Mi familia

viernes, 12 de junio de 2026

33.- DESVIACIONES DEL ROL DEL PADRE

 Es imposible encontrar a un padre ideal, que sirva de modelo de identificación absoluto para sus hijos. La imposibilidad del padre ideal no está reñida con la posibilidad de un buen padre.

Desviaciones del rol de padre
Un buen padre es, ante todo, un buen marido. El que, sin ningún aire de superioridad, es con su ejemplo y conducta, un espejo en el que se miran sus hijos, dotado de firmeza, autoridad y ternura, en dosis convenientemente distribuídas. Un buen padre es una persona equilibrada que ve, juzga y actúa, en consecuencia, y siempre con una gran dosis de afecto.
No es buen padre el que consiente todo, el que permite todo, el que todo lo juzga, el que por todo riñe y critica todo  implacablemente. El buen padre ve siempre lo positivo de sus hijos y trata de apoyarlo, y cuando ve algo negativo, presta su ayuda incondicional para superarlo.
El padre débil
El padre débil pretende desempeñar bien su papel ignorando los problemas cotidianos de sus hijos. En unos casos, el padre piensa que es el hijo quien debe resolver sus problemas y, por tanto, él no debe intervenir. En otros casos, muy frecuentes en los padres con tinte de “modernos”, porque a los hijos no se les debe llevar la contraria para no frustrarlos.
Ambas situaciones no son otra cosa que la afirmación de su incapacidad para solucionar las dificultades. Los hijos, desee pequeños, necesitan una autoridad cariñosa que les guíe y proteja. Esta autoridad es una obligación de ambos padres. Desertar de ella es traicionar su papel de padres y desamparar a sus hijos.
El padre amigo
Uno de los errores más frecuentes de los padres es creer que cumplen tanto mejor su papel cuanto más se ponen a la altura de sus hijos, como uno más de sus “amigos”.
No se debe aparentar lo que no se es. Ser padre va mucho más allá que la amistad de un compañero de estudios o de juego. Los amigos se escogen entre iguales en aficiones, ideales, ocupaciones.
El padre “amigo” confunde confianza con amistad. Un padre y un hijo se pueden tener una gran confianza, eso es siempre lo deseable, pero no por eso serán amigos; siguen siendo padre e hijo, separados no sólo por la edad, sino también por la distinta concepción del mundo y de la vida. El padre, en el mejor de los casos, siempre será visto como un adulto que aconseja y educa.
El padre debe ser un guía constante para sus hijos, participar de sus inquietudes, ofrecerles y aceptar su confianza, pero nunca participar en sus actividades como “un amigo más de la pandilla”, sino como padre.
Lo mismo vale para la madre en relación con las hijas.
El padre autoritario
El padre autoritario es el que abusa de su autoridad. Son frecuentes los casos en que los problemas o frustraciones del padre fuera del hogar familiar los pagan los hijos y la esposa.
Bástenos recordar los miles de casos de malos tratos que son denunciados todos los años y los miles que se desconocen. La crueldad física y mental tortura sádicamente a miles de niños y mujeres, llegando incluso a su muerte. Son los casos más extremos, pero, sin llegar a tanto, en muchas familias existen otros problemas de autoridad mal entendida.
El padre cansado e irritado que pretende solucionar todo a base de gritos, castigos y palizas, sin pararse antes a reflexionar.
El padre alcohólico o drogadicto que desemboca en una permanente agresividad y una actitud de censura hacia todo lo que hace o no hace su familia. Víctimas de su drogadicción, es un enfermo que necesita ayuda y, mientras tanto, impedir que cause daño a sus familiares.
El padre déspota con la esposa y cariñoso en extremo con sus hijos. Abundan entre los padres “amigos”, son hombres llenos de atenciones para con sus hijos, con los que se muestran hasta débiles, pero que a sus esposas las tratan como a esclavas sin importancia.
Ni que decir tiene, que desvaloran la imagen de la madre a los ojos de los hijos y obstaculizan una evolución afectiva normal de éstos, sobre todo cuando son pequeños.

El padrastro
Por lo general, el padrastro genera en la familia menos dificultades que la madrastra, a la que se le pueden presentar conflictos con las hijas del marido; sobre todo, las mayores la pueden ver como un intrusa y una rival que les quiere arrebatar el cariño de su padre. Los problemas para el padrastro suelen surgir con los hijos varones adolescentes de su cónyuge que, por considerarle un intruso, no le conceden ningún derecho sobre ellos.
Las dificultades pueden agravarse si al marido también aportó al matrimonio hijos de la misma edad. Con suma facilidad surgirán los roces entre ambos grupos.
El padrastro, dada esta situación, se encuentra en una posición muy delicada. El ejercicio constante del diálogo, unido a una buena actitud de la esposa, hará que, sin merma de autoridad, cumpla con su papel de forma adecuada. 
Cuando los hijos aportados por ambos al nuevo matrimonio son todavía pequeños las cosas son mucho más sencillas y con mayor facilidad se llena el cometido de la vida familiar.
El padre adoptivo
El motivo que impulsa a la adopción responde, por lo general, a una necesidad afectiva de uno o de los dos miembros del matrimonio. Aparte de aquellas en las que se adopta al hijo de un familiar fallecido, las adopciones de niños se suelen centrar en las efectuadas por matrimonios que no han podido tener hijos o que, teniendo hijos propios, adoptan otro para darle una familia y sacarle de una situación angustiosa en que se encuentra.
En ambos casos, la adopción responde a una necesidad de índole afectiva y, por tanto, al niño adoptado nunca le faltará el cariño y las atenciones que se prodigan en toda familia normal.
El peligro radica en que, por exceso de afectividad, le colmen de mimos y no ejerzan correctamente su autoridad y la necesaria corrección del hijo adoptivo.
El hijo adoptivo, como cualquier otro hijo, necesita mucho amor y una buena dosis de autoridad para que su desarrollo sea integral y se pueda lograr. La falta de cualquiera de estos dos ingredientes llevará al niño a algo muy diferente de lo que todo buen padre desea para su hijo.
Los problemas se pueden incrementar si obran bajo la influencia de lo que puedan pensar los vecinos y conocidos. Se sentirán encorsetados tanto ellos como las relaciones con su hijo.
Lo mejor que pueden hacer los padres adoptivos, una vez efectuada la adopción, es olvidarse de ella y tratar al hijo en todo como si fuese propio.
Cariño, todo; mimos, ninguno; autoridad, siempre, pero dialogante y afectuosa.
No es necesario que, mientras sea pequeño, le descubran el hecho de su adopción. Salvo que sea imprescindible hacerlo antes por correr el riesgo de que se entere por terceras personas, según la madurez del niño, debe aprovecharse para hacerlo la cercanía de la pubertad, a lo largo de una conversación distendida y cariñosa preparada con antelación. 
Lo que no deben hacer nunca los padres adoptivos es mentir a su hijo, perderían para siempre su confianza.

El padre sin esposa
La situación del padre que cuida de su hijo o hijos al margen de su madre es radicalmente distinta de la situación de la madre que cuida de sus hijos al margen de su padre.
El padre soltero, es extremadamente raro el caso de un padre soltero que, por abandono de la madre, se quede con el hijo. Lo ordinario suele ser lo contrario: es el padre el que abandona a la madre al enterarse del embarazo y ésta es quien, si lo acepta, cuida a su hijo.
Los padres viudos, además del dolor por la muerte de la esposa, están obligados a sobreponerse y cuidar a sus hijos. Cuando éstos son pequeños, es una carga muy difícil de llevar. En verdad, son dignos de admiración.
Los padres separados o divorciados, en el improbable caso de que consigan la custodia de sus hijos deben contrarrestar la presencia ocasional de la madre y los problemas ocasionados por la ruptura.
En todos los casos, los hijos que conviven con su padre quedan despojados de una parte importantísima para su desarrollo: el cariño presencial de su madre. Aunque los padres hagan milagros y se vuelquen en educarlos y cuidarlos, siempre carecerán de lo más importante.
Por otra parte, si son niños, carecerán del modelo femenino de identificación, con repercusión en su personalidad.

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