Son tres periodos de la vida por los que pasamos los seres humanos, antes de adentrarnos en la edad adulta.
1.- Infancia
Aproximadamente, la podemos enmarcar desde los tres a los once años. Es la época feliz en la que niños y niñas suelen estar encantados con sus padres, a los que adoran y acompañan. Nadie es mejor, ni más sabio que su padre y su madre. Los padres deben aprovechar esta ocasión, casi siempre idílica, para crear y profundizar en un 46diálogo sincero y cariñoso. Sus consejos y, sobre todo, sus ejemplos serán los verdaderos pilares sobre los que se sustentará la personalidad de sus hijos.
2.- Pubertad y adolescencia
Se llama pubertad a los primeros años antes de la adolescencia, aunque es relativo tanto el comienzo como el final de una y otra, muy variables de unos sujetos a otros, incluso, por razón del clima y del medio ambiente. Pubertad fisiológica: El chico se prepara para ser padre y experimenta toda una serie de transformaciones corporales: fuerte crecimiento, mayor apetito, aparición de los caracteres sexuales secundarios (cambio de voz, vello pubiano y axilar), desarrollo y primera actividad de los genitales, con la aparición de espermatozoides en el líquido seminal. La chica pasa por un proceso parecido porque se prepara para ser madre. Redondeo de las formas corporales, ensanche de las caderas, aparición de los senos y del vello pubiano y axilar y, sobre todo, de la primera regla, que supone el desprendimiento del óvulo.
Pubertad mental: Se origina por el empuje desencadenado por la pubertad fisiológica, que lleva a una toma de conciencia de sí mismo. Esta toma de conciencia es una verdadera revolución interior que perdurará durante toda la adolescencia y solo acabará cuando el adolescente se inserte en la sociedad adulta.
Fase anárquica: La pubertad mental manifiesta una fase anárquica caracterizada por la rebelión, la ofensiva general contra el medio y la autoridad en general. El joven, chico o chica, para afirmarse en sí mimo, necesita romper con las trabas de su infancia, con sus valores, sus ideas recibidas; se manifiesta agresivo, disconforme, ruidoso y rovocador. Nadie le comprende y él tampoco comprende a nadie.
Fase reflexiva: El joven o la joven trata de volver sobre sí mismo, descubrir su yo, su propia individualidad. De este periodo de organización interior debe salir un ser consciente y maduro para asumir la responsabilidad propia del adulto. Razonar es una necesidad vital para el púber y más todavía para el adolescente. En su ejercicio experimenta gran alegría, por eso suele defender sus puntos de vista con gran tozudez. Razonar lleva a criticar. La crítica es inherente a la adolescencia, y tiene sus razones: Ya no está en la edad de la credulidad. Pasó la infancia y ahora rechaza lo que a ella perteneció. Antes creía, ahora juzga, opina y discute. Discordancia entre la madurez fisiológica y la madurez mental Se conoce a esta discordancia con el nombre de “fenómeno de aceleración”. En las sociedades técnicas, sobre todo en las grandes ciudades, el desarrollo físico, sexual e intelectual de los jóvenes es más precoz que antes. Pero, el psiquismo no sigue el mismo ritmo acelerado, sino que, al contrario, en muchos adolescentes acusa un fuerte retraso, produciéndose una inmadurez afectiva y un infantilismo más marcados. Esta discordancia crea un desequilibrio peligroso que puede ser fuente de conflictos y, en los casos extremos, de conductas antisociales.
La pubertad social. La afirmación y expansión del yo adolescente hace crujir por todas partes las costuras del vestido infantil, se acusa el individualismo y la influencia del medio ambiente, del grupo de amigos, de la cultura y del hábitat en que se mueve. La importancia de estos factores sociales hace que rápidamente sean sobrepasados los estudios sobre la adolescencia. La evolución de los adolescentes está ligada a la de la sociedad en que viven. El comportamiento del adolescente, la manera en que afrontará y resolverá sus problemas depende de su carácter, de su pasado psicológico, de su ubicación en su medio cultural y de la actitud de la sociedad hacia él mismo. La sociedad suele considerar a la adolescencia como una fase de transición, lo que no deja de ser un contrasentido si consideramos la adolescencia en toda su longitud, lo transitorio no puede prolongarse durante tanto tiempo. Mejor sería considerarla como una fase más en el devenir del ser humano, con sus características y particularidades propias. En todos los contextos sociales, la adolescencia es y será siempre un periodo de crisis y de desequilibrio, debido a los cambios fisiológicos y a sus repercusiones psicológicas. Un periodo en el que los jóvenes adquieren la obligación de encarar su propio destino y de realizar su inserción en la sociedad. La diferencia de un adolescente a otro estará en la amplitud de la crisis, en las formas que revista y en la solución adoptada por cada sujeto.
El adolescente es el juez más implacable de sus padres.
El adolescente busca apasionadamente la verdad o su verdad. Ha descubierto que la verdad no depende de la autoridad de los padres o de los profesores sino de criterios intrínsecos a la misma. No admite imposiciones basadas en la autoridad o en el tono de voz del que manda, quiere argumentos. El adolescente tiene necesidad de afirmarse en sí mismo, de adquirir conciencia de su propia valía. No podemos olvidar que la tarea más importante de todo adolescente es descubrir quién es realmente, adquirir su propia personalidad y su propia escala de valores, que puede o no coincidir con la de sus padres.
El proceso de identificación del adolescente La personalidad se constituye mediante una serie de identificaciones. La identificación es un proceso psicológico mediante el cual un sujeto asimila un aspecto, una propiedad o una cualidad de otro y se transforma, total o parcialmente en virtud del modelo. La identificación de los niños es inconsciente, sin darse cuenta de ello, adquieren formas de ser de las personas que les sirven de modelo. La identificación de los adolescentes tiene su parte inconsciente, pero es, sobre todo, consciente, ya que la buscan y desean abiertamente. Nada hay que busque con tanta pasión un adolescente como parecerse a sus ídolos. Esto se pone de manifiesto en la copia de la forma de vestirse y de actuar en el grupo de amigos. Por eso, no debe extrañar que, a veces, rechace los modelos de los padres y busque otros distintos, más acordes con su ambiente, el cantante o el actor de moda, el amigo mayor que le comprende, el profesor que le gusta, etc.
Consecuencias prácticas Los padres y educadores podamos ayudar a los adolescentes:
1ª Una gran dosis de paciencia, sólo así comprenderemos sus crisis de desarrollo, su anarquía y su rebelión. También ellos lo están pasando mal, creen estar muy seguros de todo, pero, en realidad, están desorientados.
3ª Presentémosles modelos óptimos de identificación, y sobre todo, seamos nosotros sus mejores modelos de referencia; guiemos, aconsejemos y procuremos ser modelos que cautiven y provoquen la imitación.
4ª No olvidemos que el verdadero artífice de su personalidad es el propio adolescente. Él será lo que quiera ser. La misión de los padres y educadores es sembrar la buena semilla. El crecimiento y los frutos llegarán a su tiempo, eso es obra del propio adolescente.
Mi hijo está a las puertas de la adolescencia: A los padres el tiempo se nos pasa en in santiamén. Con tantos años a mis espaldas, recuerdo, como si fuera ayer, la niñez e infancia de mis hijos, sus juegos y su alegría al recibirme cuando llegaba a casa tras mi jornada de trabajo. Mis hijos se hicieron mayores, emprendieron su camino en la vida, se casaron y me han dado unos nietos adorables. Tal vez, a ti te suceda algo parecido. Tal vez, estés viviendo la etapa en que tus hijos dejan de ser niños y empiezan a abrirse a la vida. Tal vez, te suceda lo mismo que a mí: Ya tus hijos prefieren pasar más tiempo con sus amigos y menos contigo, los fines de semana no quieren ir a la montaña contigo, ya no te cuentan todas las cosas, tienen cambios bruscos de humor y tienen dificultad para aceptar las normas de convivencia. No te asustes, no pasa nada fuera de lo normal.
¡¡Tus hijos han llegado a la adolescencia!!
Quiero bosquejar en este artículo lo que opino que es más importante para las relaciones de los padres con su hija o hijo adolescente. Tu hija/o ha cumplido 13 años. Ha dejado atrás la infancia y la niñez, está en plena pubertad, primera etapa de la adolescencia, y es lo más natural que experimente, no sólo los cambios físicos, sino también los psíquicos y que, unos y otros, la lleven a varios cambios de conducta. Todo esto es de sobra conocido, por lo que no voy a abundar en ello. Lo que sí creo importante es indicar a los padres de adolescentes lo que favorecerá la relación con su hija/o o la perjudicará.
Diez cosas positivas que favorecen la relación:
1.- Las muestras de cariño. El adolescente, con frecuencia, rechaza las muestras de cariño; a pesar de todo, debes dárselas porque necesita saber que cuenta con tu amor. Todos necesitamos oír “te quiero”, también tu hija/o adolescente. Díselo todos los días, aunque ella/él no lo haga.
2.- Abre tu corazón. Tu hija/o no es una prolongación tuya. Es una persona distinta, con sus cualidades y defectos, a la que debes aceptar incondicionalmente. Es importante que “perciba” tu aceptación, pues le será de gran ayuda en esta etapa de su vida en la que debe fraguar su propia personalidad. Es muy importante que ella “perciba” que valoras sus esfuerzos para hacer las cosas bien. “Estoy muy contento/a contigo” o “lo has hecho muy bien” son el mejor premio por su buena conducta.
3.- Abre más tus oídos. Quiero decir que debes escucharle, interesarte por sus cosas, sus gustos, aficiones e intereses; en una palabra, olvidarte un poco de ti y centrarte más en ella/él. “Abre tu corazón, abre tus oídos, cierra un poco tu boca”
No se trata sólo de exigir. Tus hijos ya no son los niños a la que imponías tu criterio, tus hijos adolescentes están empezando a tener su opinión que, respetable o no, merece ser escuchada y discutida. Debes estar siempre dispuesta a negociar y asumir los compromisos. El diálogo sincero y cariñoso acerca las posturas y termina en acuerdos muy útiles.
4.-Reconoce tus propios errores. Nadie es perfecto, tampoco tú. Los errores no son un fracaso sino una equivocación que nos enseña lo que debemos evitar. El reconocimiento de tus errores da seguridad y tranquilidad a tus hijos ante sus propias equivocaciones; aprenden que no solo ellos se equivocan y en el futuro sabrán tomar la decisión correcta.
5.- Abre horizontes. Ayúdalos a explotar sus talentos. Abreles a nuevas experiencias en la ciencia, la lectura, el arte o el deporte. Hay muchos mundos por descubrir y tú debes guiarlos. Fomenta que tu hijos aprendan a tomar sus propias decisiones y a cumplir los compromisos aceptados.
6.- No pidas nada sin explicar por qué. Cuando pidas una cosa, debes dar la razón que te mueve. Ya no basta decir: “Porque soy tu padre” o “porque me debes obedecer”; decir el motivo de tu exigencia es lo más razonable y, además, acercará las posturas.
7.- Sé su ejemplo, pero no exijas que te copie. Tus hijos deben tener siempre una referencia en su forma de comportarse, pero esa referencia básica deberán adaptarla a su forma de pensar y a su propia personalidad. Me explico: Tú eres tú y tus hijos son tus hijos; personas distintas, con valores comunes.
8.- Comparte con ellos cómo vuestra familia enfoca la vida. Tu familia tiene unas convicciones, unos valores, unas tradiciones, unas raíces. Cada familia las tiene diferentes. Explícale bien las vuestras: “Tu mejor regalo y herencia”
Los hijos sólo valorarán y harán suyas estas raíces familiares si las “maman” de sus progenitores. Será tu mejor regalo y herencia.
9.- Sé paciente. La paciencia es una virtud muy útil a los padres y madres de adolescentes. Que no te traicionen los nervios, trata de unir amor y paciencia. Tus hijos necesitan una autoridad que los guíe, con paciencia y prudencia. No interpretes todo lo que hagan como algo personal, hecho para “fastidiarte”. Nada más lejos de la realidad. Lo que sucede es que en su proceso de maduración entran una cierta dosis de rebeldía, de autoafirmación y, por consiguiente, de cuestionamiento de tu autoridad. El tiempo te dará la recompensa, la adolescencia terminará y tendrás unos hijos razonables, afectuosos y preparados para afrontar la ruta de la vida.
10.- Procura que tus normas sean claras y concretas. No vale decir “pórtate bien”; eso esmuy general, desciende a lo concreto, a cómo se hace tal o cual cosa.
Diez cosas negativas que dificultan la relación
1.- Seguir tratándolos como niños. Reconoce, en tu forma de proceder, que tus hijos ya no sos niños. En esta etapa de la adolescencia tus hijos se está haciendo mujer u hombre, no sólo en su ser físico sino también en el psíquico. Exígeles una responsabilidad adecuada a su edad y madurez, pero empieza tú por no tratarlos como a los niños que fueron y ya no son.
2.- No darles muestras de confianza. Si durante la infancia habéis tenido complicidad, no hay motivo para que desaparezca por el solo hecho de que hayan llegado a la adolescencia. Háblales de las cosas que les pueden interesar y también de las que a ti te interesan. Interésate por sus cosas (amistades, diversiones, aficiones, etc), procura conocerlas para prevenir los posibles peligros: maltrato escolar, alcohol, drogas, relaciones sexuales, captación por sectas, etc. Escúchalos, dales voz, sopesa sus razones y argumentos y después…. sólo después, decide.
3.-Solucionarles todos sus problemas. Todo adolescente para madurar necesita cierto grado de responsabilidad. Déjales que busquen la solución de sus dificultades, aunque cometan algún error, también aprenderán de los errores. Limítate a darles el mejor consejo posible.
4.- Ignorar los comportamientos inconvenientes. Es este un gran defecto en la educación. ¡Ojalá que no se den en tu caso! Pero, si observas algún problema serio en su comportamiento, encara el asunto cuanto antes, no dejes pasar el tiempo porque solo no se va a resolver. Eso sí, hazlo con delicadeza, confianza y paciencia.
5.- Decir NO y después ceder. Jamás olvides que, en tu calidad de padre o madre, tienes el derecho y la obligación de buscar siempre lo mejor para tus hijos. No puedes esconder tu obligación bajo la capa de “dejar hacer”. No eres su amigo o amiga, eres su padre o su madre, el que toma las decisiones. La autoridad es necesaria y esencial en la educación. Los padres, con harta frecuencia, están obligados a implantar unas normas y, en consecuencia, a decir NO ante algunas pretensiones de su hijo o hija adolescente. Los límites a la libertad individual de los hijos no son para amargarles la vida sino para protegerlos y evitar males mayores.Antes de decir No a tu hijo/hija adolescente, piénsalo muy bien, porque no hay marcha atrás, sopesa el pro y el contra, si negar algo beneficia más a tu hija/o que concederlo; pero, una vez tomada la decisión, mantente en ella, hazla cumplir. Este No es innegociable. La regla de oro a respetar es la del NO. Los niños y adolescentes necesitan límites para crecer y madurar como persona.
6.- Ser autoritario. Es el extremo contrario a la permisividad. Es intentar que el adolescente haga lo que quiere el padre, anulándole su personalidad, sin diálogo previo, la obediencia por la obediencia, no para forjar una personalidad equilibrada y con capacidad de autodominio, sino para hacer una persona sumisa y sin iniciativas. El autoritarismo de los padres destruye la personalidad de los hijos, les retrae y no les deja crecer o lo que es peor, los hace rebeldes, desobedientes y tiranos con sus mismos padres.
7.- Querer ser más amigo que padre. Muchos padres se vanaglorian de ser amigos de sus hijos. Esto es un grave error porque confunden los roles de padre y amigo. Los padres son padres y deben ejercer de padres, es decir, buscar siempre lo que consideren mejor para sus hijos, aunque a veces tengan que decir NO y deben ejercer su autoridad con amor, confianza, mesura, paciencia y firmeza. El grupo de amigos es necesario y ejerce un papel muy importante en el desarrollo integral del adolescente. Formar parte de un grupo de amigos beneficia (también puede perjudicar) en muchos aspectos al adolescente; pero, en ningún caso el padre o la madre pueden considerarse uno más dentro del grupo. Están en niveles distintos.
8.- La falta de coherencia. Los hijos perciben la coherencia de sus padres, para bien o para mal. Para educar bien, los padres no pueden aconsejar una cosa a sus hijos y hacer ellos lo contrario. Tener coherencia es predicar con el ejemplo. Es imprescindible que el padre y la madre hayan llegado al acuerdo previo, si no quieren caer en la incoherencia de ir cada uno por diferente camino, en cuyo caso, ¿qué camino debe tomar el hijo/a? ¿El del padre o el de la madre?
9.- No escuchar. Muchos padres se quejan de que sus hijos adolescentes no los escuchan. La raíz del problema está en que esos padres no escuchan a sus hijos, les juzgan, les evalúan, les imponen lo que tienen que hacer, pero…. No los escuchan. Los adolescentes tienen mucho que decir y los padres mucho que escuchar. Cuando sólo hay monólogo por cualquiera de las partes se produce la rigidez y la inflexibilidad, el camino más directo a la incomunicación y a la ruptura de relaciones. ¿Puede haber algo más doloroso que una ruptura entre un padre y su hijo?
10.- No cumplir lo prometido. Si lo prometido era favorable al adolescente, el incumplimiento produce en él desengaño, frustración y desconfianza para el futuro. Si lo prometido no era favorable, no cumplirlo hará visible aquello de “perro ladrador, poco mordedor”, y la autoridad del padre quedará por el suelo. No prometas nada si no tienes intención de cumplirlo, y procura que tus promesas y amenazas sean realistas, posibles de cumplir.
Características psicológicas de la pubertad. Tanto las chicas como los chicos, desde el inicio de la pubertad o primera etapa de la adolescencia, experimentan toda una serie de cambios que solemos englobar en el término “crecimiento”. No solamente son cambios físicos, sino también psicológicos. A medida que van comprobando los cambios de su cuerpo, experimentan un gran cambio en su propia identidad y en sus relaciones con los demás, en especial con sus padres. El preadolescente inicia el proceso de dejar su identidad de niño para convertirse en adulto. ¡Empieza la crisis de identidad!
“El adolescente se siente desafiado por su destino, que ha hecho de él un ser extraño; ya no es un niño, tampoco un adulto. Su antiguo mundo se ha derrumbado y no está construido otro para sustituirlo. Descubre que los patrones infantiles que él hasta ahora aplicaba al mundo son insuficientes, porque los había sumido de sus padres, maestros, etc. Y se siente situado fuera de su personalidad y colocado ante la tarea de formarse una imagen del mundo nueva e independiente. Esto hace que, al tumbar lo viejo, se enfrente con cada uno de los fenómenos que se le van presentando para conocer con exactitud las fronteras de su propio ser y del mundo que le rodea. Está, como quien dice, situado frente a la nada, y ante tal aislamiento, le entran escalofríos. A esto se añade que se siente presionado en su interior por fuerzas hasta ahora desconocidas, experimentadas unas veces con nitidez y otras confusamente; fuerzas oscuras que presionan por salir y contra las cuales se yergue la conciencia moral.
A menudo, lo primero que hacen es despertar en él una angustia verdaderamente cruel, con lo que se refuerza el aislamiento. El adolescente cree que sólo él está apremiado por tales fuerzas, que lo colocan en una situación de necesidad; a causa de ellas se figura que es un dechado de maldad e indignidad y busca compensaciones para poder subsistir bajo un peso que le aplasta. Unos escogen la huida, negando su debilidad a base de fanfarronadas; otros, se refugian en la lectura, en el deporte, en el cine, en la comida o la bebida, o en una actividad que les haga olvidarse de sí mismos. Buscan algo que les aturda. Otros, la mayoría, aceptan la lucha: forcejean consigo y con el mundo, y buscan defenderse de su aislamiento con cualquier medio a su alcance”. (1)
Cambios psicológicos del preadolescente:
Relacionados con él mismo. Mayor actividad de la fantasía, con el peligro de confundir sus límites con la realidad. El sistema nervioso está bombardeado por una inmensa ola de estímulos de su propio cuerpo o del mundo circundante. La tensión nerviosa le causa fatiga mental. Los estados de ánimo pasan de la alegría exultante al pesimismo, sin nada que lo justifique; tiene periodos de perplejidad, de no saber qué le pasa, en medio de sentimientos y estados de ánimo encontrados, lo que puede dar lugar a reacciones imprevisibles. Sienten la necesidad de dominar el mundo exterior para autoafirmarse y salir de su aislamiento. Los adolescentes disfrutan con los ruidos fuertes, por eso gritan como si todos fueran sordos. Aparece la función lógica, la deducción, una mayor atención y concentración. En caso de trastorno, la distracción puede llegar a ser alarmante. Hacia los 15 años se produce una fuerte intelectualización a costa de la afectividad externa. El entendimiento es como un dique contra las embestidas de los sentimientos. Se intensifican la reflexión y la autocrítica, frenándose la manifestación espontánea de los impulsos, mediante la represión.
En relación con sus padres. En cuanto a sus padres éstos dejan de ser los súper héroes para pasar a ser los controladores, aquellos que no entienden nada y con los que la relación comienza a ser más distante y conflictiva. Frecuentemente se ven padres que se quejan del gran egoísmo de sus hijos y de la frialdad de sus relaciones afectivas para con la familia. A los padres acostumbrados a una uniformidad de conducta durante la infancia de Sus hijos, les resulta difícil enfrentarse a los continuos cambios de actitud, que les llevan, en la mayoría de los casos, a un abierto enfrentamiento con ellos.
En relación con los amigos: Éstos empiezan a ocupar un nuevo rol. Es el tiempo de la pandilla en donde el preadolescente sale de la familia y empieza a relacionarse fuertemente con sus iguales de fuera. Dada la lejanía que sienten de sus padres, los preadolescentes necesitan amigos (que encuentran en la pandilla), necesitan modelos para copiar y configurar su identidad personal. Estos modelos deberían ser los padres, en primer lugar, pero no siempre son aceptados como tales. Como refugio, tras rechazar a los padres, o junto a ellos, surge la idealización de personas adultas que les producen confianza, un maestro, un profesor deportivo…Esta relación puede llegar a ser determinante en la vida del preadolescente, para su bien o para su mal. Para todo, el preadolescente está en manos del adulto al que admira y ha entregado su confianza.
Malas compañías: En este tiempo acechan los peligros de las compañías peligrosas, que les pueden llevar a caer en adicciones, como el alcohol, el tabaco, las drogas, el sexo, etc. También esta etapa presenta cambios permanentes de humor y de apego, por lo cual pueden variar mucho sus estados de ánimo, sus gustos y preferencias tanto en relación a objetos como a personas. Las chicas tienen las pulsiones muy a flor de piel e intentan acercarse a los varones de cualquier forma, aunque se sienten superiores a ellos. En esta etapa suelen tener un tiempo de muchas diferencias con las madres, pero más adelante, si todo trascurre con normalidad, se convierten en grandes confidentes. Los chicos en esta época, se mantienen al margen del sexo opuesto, incluso sienten rechazo por las chicas, aunque éste no se alargará por mucho tiempo. Es característica de los varones en este periodo preadolescente una fijación en la etapa anal, en donde hay un valor agregado a los olores, a los ruidos, al lenguaje palabrotero, al poco cuidado con la higiene personal, etc. La pubertad de los hijos ¿ofrece alguna oportunidad a los padres? Los padres positivos y optimistas aprovechan toda las ocasiones propicias para la mejor educación de sus hijos. Saben que la pubertad es un período de grandes alteraciones en la personalidad de los hijos. Que su humor va desde la euforia a la depresión, de la rebeldía a la sumisión, del deseo de estar solo a caminar en pandilla gritando a todo pulmón.
En resumen: Que tiene la emotividad a flor de piel. Lo esencial es la disponibilidad de los padres: Que el hijo entienda que, pase lo que pase, ellos siempre le apoyarán. Que entienda que siempre estarán dispuestos al diálogo. Que ya no habrá monólogos del padre o de la madre. Ahora, ellos estarán dispuestos a escuchar. Que el hijo entienda que los padres van a ayudarle para que él se forme su propio criterio del mundo y de las cosas y que ellos respetarán ese criterio personal.
(1) Hans Zulliger, La pubertad de los muchachos, pg 82-83
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