Para el amor, la madre; para el dolor, la madre; para crear y cuidar la vida, la madre: para la ternura y el regazo, la madre; para enjugar las lágrimas, la madre; para curar heridas, la madre; para aguantar la cruz, la madre; para acompañar a un enfermo, la madre; para pacificar el alma, la madre; para cuidar a un niño, la madre; para esperar contra toda esperanza, la madre; para perdonar, la madre; para entregar la vida, la madre;para la lucha generosa, la madre; para proteger la vida, la madre; para recibir al que se alejó, la madre; para enseñar a rezar, la madre; para amar, los ojos, el corazón y las manos de la madre.
1.- ¿Cómo habríamos querido que fuese nuestra madre?
Todos tenemos entronizada en nuestro corazón la imagen de nuestra madre, porque es nuestra madre y porque hemos recibido infinidad de muestras de todas las cualidades que le adornan. En la niñez, la idea de la madre suele estar en consonancia con lo mucho que de ella se recibe. En la edad adulta, el concepto adquiere nuevos matices con los que se enriquece, pasando de ser la “benefactora sentimental” que sacia las necesidades de cuidados y de amor del bebé y del niño, sin los cuales no puede desarrollarse armónica y globalmente, a ser la madre que acompaña, consuela, anima, disculpa, perdona y otras muchas cosas fruto de su amor maternal. Es normal que todos la tengamos en un pedestal y la intentemos adornar con todas las cualidades y virtudes, incluso aquellas que seguramente no poseyó, pues todas quedan eclipsadas por su amor, entrega y generosidad.
Cuando comparo a mi madre biológica con mi madre espiritual, creo que me acerco más a lo que realmente fue Santa María, la Madre biológica de Jesús y espiritual de todos los hombres. Yo, hombre falible y lleno de deficiencias adorno a mi madre biológica con toda suerte de cualidades, virtudes y bondades; y lo mismo tienden a hacer todos los seres humanos. Nosotros no pudimos escoger a nuestra madre, tampoco podemos realmente adornarla con todas las virtudes y gracias; Jesús sí pudo hacerlo y lo hizo. Podemos decir que María compendia en sí misma lo que todos los hombres hubiésemos deseado para nuestra madre. Lo mejor de todas las madres, lo mejor de todos los deseos de los hijos, en María es una realidad porque su Hijo, Jesús, Dios omnipotente, así lo quiso y así la creó, “toda santa, toda llena de gracia”.
¿Qué recuerdo de ella conservamos? De entre todos los demás familiares, es de la madre de la que conservamos el recuerdo más vivo, más actual, parece como si por él no pasasen los años. Sin duda, esto se debe a los profundos lazos que se crearon entre ambos a lo largo de los primeros años de la infancia. La madre para los adultos es siempre un ser real que se ha dado a sí misma, entregado y consumido toda entera por el amor de sus hijos. Esas huellas son imborrables.
2.- El rol de madre
El amor materno: El papel principal de toda madre en relación con su hijo es aportarle el elemento básico del amor. El amor de madre no es un amor aprendido, sino que es una amor instintivo e intuitivo, espontáneo y natural. El amor materno satisface tanto a la madre como al hijo y de su calidad va a depender la estabilidad psíquica del hijo cuando sea adulto. El amor materno es desinteresado, dirigido al hijo y por el hijo, al que se da lo mejor, aun a costa de grandes sacrificios, muchas veces, sufridos en silencio y en secreto; el amor materno no espera nada a cambio, es un amor sano y sincero.
Durante el embarazo: Los estrechos vínculos madre-hijo comienzan en el útero materno, y no sólo por la dependencia física, sino también porque los estados emocionales de la madre tienen cierta repercusión en el feto. Está demostrado que los estados de ansiedad, cólera, miedo, etc. provocan la liberación de determinadas sustancias químicas en la corriente sanguínea y la secreción de diferentes hormonas que se trasmiten al feto a través de la placenta, produciendo cambios en su sistema circulatorio que muestran un mayor grado de ansiedad. Por esto se insiste tanto en la necesidad del estado emocional tranquilo de la mujer embarazada.
Periodo de lactancia: El hijo carece de autonomía respecto a la madre; sólo ella es capaz de satisfacer las necesidades del bebé, que se concretan en amor, alimento y cuidados. Al niño le conviene el contacto físico con su madre para aumentar en ambos los lazos que les unen; incluso si tiene que alimentarle con biberón, es recomendable que sea la madre quien se lo dé; sin que suponga un problema cuando la madre trabaje fuera del hogar, bastará con encontrar otras formas de relación que sustituyan, al menos en parte, a la presencia física. El amor maternal es un intercambio entre la madre y el hijo, intercambio animado por la afectividad de la madre que está condicionada por la evolución afectiva infantil. Hay madres que fueron hijas inmaduras, otras que se muestran sobradas como madres e insuficientes como esposas. Las escrupulosas, las ansiosas, las abrumadoras, en general, son víctimas de conflictos con sus propias madres, lo mismo que las posesivas, las agresivas o las viriles.
Etapa del proceso de identificación personal: En esta etapa el niño se siente profundamente identificado con su madre. Si el desarrollo evolutivo es correcto, adquirirá conciencia de su sexo y asumirá el rol de varón. La niña intentará rivalizar con su madre, al principio, para posteriormente identificarse con ella y tomarla como modelo, asumiendo su papel de mujer. Las desviaciones del papel de la madre obstaculizan el desarrollo armónico del hijo o de la hija y pueden ocasionar consecuencias graves de cara a la estabilidad psíquica del futuro adulto. La madre cumple correctamente su cometido cuando, gratuitamente, ofrece su afecto incondicional y, al mismo tiempo, impulsa al hijo o a la hija a lograr su propia autonomía, su conciencia de sí, hasta su integración en la comunidad de adultos con una personalidad independiente y segura.
La carencia afectiva: Se ha hablado mucho de la carencia afectiva en que viven algunos niños. Padres que no quieren a sus hijos, que les rechazan o se muestran total - mente indiferentes ante ellos. Se han estudiado y analizado las consecuencias de la carencia afectiva. Las necesidades afectivas del niño son muy importantes y su insatisfacción puede acarrear graves consecuencias. Todo el mundo puede comprobar el comportamiento del niño pequeño cuando es separado de su madre. Al principio, los llantos y gritos desgarradores dan fe de la angustia provocada por la separación. Cuando ésta es prolongada en el tiempo, se entra en una situación crítica a la que se debe poner remedio cuanto antes buscando un sustituto adecuado que proporcione al niño los cuidados maternales. Si la separación y la edad son cortos, el desarrollo del niño no sufrirá graves consecuencias ni retrasos. Sí estarán presentes si no se dispone de un sustituto adecuado de la madre. Con el tiempo, el niño se resignará, pero con el peligro de que aparezcan la apatía, la tristeza, la ansiedad y la negativa a comer, y con ellas, la interrupción del desarrollo físico y una regresión generalizada. La necesidad de amar y ser amado no es exclusiva de los niños; no es menos importante en los adultos. Cuando la vida afectiva no está satisfecha pueden aparecer episodios depresivos más o menos severos, porque el ser humano está hecho para amar y ser amado.
3.- Desviaciones del rol de madre
Por suerte, la carencia afectiva no es muy frecuente, pues casi todas las madres se desviven por sus retoños y les aman hasta el olvido de sí mismas. Hay otras desviaciones mucho más frecuentes y que se producen no por la falta, sino por el exceso o por el mal entendimiento del amor. El exceso de amor, muchas veces, puede causar trastornos serios al niño en las diversas etapas de su desarrollo. He aquí algunas de estas desviaciones:
La madre posesiva: Manifiesta un amor interesado; quiere a su hijo, sí; pero espera y exige una correspondencia que va más allá de lo normal. Espera que el niño se muestre eternamente agradecido y que muestre constantemente su agradecimiento. Es muy frecuente que estas madres pidan a sus hijos que hagan tal o cual cosa por ellas, por no disgustarlas, por el único motivo de no contrariar a mamá. Es un amor egoísta, la madre es el centro de la relación madre-hijo. El hijo debe ser el mejor de la clase, el más bueno del vecindario, etc, no por lo que esto tiene en sí mismo sino para saciar el orgullo personal de la madre. Esto crea problemas graves de rendimiento escolar, personalidad introvertida y hasta complejo de culpabilidad por no ser capaz de contentar a la madre. La madre posesiva suele ser una mujer insatisfecha de su vida conyugal y desilusionada de su marido. Se apoya de tal forma en su hijo que crea entre ambos un estado de interdependencia que, en el caso del varón, será desvirilizado y no se sentirá, ni siquiera en su edad adulta, capaz de romper los lazos que lo subyugan a su madre. La figura del padre está tan desvirtuada que será muy difícil al hijo identificarse con la figura del varón. El chico está tan prendado de su madre que no siente necesidad de relacionarse con otros niños, aparte de los normales del colegio. Si se trata de una hija corre el riesgo de permanecer afectivamente una niña para siempre. Alejada de la vida real, el sexo opuesto se le presenta como peligroso y desagradable. Es posible que aborrezca el matrimonio y sienta la obligación de permanecer siempre al lado de la madre, que tanto la necesita y ha hecho por ella. Si llega a casarse, será una esposa-hija, que recurre a su madre en todo y para todo. La madre seguirá ejerciendo su papel de posesiva y el conflicto conyugal no tardará en presentarse.
La madre-abuela: Es la mujer que quiere a su hijo en exclusividad, es decir, que centra su vida en el hijo de tal forma que se olvida de los demás aspectos de la misma, incluido el mismo matrimonio. Se despreocupa de su marido y se preocupa de los más mínimos detalles concernientes a su hijo, con un amor excesivo que suele resultar insoportable, sobre todo para el hijo adolescente. A estas mujeres les es imposible vivir con independencia respecto a sus hijos, viven por y para ellos, lo demás carece de valor. La sobreprotección, a veces, viene dada por las especiales circunstancias de su infancia, cuyas penalidades no quiere que se repitan en sus hijos.
La madre perfeccionista: Es la que nunca está contenta con lo que hace por sus hijos y cree que está fallando como madre. Es un problema de escrúpulos; todo tiene que ser perfecto, y como es imposible conseguirlo, sufre un complejo de culpabilidad.
La madre “sufrida”: Todos nos quejamos alguna vez de los trabajos, desvelos y preocupaciones inherentes a la paternidad o maternidad; eso no es malo ni raro. Todos nos quejamos de muchas cosas que constituyen nuestra vida normal. Lo que no es tan normal es la existencia de madres cuya profesión parece ser únicamente la de mártir. En vez de sentir el gozo de tener hijos y criarlos, se siente agobiada e incapaz de cumplir su rol de madre con éxito. El problema se agudiza en la adolescencia de los hijos, y más to davía si se trata de una hija, la cual carecerá de la persona más indicada en quien buscar orientación y consejo en una etapa tan delicada. La madre “sufrida” provoca en sus hijos un sentimiento de culpabilidad, que traerá ramificaciones en la adaptación y en la creación de la propia identidad.
4.- Otros tipos de desviaciones
Existen tipos de desviaciones maternales opuestas a las ya analizadas y que se basan en la agresión psicológica a los hijos por parte de las madres, las cuales suelen tener conflictos graves de carácter afectivo. Suelen prodigar gran cantidad de muestras artificiales de afecto para mantener las apariencias ante los demás y mitigar su complejo de culpabilidad.
Madres que odian: Hay mujeres que odian a sus hijos por ser fruto de la unión con un marido que odian también. No suelen desarrollar conductas agresivas, sino una total indiferencia hacia los hijos. Otras mujeres odian a sus hijos porque no desearon tenerlos. Se incluyen entre ellas algunas de las que fueron madres por una violación, pero la mayor cantidad son las madres que no desearon a sus hijos por puro egoísmo. Son las que ven en ellos un estorbo para su vida cómoda y de relaciones sociales. Con frecuencia reaccionan con agresividad ante sus hijos y tratan de desentenderse de ellos. Muchas de estas mujeres tienen alto poder adquisitivo y cultural, desean ejercer una profesión fuera del hogar y consideran al hijo responsible de su frustración.
Madres “frías”, que no sienten nada por sus hijos ni por sus maridos. Viven aisladas y distantes de los suyos. Es una actitud emparentada con la frigidez sexual; la mujer frígida como esposa suele ser “fría” como madre.Tratan de aparentar que la indiferencia es una actitud educativa inteligente. Así dirán: “Quiero que se acostumbre y se haga un hombre”, “tiene que arreglárselas solo para aprender”. El niño nunca encontrará en su madre una confidente o consejera a quien contar sus problemas o pedir ayuda en los deberes escolares. Si no recibe compensación por parte del padre, el niño se encerrará en sí mismo y se aislará. Con frecuencia la madre “fría” contrata a otra persona para que atienda a los hijos, procurando que no les falte nada en lo material. No se dan cuenta de que les falta lo más importante, la dosis diaria de afecto y cariño. Estas madres están “muy ocupadas”, tienen tiempo para muchas cosas, pero no para sus hijos.
Madres sin marido: No son pocos los niños que, por una causa u otra, se crían sin la presencia de su padre. Madres solteras, viudas, separadas o divorciadas.
La madre soltera ya no sufre el rechazo social de antaño, pero eso no quita que tenga que soportar, muchas veces, el rechazo familiar. La que es arropada por la familia está en mejor situación, no obstante, muchas deciden abortar y las que no, con frecuencia, abandonan sus estudios y trabajos y en su inexperiencia, dada su juventud, se encuentran con que tienen que hacer las veces de padre y de madre, en unas circunstancias adversas. Difícilmente pueden ofrecer una imagen positiva del padre de su hijo, que se desentendió y la abandonó, y éste carecerá del modelo masculino para una identificación correcta en el caso de ser un varón.
La madre viuda puede ofrecer una imagen de su marido, a veces, distorsionada por olvidar los defectos y ensalzar las virtudes. La madre viuda facilita a su hijo la identificación con la figura de su padre, aunque debe tener cuidado para no exagerar y dar lugar a un sentimiento de impotencia en el niño por no poder ser tan perfecto como era su padre.
La madre separada o divorciada: En las últimas décadas son muy abundantes. Sólo quiero recalcar las consecuencias nefastas que estas situaciones suelen tener para los hijos.
5.- La madrastra
Tiene un papel muy difícil. Conquistar el afecto de los hijastros no es nada fácil, sobre todo si son ya adolescentes. Sustituir a una madre querida e idealizada tras la muerte lleva aparejadas las comparaciones y las censuras. Las hijastras rivalizarán con ella para conservar el cariño del padre en exclusiva y la acusarán de usurpadora. Si la madrastra aporta también hijos, hay riesgo de mayores tensiones y rivalidades entre ambos grupos de hermanastros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario