, hasta en los más mínimos detalles. El niño pasa a ser un sobreprotegido y, peor todavía, un mimado, con todo lo negativo que esto supone. El hijo único corre peligro de ser un niño aislado y solitario que, carente de las relaciones fraternas, se cree centro de admiración de sus padres, y también el peligro de que se despierte en él un sentimiento narcisista.

El orden ocupado por cada hermano: Supone una notable diferencia en la forma de vivir dentro del mismo ambiente familiar. Es muy distinto ocupar el primer puesto, el último o el del medio. 

El hermano mayor es el único que ha experimentado la atención exclusiva de sus padres y, con la llegada de otro hermano, pierde la exclusividad, dando lugar a una posible aparición de celos. El hermano mayor tiende a ser más responsable que los otros, a rendir más, ya que su referencia es el comportamiento adulto de sus padres. Es el que “abre camino” y los padres, jóvenes e inexpertos, adquieren en él una experiencia que les servirá para no cometer los mismos errores con los demás hijos. Al hijo mayor se le exige más; debe cuidar de sus hermanos pequeños, sobre los que tiene gran influencia y autoridad.

El hermano menor: Si la diferencia de edad es notable, suele ser el niño mimado por todos. Los hermanos tienden a considerarle siempre “el niño pequeño”, al que hay que proteger.

El o los hermanos del medio: Son los mejor situados; no tienen la responsabilidad del mayor y son superiores al pequeño. Participan, por tanto, de las ventajas y de los inconvenientes del mayor y del pequeño. Según sea la diferencia de años que tenga con uno u otro, corre el riesgo de quedar aislado, según sea del mismo o de distinto sexo.

La diferencia de edad: Suele ser una fuente de conflictos entre los hermanos. Si un niño tiene un año cuando nace su hermanito, apenas sufrirá conflicto alguno, porque no tiene conciencia clara de su exclusividad y, por tanto, tampoco notará su pérdida. Si la diferencia es grande, más de seis años, el mayor ya está más independizado afectivamente de sus padres y no verá un rival en el pequeño. El conflicto se plantea cuando la diferencia de edad es de dos a cuatro años. En ese momento está adquiriendo una imagen nítida de sí mismo, según va afirmando su individualidad y personalidad. Se da perfecta cuenta de que la llegada del recién nacido supone la pérdida de las atenciones, en exclusiva, de sus padres, de las que es plenamente consciente y de las que depende.

El sexo de los hermanos: Los niños y las niñas, al llegar a cierta edad, tienen intereses diferentes, sea por causas psicofisiológicas o por la influencia cultural del ambiente; esto impide la interacción mutua, pero también favorece que aumente el número de experiencias y disminuya el de los conflictos. La existencia de hermanos y hermanas en la familia es muy positiva en cuanto permite una mayor aceptación del otro sexo y una mejor comunicación. El niño con hermanas establece, con mayor naturalidad, relaciones de compañerismo, de amistad, etc., con el sexo contrario, y viceversa, factor muy importante para el futuro, tanto de la integración escolar como, más tarde, de la integración social.

Pueden darse también algunas situaciones particulares, que no sería bueno olvidar. Por ejemplo, cuando un niño único se cría entre varias hermanas o al revés, existe el riesgo de que el muchacho se desvirilice, sobre todo si es el más pequeño de  edad, o de que la niña adquiera rasgos masculinos en su comportamiento. De todas formas, todas las influencias de los hermanos entre sí, quedan minimizadas en la medida en que el niño o la niña interaccionan con otros niños y niñas en la guardería y más tarde en el colegio o instituto.

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jueves, 18 de septiembre de 2025

152.1.- SEXO CON ALMA Y CUERPO: QUÉ VISIÓN TIENE LA IGLESIA DE LA SEXUALIDAD

NOTA PRELIMINAR:

Hace unos días, navegando por internet, topé con una serie de videos con este llamativo título «SEXO CON ALMA Y CUERPO». Está retransmitida, en YouTube por EWTN ESPAÑA, y los textos son del Sr Obispo de Orihuela-Alicante, don José Ignacio Munilla Aguirre.                                                                                      

Me interesaron los títulos de los 13 capítulos de la serie; pero, al no lograr oír bien las palabras del Sr. Obispo, opté por verlas en la transcripción que ofrece cada video. Al verlos, decidí transformar cada transcripción en un artículo que se pudiera leer cómodamente, a sabiendas de que perdía todo lo que se transmite por el lenguaje corporal. Tenía presente la enorme dificultad con la que me iba a enfrentar porque las transcripciones no reflejan lo voz limpia del locutor sino que, por una parte, omiten todos los signos de puntuación (. , ; ¡! ¿? ) y por otra parte, añaden las muletillas ( no, eh, bueno, pues, a veces) y las repeticiones que suelen emplear los locutores cuando hablan. Poner en su sitio los signos de puntuación ha sido laborioso y también excitante porque tenía que descifrar un texto confuso y extraer lo que decía el del Sr Obispo. ¡Ahí es ná! Como dicen los andaluces.

Si grande fue la dificultad, no menor fue el entusiasmo. Como no podía ser menos, he tratado de conservar, todo lo posible, las palabras de don José Ignacio. Espero haber logrado transmitir exactamente sus pensamientos. Pido comprensión si se hubiese colado algún gazapo.   j.j.s


QUÉ  VISIÓN TIENE LA IGLESIA DE LA SEXUALIDAD

Un saludo a todos: Soy monseñor José Ignacio Munilla, obispo de Orihuela-Alicante y hoy nos disponemos a oir en esta primera sesión el tema ¿qué visión tiene la Iglesia sobre la sexualidad? Hay muchas personas que piensan que la Iglesia tiene un problema con la sexualidad, con el sexo; es frecuente incluso quienes dicen que la Iglesia parte de una visión dualista, como si pensase que el sexo es malo y por eso impone un montón de prohibiciones. 

Algunos hacen la siguiente lectura de la realidad: la Iglesia está pagando una factura bastante cara por un efecto rebote, porque no fue capaz en su tiempo de ofrecer una explicación atractiva de la belleza de la castidad; fue un moralismo que se percibió como algo impuesto. Únicamente se remarcaron en otro tiempo las prohibiciones y no la belleza de la castidad y así ahora estaríamos en un efecto rebote en el que hay una resistencia a acoger y aceptar el mensaje de la Iglesia.Aunque es obvio que existió un moralismo del sexto mandamiento en otros años, en otros tiempos, quizás a mediados del siglo XX y hoy en día por cierto no estamos libres de moralismos también existen hoy otro tipo demoralismos: El moralismo ecologista, por ejemplo, y otros tipos de moralismo. Damos bandazos en la historia, yo creo que aquel puritanismo de aquellos tiempos, aquel moralismo está demasiado lejos para pensar que la crisis del momento presente se pueda explicar únicamente por un efecto de rebote de aquel momento.

Lo cierto es que para explicar por qué se ve a la Iglesia católica como contracultural en su explicación de la sexualidad, hay que recurrir también a otra lectura de la realidad. Lo cierto es que la Iglesia es un reducto resistente frente a la imposición del pensamiento único que está aconteciendo en un mundo tan globalizado en el que la ideología de género se impone.

Primero se propuso y ahora se impone; es una especie de metástasis del marxismo que ahora se ha reencarnado, podíamos decir, en la ideología de genero; lo curioso es que no  solamente es una metástasis del marxismo sino, en buena medida, también del liberalismo que han confluído en proponer una nueva ideología, rediseñar al hombre, rediseñar al ser humano en esta ingeniería social. Espero que tengamos tiempo, en los próximos programas para hablar de la ideología de género; pero, ahora nuestro propósito en esta en esta primera sesión es explicar que visión tiene la Iglesia sobre la sexualidad y por qué existen tantos prejuicios frente a la predicación que hace la Iglesia católica sobre la castidad.

Para abordar esto creo que tenemos que empezar por desenmascarar esa falsedad de que la concepción de la sexualidad es negativa porque en la Biblia hay una visión negativa de la sexualidad; eso es una falsedad que creo que es muy importante que la desenmascaremos. Vamos a intentarlo con un detalle del libro del Génesis donde se expone la creación del mundo. En los cinco primeros días se va desarrollandola descripción de la creación y siempre, al término de cada día se dice “y vio Dios que era bueno”. Y se repite “y vio Dios que era bueno” “y vio Dios que era bueno”; pero curiosamente se llega al día sexto de la creación, en el que se crea al hombre, que es como la culminación de ls creación, y allí no se dice “y vio Dios que era bueno”, sino que se dice “y vio Dios que era muy bueno”. Hay una diferencia entre la creación del mundo en general y la creación del hombre.

Resulta que si vio Dios que era bueno aquel hombre, Adán y Eva eran distintos a lo que somos nosotros en el sentido de que todavía no tenían el pecado, no tenían el pecado original.   Ciertamente del pecado original se han derivado muchas consecuencias negativas en nuestra vida. Adán, obviamente, era un hombre muy similar a nosotros en muchos aspectos, como por ejemplo, ¿cómo era la constitución sexual de Adán y Eva? Pues sería la misma que nosotros tenemos ahora, naturalmente hablando. Dios les había llamado a crecer y a multiplicarse como lo hace con nosotros y parece lógico pensar que la manera de procrear que tenían ellos era la que tenemos nosotros; es decirAdán y Eva no procrearon por bipartición como las estrellas del mar, sino a través del ejercicioo de la sexualidad, en la forma en la que Dios creó a ese hombre y a esa mujer y vio que el acto conyugal que hacían y con el que Adán y Eva expresaban su amor, era “muy bueno, muy bueno” porque era el acto que Dios había pensado para ese hombre y esa mujer creados a su imagen y semejanza.

Obviamente, en eso no hay ninguna diferencia con nosotros; ese acto forma parte de la constitución natural del hombre y de la mujer. Es más, incluso el hecho de que la sexualidad esté ligada  a un placer es porque las terminaciones nerviosas de la piel del cuerpo humano indican que Dios lo ha querido así, lo ha hecho en ese maravilloso orden de la creación. La entrega sexual está ligada a ese momento que el hombre experimenta como placentero. Luego si alguien dijese que la Biblia tiene una imagen negativa de la sexualidad por estar ligada a un placer pecaminoso fruto del pecado, se está equivocando plenamente porque “vio Dios que era muy bueno” y así Dios lo creó.

Con el paso de los años ha habido muchos autores, por ejemplo Santo Tomás de Aquino que dice en que el placer no viene del tentador sino de Dios. Añade que el demonio no tiene más remedio que admitir que el hombre experimenta placer cuando peca; pero el placer no viene del tentador sino de Dios; al demonio le gustaría que el hombre pecase sin placer ninguno, pero como no es capaz de conseguir tal objetivo utiliza algo que es de Dios para intentar desviar la acción del hombre; por eso insistimos en decir “y vio Dios que era muy bueno”.

Tenemos que purificar esa imagen que es totalmente falsa porque, a veces, de tanto repetir ciertas mentiras parece como si nos las creyéramos. No es cierto que la Iglesia Católica o las  Sagradas Escrituras tengan una imagen negativa de la sexualidad, ni siquiera negativa de esa dimensión placentera que tiene la la sexualidad porque “y vio Dios todo lo que había hecho y era muy bueno” .

Más aún, porque es tan bueno por eso precisamente hay que protegerlo; por ejemplo, en un museo las piezas más preciosas son las que más se protegen, porque existe el riesgo de que se deterioren o porque tienen más riesgo de ser robadas, por eso esas piezas preciosas se ponen en una urna con cristales antibalas. Pues algo así ocurre también en este caso; ese tesoro de la sexualidad que Dios nos ha dado tiene que ser especialmente preservado. Esa preservación es lo que la Iglesia está haciendo a la hora de custodiar la sexualidad dentro de la virtud de la castidad, porque la Iglesia entiende que la sexualidad debe estar preservada con la virtud de la castidad para que no sea deteriorada.

Son tres las dimensiones que protegen esa virtud de la castidad en la sexualidad, fijémonos bien en estas tres dimensiones porque son claves:

La primera dimensión de la sexualidad es aquella desde la que recibimos la identidad personal, somos imagen y semejanza de Dios. Dice la sagrada escritura “hombre y mujer los creo” , es decir que el sexo masculino y el femenino forman parte de nuestra identidad. Hay otras dimensiones que no generan identidad, por ejemplo, el pelo que yo tenga (o no tenga en este caso, permitidme la broma) no genera mi identidad; pero mi sexualidad sí genera mi identidad.

¡Qué importante es decir esto! Más importante precisamente en este momento en el que la sexualidad se está desvinculando de la identidad de la persona. Dios creó la sexualidad para que  tengamos una identidad masculina o femenina desde las cuales seamos imagen y semejanza de Dios.

La segunda dimensión de la sexualidad tiene la finalidad de poder mostrar nuestro amor, es la expresión corporal a través de la cual expresamos con nuestro cuerpo el “te quiero con todo mi corazón, te quiero con toda mi alma y para siempre, todo lo mío es tuyo, no somos dos sino una sola carne”. Esto es lo que se expresa corporalmente en la entrega sexual. Esta es la dimensión de la expresión corporal.

La tercera dimensión de la sexualidad es la colaboración con el proyecto creador de Dios mediante la generación de los hijos.   Estas tres son las dimensiones de la sexualidad y por eso la Iglesia las custodia a través de la virtud de la castidad. Como en los museos se ponen las obras de arte bajo protección para que nadie las estropee o la robe, así también la Iglesia custodia y proteje las dimensiones de la sexualidad para que esa obra de arte de Dios no sea estropeada por el pecado.

Sabemos que la sexualidad humana es una obra de arte de Dios que fue estropeada por el pecado original y sigue siendo estropeada por todos los pecados personales. La visión de la sexualidad según el plan primero de Dios era una obra de arte preciosa. Contemplemos un jarrón especialmente fino y valioso, si no se le proteje, corre el riesgo de ser robado, así también la sexualidad humana es susceptible de ser atacada por el hombre cuando se queda con el placer e ignora a la persona.

La expresión del amor por la sexualidad es atacada por el riesgo de la medianía; es decir, me entrego un poco pero no totalmente. De esta modo, el sexo pasa a ser un juego y deja de ser verdaderamente la expresión gozosa del plan de Dios. Se ha cambiado el amor como motor de la sexualidad por la utilización de la persona al servicio del propio placer.

¡Qué diferente es amar a una persona a utilizarla!

San Juan Pablo II decía que «lo contrario de amar no es odiar, lo contrario de amar es utilizar». Pues esto es lo que sucede con la sexualidad. Cuando el hombre se desliga del plan en el que Dios creó la sexualidad para forjar nuestra propia identidad masculina y femenina, para que sea expresión de la donación completa y total, de la entrega de nuestra alma y de nuestra vida y para estar abiertos a la voluntad de Dios de la transmisión de la vida. Cuando uno se desliga de ese proyecto la sexualidad se convierte en una utilización de la persona y eso es un drama.

Cuántas personas se sienten utilizadas y tienen una visión triste de su sexualidad, se sienten utilizadas y quizás intentan tapar ese drama y se dicen a si mismas: me han usado, me he sentido utilizada… pues ahora voy a usar yo a los demás. Me han utilizado para buscar un rato de placer y me he sentido en el fondo vejado o vejada. ¡Y despreciada! Pues yo ahora voy a hacer lo mismo con los demás. Existe el riesgo de que en la medida en la que uno ha sido víctima de esa experiencia se convierta en verdugo de esa de esa misma experiencia. Como tantas veces ocurre cuando esto es así, cuando esto sucede de esta forma, se resiente la dignidad de la persona porque hemos sido creados para amar y no para ser utilizados unos por otros.

Alguien dirá: Bueno, hoy en día sabemos perfectamente cómo piensa el mundo, lo que está mal es el abuso, el actuar sin consentimiento de la otra parte; si el otro consiente barra libre;  no hay ningún impedimento. Lo que este mundo ve como inmoral es que el otro sea abusado sin su consentimiento. Obviamente somos conscientes de que cuando alguien es abusado sin su consentimiento se ha pasado a una violación. Pero, además está pasando algo muy importante porque la frontera entre la moralidad y la inmoralidad no está únicamente en el consentimiento de la otra parte; la frontera está antes, porque la sexualidad se puede utilizar incorrectamente incluso con el consentimiento del otro. La frontera, la verdadera frontera entre la vivencia sana e insana de la sexualidad está entre el amar y el utilizar; y aunque el utilizar sea consentido, es incorrecto.

Muchas personas recurren a la sexualidad sabiendo que se estan utilizando mutuamente; pero bueno, lo consienten y lo buscan, y entonces parece que eso no tiene ningun problema moral; sí, lo tiene, lo tiene porque hemos sido creados para amarnos no para utilizarnos unos a otros como si la verdadera sexualidad fuera una especie de pacto de ayudarnos mutuamentea a extraer uno del otro la mayor cantidad posible de placer.

No, todo aquello que nos desvincule de la vocación para la que hemos sido creados y ya queda dicho anteriormente que hemos sido creados para amar. El amor tiene la dimensión del olvido de uno mismo; el que se busque a sí mismo lo perderá y el que se olvide de sí mismo, lo encotrará. Algo de esto acontece también en la vision y en la vivencia de la sexualidad.

Cuando uno vive su sexualidad como una entrega plena, como una donación es cuando vive la sexualidad en la vocación para la que ha sido creado; por el contrario cuando uno vive la sexualidad como una especie de búsqueda de técnicas para intentar buscar o arrancarnos más placer, obviamente está desligando la sexualidad de la vocación para la que Dios la ha creado, ser verdadera expresión de la vocación al amor. Nosotros hemos nacido del amor y estamos llamados a expresarlo en nuestra vida. Este es el riesgo por lo tanto de la sexualidad, la cosificación, reducirnos a objeto placentero; pero, nosotros no somos objetos, somos personas. Esto se ve muy claro, clarísimo, especialmente en la pornografía. La pornografía no acontece entre personas, pues no se sabe ni siquiera el nombre de esa persona que está en una escena pornográfica. Nadie sabe: ¿Qué nombre tiene? ¿Qué familia  tiene? ¿Está casada? ¿Tiene hijos? ¿Qué problemas tiene? ¿Por qué hace esto? ¿Está aquí, quizás, intentando obtener un dinero porque vive en la pobreza?

No importa cuál sea su historia. La pornografía es, en sí misma suficientemente elocuente para darnos a entender que es totalmente distinta a la sexualidad en la que se vive la entrega  mútua y se comparte la vida, de lo cual es expresión la entrega sexual.La vivencia de la sexualidad es lo que vamos a realizar en esta serie de diversos programas. Este es el primero que hemos comenzado con esta pregunta ¿qué visión tiene la Iglesia de la sexualidad?

A lo largo de estas sesiones hablaremos de otras formas no adecuadas de emplear la facultad sexual entre los novios y el matrimonio. En todos esos casos el mal no está en el sexo sino en su mala utilización, en la desvinculación de la sexualidad de la vocación al amor para la que hemos sido creados; es decir, desvincular la sexualidad de nuestra vocación, cada uno tiene una vocación y cada uno tiene que vincular su vivencia de la sexualidad a la vocación que ha recibido, incluyendo el que os habla, cada uno vincula su forma de vivir la sexualidad a la  vocación; en mi caso, a la vocación con el celibato que tenemos los sacerdotes. Esto es muy importante, esto de ligar la sexualidad, que cada uno entienda la sexualidad ligada a su propia vocación de vida, porque permitidme un jemplo, es como si a uno le explican cómo se utiliza un vehículo, así: se mete la primera así, se mete la segunda así, se embraga, se arranca el motor, etc. Pero, no se le puede explicar a uno esas normas mínimas de utilización de un vehículo sin haberle explicado antes el código de circulación y, más aún, sin que él haya pensado para qué quiere un vehículo y qué hará con él. La adquisición de un vehículo supone que se tiene pensado el uso que se va a hacer de él, es decir, la compra de un vehículo tiene un objetivo, no para dar vueltas con él sin sentido alguno.

Sirva este ejemplo para que entendamos hasta qué punto es posible que uno cuando oye, hoy en día, que las administraciones públicas tienen que dar a los adolescentes educación sexual; pero, educación sexual es instrucción genital. A ver, la educación sexual no explica únicamente la forma fáctica de cómo acontece la sexualidad sino cuál es su finalidad, cuál es su sentido. Hacer una educación sexual ligada meramente a una información genital sin integrar en esa educación sexual el sentido de la sexualidad es obviamente como explicarle a alguien cómo se arranca un coche sin decirle dónde tiene que ir y mucho menos sin que sepa cuáles son las  normas de circulación para conducir.

La clave está, por lo tanto, en que nosotros entendamos que “amor, donación, entrega, matrimonio, dignidad, respeto “, son conceptos claves y, fijaos bien, son conceptos claves para todos, porque alguno igual podría decir: «A ver, señor obispo, usted está hablando para los católicos, pero esa visión de la sexualidad ¿no pretenderá usted imponerla a todo el mundo?  porque hay mucha gente que piensa distinto a ustedes los cristianos, entonces no nos impongan su visión de la sexualidad»

Bueno, estamos hablando de conceptos naturales (amor, donación, entrega, matrimonio, dignidad y espeto) que pueden ser entendidos por todos los seres humanos independientemente de cuál sea su credo religioso e incluso hasta por los que no tienen ningún credo religioso, porque  estamos hablando de una ley natural.

Lo que la Iglesia Católica piensa sobre la sexualidad no es algo específico de ella y lo que hace es custodiar, con la gracia de Cristo algo que es de ley natural: todos los seres humanostienen esa dignidad, todos los seres humanos son cuerpo y alma. De alguna manera al alma se esta expresa desde la corporalidad y por eso esa corporalidad tiene que ser vivida en un orden en el que exprese el alma y no sea como una especie de prótesis del yo, que se puede utilizar o prescindir de él o incluso cambiarlo.

Sé que algunos estarán diciendo, esto que está diciendo es bonito, es hermosa esa visión de la sexualidad, pero algunos llegamos ya tarde. Voy a compartir una anécdota que que me  ocurrió hace años, todavía no era obispo, era unsacerdote de una parroquia y convoqué a los padres de primera comunión en una serie de charlas formativas y preparativas. Y aquel día les  hablé de la visión cristiana de la castidad e intenté que aquellos padres jóvenes viesen qué visión tan maravillosa tiene la Iglesia católica de esa vivencia de la sexualidad en castidad, en no  utilizarse, en ser expresión de la entrega de la vida etc.

Recuerdo que, al concluir, una de aquellas madres levantó la mano y me dijo: eso que ha explicado usted es muy bonito, la verdad; me dijo que no lo había escuchado y le hubiese gustado escucharlo cuando era más joven, pero le gustaría que se lo explicase a nuestros hijos, porque con nosotras ya ha llegado tarde, a nuestra generacion ya ha llegado tarde. Recuerdo que  la miré y le dije: pues sabe lo que le digo que no es tarde, que para Dios siempre es el momento de gracia, que Dios tiene un proyecto para cada uno de nosotros en el que, incluso, habiendo vivido desordenadamente la sexualidad, tiene la capacidad de recrearnos; porque no cabe decir yo ya perdí la virginidad. Un momento, la virginidad no es un concepto meramente fisiológico, es un concepto espiritual en el que, cuando estamos verdaderamente reconciliados con Dios, somos recreados, Dios nos hace nuevos; por lo tanto, estamos plenamente a tiempo de vivir esta imagen de la sexualidad custodiada por la virtud de la castidad, hoy es tiempo de Gracia para que nos abramos a Jesucristo y a la madre Iglesia y pidamos a la Virgen María, nuestra Madre: sé tú mi pureza, sé tú mi alegría, dame el don de vivir la virtud de la castidad.

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15.2.- LA FAMILIA SEGÚN EL PLAN DE DIOS

 
Un saludo a todos.
Continuamos en esta segunda sesión y voy a desarrollar el tema La familia según el plan de Dios. Comenzamos la sesión anterior hablando de cuál era la visión de la iglesia católica sobre la sexualidad, ahora vamos a desarrollar cuál es el plan de Dios sobre la familia según lo que Dios ha puesto en manos de la iglesia para ser custodiado.
Recuerdo que en el libro del Génesis capítulo segundo versículos 18 y 20 se narra que, después de crear a Adán en el día sexto, Dios se dio como un paseo por el jardín del paraíso junto con Adán y comprobó que aquello era maravilloso, que la creación era impresionante; pero, que había un punto de insatisfacción en el corazón de Adán. Sí, como si dijese: Esto es maravilloso, la creación es impresionante; pero, no tiene un interlocutor con corazón de hombre.
El hombre no puede hablar con las piedras, el hombre no puede hablar con los árboles, no puede hablar con los animales, no son otro tú y entonces había como una cierta insatisfacción, tenía la necesidad de una compañía para tener una relación interpersonal. Soy consciente de que decir esto hoy en día, seguro que más de uno, según me habéis estado escuchando, habrá dicho:
A ver, ojo, señor obispo, que vivimos una crisis antropológica en la que muchos han sustituido a sus compañeros por un animal de compañía o a sus hijos por unos perritos. Hoy, uno puede ir por la calle y ver un carrito de bebé y se lleva la sorpresa de que en ese carrito de bebé no hay un bebé sino que hay un animal de compañía que es utilizado para llenar la efectividad como si fuese la persona de compañía y, obviamente, eso no es sino la expresión de una crisis antropológica.
En una ocasión compartí en redes sociales una fotografía en la que se veía a una mujer joven llevando en su carricoche no un bebé sino un perrito y me atreví a decir en un mensaje enviado a las redes sociales “Esto no es una fotografía es una radiografía de la crisis cultural y antropológica en la que nos encontramos”.
Porque, según narra el libro del Génesis, el hombre no tenía en los animales ni en el resto de la creación una relación de amistad y se sentía con la necesidad de tener otro tú con el cual relacionarse. Ya sé que, a veces, utilizamos algunas expresiones en un sentido simbólico, por ejemplo, cuando se dice que el perro es el mejor amigo del hombre; es una expresión metafórica porque un perro no es un amigo, no lo es ni puede serlo. Y si uno pretendiese que lo fuese quiere decir que tiene una crisis afectiva importante en su vida.
El hombre necesita la relación interpersonal y, entonces (sigo con el Génesis), Dios hizo que Adán se quedase dormido y Dios extrajo una costilla del costado de Adán y con ella formó a la  
mujer. Esta narración es un lenguaje simbólico para subrayar que en esa creación de Eva desde la costilla de Adán se esté afirmando el hecho de que ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne; es como si Adán dijese: a ésta la siento mucho más cercana que los astros, las plantas, los animales; es un tú con quien puedo relacionarme.Eso es lo que significa ese pasaje bíblico que, a veces, desde unos prejuicios ideológicos
del feminismo radical se dice: mira, fíjate cómo Eva es considerada inferior a Adán, cómo la mujer es considerada inferior al hombre que se le saca de una costilla. Eso es no entender lo que verdaderamente esa imagen bíblica está subrayando: que ambos tienen la misma dignidad, ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta sí que es verdaderamente interlocutora mía y no el resto de la creación.
El hombre y la mujer estamos llamados a la complementariedad, porque podemos tener amistad y no con los animales. No es bueno que el hombre esté solo; por eso, digamos que Dios ha dispuesto que exista una atracción entre el hombre y la mujer, una atracción de la cual se deriva el enamoramiento como el punto de partida para iniciar un discernimiento y poder llegar a formar un matrimonio.
El matrimonio en el plan de Dio es definido como «íntima comunidad de vida y de amor conyugal». Dios ha querido que tengamos una comunidad de vida, una comunidad íntima de amor conyugal que es el matrimonio que, al llegar los hijos, se convierte en una familia que es la célula básica de la sociedad; una familia que comparte su proyecto vital, sus afanes, dolores, alegrías y esperanzas.
Seguramente, algunos estaréis diciendo: Eso es muy bonito; pero, muchos de nosotros no hemos llegado a a formar una familia, comenzando por el que os habla; pero, seguro que también habrá televidentes que estén diciendo: a mí me hubiese gustado casarme y, por circunstancias de la vida, me he quedado soltero. El plan de Dios se ha frustrado en mí, aunque creo que es un bun plan.
Es conveniente que nos demos cuenta de que, aunque el designio mayoritario sea el matrimonio y la familia y que ésta sea la célula básica de la sociedad, no todos están llamados a  
formar una familia. Jesucristo, el hombre perfecto, el Hijo de Dios, no se casó, no formó una familia; pero, sí tuvo la experiencia de nacer en una familia. También nosotros, los que no hemos formado una familia, sí tenemos la experiencia de haber sido hijos de esa relación entre el hombre y la mujer, en esa complementariedad en la que Dios creó a Adán y a Eva, eso nos constituye profundamente a todos.
En ese sentido todos, incluso no me quiero olvidar de las personas que por diversos avatares en la vida, hablaremos de ello a lo largo de las sesiones de la serie, tienen una atracción homosexual que ha podido ser generada por heridas que han acontecido en su infancia o en su adolescencia; circunstancias que, por el hecho de tener esa experiencia no han llegado a
formar un matrimonio y una familia; pero, aún en medio de dificultades, de heridas o de vocación al celibato, como es el caso de quien os habla o de alguien que se quedó soltero porque las circunstancias de la vida no pusieron en su camino la posibilidad de casarse, lo cierto es que todos somos hijos de la experiencia de haber llegado al mundo desde ese gran don que es la unión matrimonial, desde ese gran don que es la familia.La familia es la célula básica de la sociedad; es la forma en la que Dios ha querido que el ser humano llegue al mundo, es la puerta desde la que el ser humano experimenta su dignidad.
En la familia he tenido la experiencia de haber sido amado incondicionalmente, de haber sido querido, allí experimenté que soy alguien porque se me ama por lo que soy, no por lo que pueda llegar a ser; no se me ama porque tenga éxito en la vida, se me ama tal y como soy, sencillamente por ser hijo. Es la experiencia del amor incondicional donde se nos ama, no se nos utiliza.
Dios ha querido que esa sea la experiencia fundante, ese es el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia: Una entrega mutua y total con dos características y es muy importante que
las entendamos. Estoy hablando de algo que es de ley natural, que no es exclusivamente para los católicos, algo que es inherente a la dignidad del ser humano.
El matrimonio tiene dos características:
Primera característica: La entrega mutua y total en la unidad; es decir, solo puedo entregar mi corazón plenamente cuando lo entrego entero a una persona; no puedo entregárselo entero a
dos. Cuando una chica le dice a un chico: ¿me quieres? El chico puede contestar: Sí, te quiero muchísimo; pero, también quiero a mis padres y a mi familia. Bueno, dice la chica, ya sé que quieres a tus padres y a tu familia; pero, yo cuando te pregunto si me quieres me refiero a que si hay algo en tu corazón, algo que es indivisible, algo que solamente se lo puedes entregar a una mujer.
Claro que tu corazón también ama a tus padres, a tus hermanos, a tu familia y a tus amigos; pero, hay algo indivisible en tu corazón que está muy claro que no se puede entregar, al
mismo tiempo, a dos personas distintas; lo contrario sería como decir: te doy un trozo de mi corazón, pero no te entrego todo entero. Por eso es muy claro para nosotros el no a la poligamia.
Es tan importante custodiar lo indiviso de nuestro corazón porque cuando la chica le pregunta al chico o viceversa ¿me quieres? se refiere a si ese corazón se le entrega solo a una
persona, no a dos porque a dos a la vez no se le puede entregar.
¿Me permitís un poco de humor? No hace mucho tiempo, hablando de cómo custodiar lo indiviso de nuestro corazón envié a redes sociales, a veces me gusta hacerlo, algo para hacer pensar, una viñeta en la que uno se acerca a un kiosco en el que se vendían, aparte de la prensa diaria, un tipo de tarjetas postales y le dice: Buenos días, ¿tendría usted alguna tarjeta postal que diga para mi único y verdadero amor? El dependiente le contestó: Sí, sí, aquí las tengo. Bueno, pues deme cuatro tarjetas.
Obviamente, he compartido esto ironizando porque cuando alguien dice te entrego todo mi corazón, no lo puede decir a dos personas al mismo tiempo. El amor tiene la característica de la
unidad, exige un corazón indiviso y una persona tiene derecho a tener celos, no enfermizos que eso es otra cosa, sino celos justificados porque la otra persona se está mofando al no entregarse plenamente y, si están casados, esa persona no se está comportando dignamente en su matrimonio.
Segunda característica, la indisolubilidad. Solo me doy completamente al otro cuando tengo la determinación de que sea para siempre, sin plan B; si me sale mal, tengo preparado el Plan B.
No, el amor auténtico tiene su compromiso de indisolubilidad, es para siempre. No se puede decir yo te quiero con todo mi corazón, pero no sé hasta cuándo. A ver, si alguien dice tal
cosa, es un mentiroso, no es verdad que le quiera con todo su corazón; porque el amor pleno, el amor auténtico es indiviso e indisoluble.
No sé si conocéis la expresión castellana que subraya que, a veces, en esta vida tenemos un camino sin retorno; es decir, que cuando alguien se compromete en un camino sin retorno está
subrayando que puede haber dificultades; pero, no está dispuesto a dejar a medio camino el compromiso iniciado. La Real Academia Española de la lengua subraya la expresión quemar las naves, que significa: tomar una determinación con todas sus consecuencias, sin camino de retorno. Esa expresión de quemar las naves viene de dos hechos históricos: uno, el de Hernán Cortés cuando, en el siglo XV, llega a México y otro, el de Alejandro Magno cuando, en el siglo tercero, estaba en la playa de Fenicia para conquistar una ciudad; pero, veía que las murallas eran inexpugnables, sus soldados eran pocos y tenían la tentación de decir: esto no va, vámonos y ya vendremos en otro momento. Entonces Alejandro Magno dijo: Vamos a ver, quemad las naves; y los soldados quemaron todas las naves. Estando todos ellos en la playa se dijeron: ahora, una de dos, o conquistamos Fenicia o morimos porque no tenemos naves.
Creo que las dos expresiones españolas sirven para darnos a entender la indisolubiidad del matrimonio y vivirlo con un compromiso indisoluble, porque es la única manera de darlo todo, de dar lo mejor de nosotros mismos para llegar a conseguir el objetivo que perseguimos: el amor fiel hasta que la muerte nos separe.
Si uno guarda una lancha o un pequeño barco para escaparse, eso es un Plan B por si las cosas salen mal o por si las dificultades son muy grandes; obviamente no está viviendo el amor conyugal en plenitud.
La indisolubilidad es uno con una para siempre. Esto no es un invento cristiano, de hecho lo encontramos en culturas precristianas y también post cristianas que existen hoy en día porque, en el fondo, que el amor sea indisoluble es algo que late en el corazón del hombre, todo el mundo quiere que su amor sea para siempre y esto nos indica que, aunque sea difícil, es algo inherente a nuestra dignidad que puede ser difícil; pero, la única manera de que el amor sea pleno es que sea para siempre.
Eso de que es un invento del cristianismo, me vais a permitir que ponga un ejemplo: Allá por el año 2000 se puso muy de moda en algunos lugares el famoso candado de amor que no es
un invento de la Iglesia Católica. ¿En qué consiste? Hay muchos puentes y otros lugares emblemáticos en algunas ciudades europeas, fijaos ¡en el año 2000! en los años de secularización, cuando muchos novios están viviendo la intensidad de su compromiso de vamos a casarnos, antes de ir a la iglesia van, por ejemplo, al famoso puente Milvio en Roma, allí hacen el rito del candado que consiste en enganchar el candado a la barandilla del puente, cerrar elcandado, sacar la llave del candado con sus dos nombres atados y lanzar la llave al río. Fijaos que es un signo que hacen muchos jóvenes de distintas ciudades de Europa, pertencientes a diversas culturas latinas, germánicas o anglófonas.
No, no ha sido la Iglesia Católica a la que se le ha ocurrido ese signo cuando los jóvenes toman su decisión de unirse. ¿De dónde viene ese signo? ¿Dónde ha nacido? Los jóvenes pueden no ser creyentes, pueden no haber oído hablar de Dios; pero, algo instintivo está escrito en su corazón: el amor es para siempre y lo gritan muy fuerte mientras lanzan al agua la llave del candado con sus nombres.
La Iglesia está llamada a custodiar la dignidad del matrimonio porque el divorcio fácil, propio de nuestros tiempos, no hace sino debilitar el matrimonio. La Iglesia se convierte en profeta
del amor, en profeta de la familia, siempre que proclama estos valores. Por ejemplo, cuando nuestros misioneros van a África y allí, a personas que viven una cultura que admite y practica la
poligamia, allí nuestros misioneros predican lo que es la visión cristiana del amor. Cuando alguien se convierte al cristianismo y resulta que tiene ocho mujeres, tiene que entender que para hacerse cristiano tiene que aclarar su corazón y su compromiso, porque solamente puede tener una.
Entonces nos damos cuenta del compromiso tan fuerte de esas personas que se convierten al cristianismo y se bautizan con el compromiso de tener una sola esposa. ¡Qué salto tan grande!
Eso sucede en contextos culturales en los que la poligamia está bien vista; pero, algo similar pasa en nuestra cultura en la que el divorcio está plenamente asumido de una manera frívola. En nuestro contexto del amor, de entrega total, de unidad y estabilidad es en el que Dios quiere que nazcan nuestros hijos. Dios quiere para nosotros que caminemos hacia la madurez de
un matrimonio estable. Hoy vemos, con más claridad que nunca, que la falta de ese amor estable es la causa de muchas heridas y de muchísimos desequilibrios. No hace mucho tiempo, vi unas
estadísticas en las que había correlación entre el fracaso escolar de los niños y el fracaso del matrimonio de sus padres; una correlación tremenda, por ejemplo: qué tanto por ciento de las
personas que están en prisión son hijos de una experiencia fallida del matrimonio de sus padres; obviamente, el tanto por ciento es altísimo.
Como decía Chesterton: En la familia, un matrimonio fuerte y unido es el mejor Ministerio de Asuntos Sociales, es el mejor Ministerio de Sanidad, es el mejor Ministerio de Educación.
En la realidad, hay muchos ministerios y muchos servicios sociales de nuestros gobiernos  que están, de alguna manera, dejando patente que son incapaces de suplir lo que una familia no hace cuando entra en crisis. Subrayemos que el matrimonio es una realidad humana natural para todos los hombres y mujeres, que Jesucristo lo tuteló elevándolo a la dignidad de sacramento, que el matrimonio no es un invento del cristianismo porque ya existía antes del cristianismo, que lo que el cristianismo hizo fue elevarlo a la dignidad de sacramento, que el matrimonio es un signo del amor de Cristo a su Iglesia.Cristo amó a su iglesia mucho más allá de lo que la iglesia merecía. Cuando nosotros menos merecemos ser amados es cuando más necesitamos ser amados. Ese es el amor de Cristo y así debería ser también el amor del matrimonio que ama no proporcionalmente a nuestro merecimiento sino a nuestra necesidad de ser amados.
El hecho de que el matrimonio sea un sacramento implica tres cosas prácticas que voy a intentar subrayar.
La primera, el matrimonio es un camino de santidad. La vocación al matrimonio tiene la misma vocación a la santidad que tiene la vocación sacerdotal. El sacerdote está llamado a ser
santo porque ha recibido el Sacramento del Orden sacerdotal que le posibilita el ejercicio de su vocación a la santidad. De igual modo, los casados están llamados a ser santos porque han
recibido el Sacramento del Matrimonio que les posibilita caminar hacia la santidad. Son dos vocaciones distintas, dos sacramentos distintos, dos caminos distintos; pero, ambos son camino de santidad.
En segundo lugar, el matrimonio es un sacramento. Por haber sido elevado a la dignidad de Sacramento Jesucristo se compromete a dar su gracia. Acordaos, cuando preguntan a Jesús por el divorcio, Él les dice: «Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así». En el plan de Dios no fue así y ahora ha llegado Jesucristo que es la plenitud de la gracia y, mediante el sacramento del matrimonio que hemos recibido, nos da la gracia que hace posible que podamos vivirnos el plan de Dios. A la debilidad humana le resulta imposible vivir el plan de Dios, sin Cristo es imposible vivir la indisolubilidad y la unidad del corazón porque el pecado nos ha distorsionado, pero con la gracia de Cristo todo es posible.
Lo que decimos del matrimonio se puede aplicar también al celibato. El celibato es imposible al hombre sin la gracia de Cristo, pero la gracia de Cristo se derrama en nosotros y nos
da la capacidad de vivir gozosamente el celibato que prometimos al recibir el sacramento del Orden.
En tercer lugar, tenemos dos modelos de familia. La familia trinitaria: el Padre, el Hijo y Espíritu Santo, a cuya imagen y semejanza hemos sido creados. Dios es familia, no es un ser solitario. El segundo modelo es la sagrada familia de Nazaret, Jesús, José y María.
A esas dos familias consagramos nuestros matrimonios y nuestras familias. Por eso me vais a permitir que concluya esta sesión invitando a consagrar nuestras familias al Sagrado Corazón de Jesús porque eso es introducir el modelo de la familia de Nazaret en el seno de nuestras familias y decir Señor danos la gracia de amarnos como Jesús, José y María se amaron en aquella Sagrada Familia de Nazaret. Así lo pedimos en ese acto de consagrar al Sagrado Corazón de Jesús nuestras familias. Que así sea.
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152.3.- SEXO CON ALMA Y CUERPO: APRENDER A AMAR, MADUREZ EN AL AMOR

 
Un saludo a todos.
Estamos en la tercera sesión de estas reflexiones sobre la visión cristiana de la sexualidad.
El título de esta tercera sesión es Aprender a amar, madurez en el amor. Bueno, yo sé que alguno habrá pensado ¿Qué es eso de aprender a amar?
Vamos a ver, ¿es necesario aprender a amar? Sí, es necesario. Porque no se nace sabiendo amar perfectamente. ¿Acaso vemos que los niños nazcan sabiendo ya amar a sus padres? El amor a los padres se aprende, no se nace con él. Tampoco es algo instintivo y como todo lo instintivo tiene que ser acogido y no solo racionalizado.
Comencemos por hacer una matización: No es cierto que los impulsos espontáneos no necesiten ser educados. Por ejemplo, se habla de educar la respiración. Está claro que la respiración es espontánea; pero también está claro que muchas veces no respiramos bien porque nuestro diafragma no está bien colocado y no llenamos adecuadamente nuestros pulmones.
Hemos aprendido a hablar de tal forma que no desgastamos la voz, también el habla es algo espontáneo, sí; pero no es cierto que lo espontáneo no deba ser educado porque también debe de ser educado; o la comida, obviamente nacemos sabiendo comer, pero uno tiene que educarse en aprender también a comer. Podíamos poner otros ejemplos para subrayar que en
esta vida para todo necesitamos ser educados incluso las cosas más espontáneas.
Además, hay una gran diferencia entre amar y respirar o entre hablar y comer. Hay una gran diferencia porque amar ss algo que supera con mucho un impulso espontáneo; amar es la  
vocación para la que hemos sido creados, hemos sido creados por amor y para amar.
Permitirme que comparta una experiencia, un recuerdo de mi juventud. Me ordené sacerdote en el año 1986, tenía entonces 24 años. A los 3 años de mi ordenación sacerdotal se estrenó una película muy conocida, El club de los poetas muertos, que creo ha tenido una influencia bastante grande, seguro que muchos la habréis visto. Vi la película acompañado de unos sacerdotes compañeros. Digamos que la tesis de la película era el carpe diem, es decir Vive el momento y déjate llevar por tus sentimientos espontáneos; tu espontaneidad es la que debe
marcar tu vida, no pretendas controlar tus espontaneidad.
Yo me quedé impactado porque me daba cuenta de que en la película se estaba gestando una crisis pedagógica muy grande. Vuelvo a la tesis de la película, cuya clave pedagógica en la
educación es: no intentar transmitir algo a alguien desde fuera, sino la educación debe de consistir en ayudarnos a sacar de dentro de nosotros mismos nuestras tendencias espontáneas. Entonces la verdadera educación es: sé tú mismo, déjate llevar por tus impulsos, no tengas miedo de tu impulsividad.
Si recordáis los que visteis la película, el profesor invitaba a sus alumnos a que el que sintiese el impulso pusiese el pie encima del pupitre de la mesa y se dejase llevar de su espontaneidad, que eso es lo que tenemos que hacer en cada momento. Déjate llevar por tus impulsos emotivos porque, en el fondo, lo instintivo es lo más auténtico que tiene el hombre.Déjate de racionalizar y de normas morales o éticas, deja que lo instintivo, lo impulsivo sea lo que gobierne tu vida; carpe diem, aprovecha este momento.
Esa era la tesis de aquella película. Recuerdo que salí diciendo ¡madre mía! Porque la película era buena en su producción y, por otra parte, parecía que la película estaba haciendo mella en la sociedad porque enlazaba con la crisis social de mayo del 68, en el que parecía que lo propio era hacer una llamada a la espontaneidad. Hubo un momento de la película en el que pensé: Aquí hay una gran batalla, cómo educar bien el amor.
Bien sabemos que no es cierto que de la mera espontaneidad nazca el bien del hombre; de la espontaneidad pueden salir cosas muy bellas y también pueden salir, y salen, los egoísmos
que, a veces, se hacen especialmente patentes.
Con esto no estoy diciendo que la postura cristiana equilibrada sea absolutamente contraria de la que se estaba sembrando sobre la impulsividad y el instinto. No, nuestra postura equilibrada cristiana no es la contraria porque lo contrario de un error no es un acierto sino que tiene que ser una respuesta equilibrada.
Lo cierto es que nosotros no pensamos que haya que tomar como malos a todos los impulsos que tiene el hombre o pensar que todas las emociones que brotan en nosotros son malas, no pensamos tal cosa, pensamos que hay que discernir; de hecho, hay muchos deseos que brotan espontáneos de nuestro corazón que pueden estar sembrados por Dios.
Dios también nos habla a través de los deseos. Dios siembra deseos en el corazón del hombre; el salmo 37 versículo 4 dice: Ten tus delicias en el Señor y Él te dará lo que desea tu corazón. Para que eso acontezca es necesario que tú pongas a Dios en el centro de tu corazón; entonces Dios ordena tu amor y cumple tus deseos.
Es muy importante ver cuál es nuestra relación con los deseos
Creo que, fundamentalmente, hay tres actitudes ante el deseo:
La primera actitud es la tendencia del adicto que se entrega a los deseos; los deseos son órdenes, eso que veo, eso que quiero; cualquier deseo se convierte en ley, uno se rinde a sus
deseos sean los que sean. Las pasiones y los deseos mandan en la vida; en uno manda su apetencia: hago lo que me apetece, hago lo que quiero. No, haces lo que te apetece, que no es
exactamente lo mismo. que lo que quieres. Algunos dicen que son libres porque hacen lo que quieren hacer; sí, pero lo que les apetece es otra cosa.
El adicto confunde lo que quiere con lo que le apetece; se convierte en esclavo de sus deseos, llega a estar totalmente entregado. El adicto no se ha enterado de que Dios ha puesto
nuestros deseos, no para que sean el fin de nuestra vida sino para que apunten a algo trascendente. Hay un prover bio chino que dice: Cuando el brazo apunta al cielo, el necio se queda
mirando el brazo.
Eso es lo que le pasa al adicto. El adicto no se pregunta: ¿hacia dónde apunta este deseo que tengo? ¿qué significa? ¿Cómo lo puedo satisfacer? El adicto no piensa, no se hace preguntas. Lo que hace es satisfacer su deseo inmediatamente tomando una pastilla y, alrepetirlo, genera la adicción. La pastilla ¿le dio satisfacción? Sí, le dio una satisfacción pasajera; como se dice vulgarmente, la pastilla es pan para hoy y hambre para mañana. Inmediatamente le genera más deseo, más hambre, más insatisfacción y vuelve de nuevo a empezar.
Ese es el gran drama del adicto que confunde deseo con apetencia y los deseos no son lo mismo que las apetencias; no es lo mismo querer que apetecer. Ese es el gran el gran drama que tiene el adicto. Me vais a permitir que comparta una anécdota que viví con un grupo de jóvenes a este respecto.
¿Cómo distinguir querer y apetecer? Estaba con un grupo de jóvenes y queriendo iluminar esto les pregunté ¿quién me dice la diferencia que hay entre quiero y me apetece?
Nadie se atrevía a responder. Uno de ellos intentó hacerlo; pero, había una imposibilidad de distinguirlo. Queriendo ayudarles, pregunté a uno de ellos ¿tu padre esta mañana a qué hora se
ha levantado para ir a la fábrica. Dijo: muy temprano, a las 5. ¿Y tú crees que le apetecía? No, me contestó. ¿Y tú crees que quería? Me dijo: No, tampoco. Le dije: Pero hombre, claro que quería; apetecer no le apetecía porque no le apetecía madrugar tanto; pero sí quería. Me llamó mucho la atención. Yo pensaba que les había puesto un ejemplo que facilitaba la distinción entre quiero y me apetece; pero me llamó profundamente la atención la dificultad de distinguir ambas cosas.
El adicto no las distingue, sino que confunde su voluntad con su apetencia y entonces fácilmente se convierte en adicto.
 
La segunda actitud es la tendencia del estoico. El estoico no es muy frecuente en la cultura de nuestros tiem os, pero existe. El estoico es aquel que vive temiendo y rechazando sus deseos, intenta incluso negarlos, porque tiene vergüenza de ellos.sus deseos.
Hoy en día también hay un tipo de antropología muy condicionada por el budismo que tiende a negar los deseos, que también puede estar dentro de estas actitudes; pero, cuando uno niega sus deseos, y lo cierto es que existen, corre el gran riesgo de que estos deseos reprimidos vuelvan a la carga y la negación represiva suele, muchas veces, estar seguida de un desahogo secreto de esos deseos que tú has negado y que luego se sienten frustrados y se vengan en nosotros y vemos que se hacen presentes como un tubo de escape que no eres capaz de controlar.
Esta tendencia de tipo estoico de negar nuestros deseos es no vivir en verdad y no partir de la realidad del corazón humano.
La tercera actitud es la de la antropología cristiana que ASUME la existencia de los deseos, que incluso pueden estar siendo suscitados por Dios; pero, al mismo tiempo, sabe que esos deseos se han mezclado con unas pasiones que han sido heridas por nuestro pecado y tienen que ser discernidos. La actitud propia del cristiano que descubre a Dios detrás de cada deseo y sabe que los deseos pueden llegar a ser la puerta para llegar a Dios pero, como he dicho, si sabemos educarlos y purificarlos. En resumen, Dios no es enemigo de nuestros deseos sino que quiere satisfacerlos hasta un punto igual o superior al que nosotros pensábamos. Dios quiere saciar las aspiraciones más profundas que anidan en el corazón del hombre pero para eso hace falta identificar, discernir, purificar y educar.
Vuelvo al título de esta reflexión Aprender a amar, la madurez en el amor. Quizás, el gran error para hacer este proceso de aprender a amar es pensar que el amor está ligado a lo emotivo,
que el amor está ligado al corazón, sin conexión con la razón.Eso es un error el amor está tan ligado a la razón como al corazón.
Pongo un ejemplo concreto: Imaginémonos que un diabético al que le atrae fuertemente lo dulce, porque lo dulce puede llegar a ser muy apetecible, pero sabe por la razón que no le conviene, que le puede producir una subida de azúcar en la sangre, que hasta puede ser mortal para su vida. Entonces su discernimiento le dice que tiene que dejarse iluminar por la razón.
Que este ejemplo sirva para entender que en esta vida puede haber muchas cosas que nos atraigan, que incluso sean buenas, pero que tiene que haber un discernimiento en base a una jerarquía de valores que se hace no solo con el corazón sino también con la cabeza, porque la madurez en el amor es amar tanto con la cabeza como con el corazón para no hacer daño a uno mismo ni a los demás.
Vais a permitir que ponga un ejemplo concreto: Cuando se piensa que el enamoramiento es una chispa que brota del corazón y ante la cual no se puede poner ningún freno. Imaginemos que a un hombre casado le salta la chispa y se enamora de una mujer que no es la suya.
¿Qué interpretación tiene que hacer? La interpretación de decir: yo me dejo llevar por mi espontaneidad, no puedo negarme a mí mismo el sentimiento de estar enamoramiento de esa mujer. Ser sincero con uno mismo es dejar que la espontaneidad brote y se desarrolle.
No es esa la lectura que tiene que hacer; al contrario, tiene que pensar: Esto que siento no es razonable porque yo tengo un compromiso de amor con mi esposa, sé que mi proyecto de
amor está funcinando; por lo tanto yo no puedo dar a este impulso de emotividad carta de ciudadanía, carta de veracidad, porq e en esta emoción de enamoramiento que siento no hay
conjugación posible con el sentido de mi vida, con el sentido de mi vocación.
Esta reflexión no es represora, en el sentido negativo de la palabra, sino que es un discernimiento propio de quien busca la luz para salir de un engaño, porque hoy en día se confunde con facilidad la tendencia del corazón con la tentación que estoy sintiendo; no es una tendencia, es una tentación. No confundamos la tendencia con la tentación. Fijémonos hasta qué punto la educación en el amor es clave para ver cómo uno responde ante la posibilidad de un enamoramiento.
Lo mismo le puede pasar a un sacerdote que sienta un sentimiento determinado que sabe que no es compatible con su compromiso de celibato y deba tener también un criterio racional de cómo lo aborda.
Educar nuestro corazón requiere tener una jerarquía de valores y estar dispuestos a sacrificar las cosas pequeñas por las cosas más valiosas, requiere tener dominio de nosotros mismos sobre nuestras apetencias, un dominio que nos permita ser perseverantes; siuno no tiene la voluntad educada en la perseverancia va atener problemas porque obviamente la
perseverancia es necesaria en esta vida para todo, si no hay perseverancia difícilmente se puede llegar a la fidelidad.
Todos estos conceptos que estoy utilizando forman parte de esa educación en el amor para poder llegar al amor maduro; sí, aprender a amar es necesario. Vamos a ver la forma más
concreta de este proceso de purificación y maduración en el amor. Se suele distinguir amor de benevolencia o amor de ágape con el amor de concupiscencia o amor erótico.
El amor de concupiscencia es aquel amor que de alguna manera ama pero buscándose a sí mismo, me gustas porque obtengo un beneficio de ti y ese amor de concupiscencia o amor de
erótico existe en nosotros y no nos tenemos que avergonzar, porque forma parte de nuestra antropología. Pero existe otro amor, el amor de benevolencia, que dice te quiero tanto que procuraré lo mejor para ti, pensaré en tu bien. El amor de benevolencia es no pensar en mi satisfacción sino pensar en tu bien.
El amor de agapé, . El amor de agapé es el amor con el que Dios nos ama, Dios nos ama en el olvido de sí mismo y Dios nos ama, no desde nuestro merecimiento, sino desde su amor gratuito y a fondo prdido. Dios no ama al hombre en base a su merecimiento sino Dios ama desde el don infinito de su amor y misericordia.
Teniendo en cuenta estos diferentes conceptos de amor ocurre que cuando alguien comienza un proceso de maduración en el amor es muy posible que tenga que ir pasando del amor de concupiscencia al amor de benevolencia, porque intenta puede tener un primer amor que no respeta al otro, que pretende que el otro esté hecho a mi imagen y semejanza, que se adapte a mis gustos, se adapte a mis planes; o sea uno tiende a utilizar a la otra persona para hacerla a su imagen y semejanza. Ese es un amor de concupiscencia que tiene que ser purificado por un
amor de benevolencia que sea capaz de pensar en el otro, de ponerse en lugar del otro.
Trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti; eso es el amor de benevolencia que purifica al amor de concupiscencia. El amor de concupiscencia, en sí mismo, no es pecaminoso. Es como un impulso, una pasión que da fuerza al amor; pero es como un caballo que tira del carro; pero, como no sea llevado adecuadamente con las bridas, lo que puede hacer es
descarrilarnos. El amor de concupiscencia, esa tendencia impulsiva erótica tiene que ser educada desde el amor de benevolencia y, obviamente, el amor de benevolencia se consuma desde el amor de Dios, desde el amor de ágape en el que Jesucristo nos muestra cómo Él puede amar al hombre pecador.
Cristo nos amó, no esperó a que nosotros fuésemos santos, sino que a pesar de nuestro pecado nos amó incondicionalmente con el amor más grande, el más maduro; ese es el amor revelado por Jesucristo. Vamos a llegar a una última consecuencia: Resulta que el amor por antonomasia es el revelado por Jesucristo porque Dios es amor, no olvidemos esto, Dios es amor.Y ¿dónde está la revelación de ese amor en Jesucristo? El Padre es el amante, el Hijo es el amado y el Espíritu Santo es el es el amor.
Dios es amor y nosotros estamos hechos a su imagen y semejanza luego tenemos que permitir que el amor de Dios, ese amor de de ágape, esté impregnando el amor de benevolencia el cual a su vez impregne y purifique el amor de concupiscencia . Eso es educarse el amor humano.
¿Cómo hacer esto? Creo que no hay otra fórmula que aprender de Jesucristo. El evangelio es una gran escuela de amor, en el evangelio nos convertimos en alumnos; como si cada vez que
uno abre el evangelio se estuviese matriculando en el curso de amor divino de Jesucristo, y entonces aprendo el amor humano.
El Amor divino es la escuela del amor humano y a su vez el amor humano de Cristo es la escuela del Amor divino, porque en Cristo hay amor divino y amor humano, que están integrados
en la persona divina deJesucristo. Sí, Él es una persona divina; pero aprendió también a amar con un corazón humano, que tenía sentimientos humanos y tenía también esas dimensiones emotivas.
El corazón de Jesús tenía afectividad, Jesús también tenía sus dimensiones pasionales, Jesús tuvo pasiones humanas, claro que las tuvo, Jesús tuvo esa dimensión de concupiscencia, esa dimensión de benevolencia; pero Jesús integró plenamente todas esas dimensiones en un amor maduro.
Esa es nuestra escuela, por eso recurrimos a Jesucristo y le decimos: Enséñame a amar, igual que los discípulos le dijeron enséñanos a orar porque no sabemos orar; creo que hoy en día
tenemos más necesidad que nunca de ponernos delante de Jesucristo y decirle: enséñanos a amar, el hombre está sufriendo porque no sabe amar, porque confunde amar con mendigar afectividad. ¡Cuánto sufrimos por no saber amar! Acudamos a Jesucristo y pidámosle con toda la humildad que nuestro corazón lata al unísono con el corazón de Jesús, y el Señor te dirá: ven yo estoy contigo, yo camino junto a ti, ven y latiremos al unísono, para que seamos un solo corazón y una sola alma.
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