“El amor conyugal es la base del matrimonio”: No se puede concebir un matrimonio sin atracción física mutua. Es natural que, con el paso del tiempo, llegue el deterioro físico y el menor atractivo corporal, mas no por eso debe disminuir el amor de los esposos, que no se fundamenta en el atractivo físico solamente sino en el de toda la persona. En contrapartida, también es natural que, con el paso del tiempo, aumente y se profundice la amistad de los esposos, que aumenten y se perfeccionen sus valores espirituales y surjan etapas en las que, disminuida la pasión, haya más amistad, más cariño y más comprensión. Ninguna pareja puede resistir los envites del tiempo si no está cimentada en el amor conyugal.
1.El amor conyugal es el fundamento del matrimonio:
Cuando pregunto a las parejas de novios cuál es el valor fundamental del matrimonio, no todas contestan lo mismo. En efecto, el matrimonio tiene muchos valores: la mutua ayuda, el respeto, la comprensión, los intereses económicos, la atracción, etc. Pero hay un valor que engloba todos los demás y que, sin él, todos juntos son incapaces de proporcionar la felicidad que se pretende buscar. Por él vale la pena sacrificar, si fuese necesario, todas las otras cosas. Este valor fundamental es el amor conyugal, en el que hay que cimentar la vida matrimonial, en el que hay que inspirar toda la conducta de los esposos y cuya conservación y aumento debe ser el punto de mira constante y la meta a conseguir.
El amor conyugal “por ser un acto eminentemente humano, ya que va de persona a persona con el afecto de la voluntad, abarca el bien de toda la persona y, por tanto, enriquece y avalora con una dignidad especial las manifestaciones del cuerpo y del espíritu, ennobleciéndolas como elementos y señales específicas de la amistad conyugal. Un tal amor lleva a los esposos al don mutuo y libre de sí mismos, expresado por sentimientos y actos de ternura; impregna toda su vida y por su misma actividad crece y se perfecciona. Supera con mucho la inclinación puramente erótica que, por ser cultivada egoísticamente, se desvanece rápida y progresivamente”. (1)
El amor conyugal es tanto su valor que los esposos siempre deberían preguntarse, ante los muchos acontecimientos de la vida,¿esta conducta, esta decisión y esta forma de ser, mejora o empeora nuestro amor conyugal? Y obrar en consecuencia.
“Ante el amor conyugal, todos los demás valores son secundarios”
En la sociedad actual, este proceder es navegar contra corriente porque el amor conyugal no suele ser considerado el valor fundamental del matrimonio; muchos prefieren poner el fundamento de su unión en el dinero, la fama, el poder o el placer fácil e inmediato. No saben o no quieren distinguir lo accesorio de lo fundamental; de ahí que se produzcan tantas separaciones y divorcios entre los que fundaron su matrimonio sobre arenas movedizas y no sobre la roca de las convicciones. El valor de un matrimonio no está en la cantidad de bienes cumulados, sino en la calidad del amor de los esposos.
2. Amor maduro e inmaduro
La madurez del amor exige considerar al otro como un tú, como una persona a la que se valora y respeta como tal. Es salir de uno mismo al encuentro del otro, para, al encontrarlo, darse a él. Este amor tiene como ingrediente fundamental la amistad entre ambos. El amor inmaduro es egoísta, no va al encuentro del otro, sino que simplemente se sirve de él, le usa, le trata como si fuera un objeto. El amor maduro se manifiesta en esta frase:
“Te necesito porque te amo”
El amor inmaduro dirá: “Te amo porque te necesito”. Las mismas palabras, pero en distinto orden, expresan sentimientos totalmente opuestos.
La civilización del amor o del utilitarismo: Tanto el amor adulto como la civilización del amor atienden a los valores de las personas, a lo que son y, en consecuencia, cuando descubren al otro, se produce la entrega. El amor adulto enaltece, eleva y enriquece a las personas, llevándolas a la seguridad de sentirse queridas por lo que son.
El utilitarismo se define como usar y tirar; como consecuencia degrada a las personas, convirtiéndolas en cosas de uso, de placer, de utilidad, sin tener en consideración su dignidad ni sus derechos. El humanismo cristiano considera al matrimonio como ”algo vivo, algo que se hace” en la convivencia íntima del amor conyugal. La apertura a nuevos horizontes es esencial en el proceso de realización de las personas; esta realización debe ponerse como base para comprender el matrimonio. El amor conyugal es el supremo don y el supremo quehacer de los esposos. Como núcleo esencial del matrimonio debe ser el punto de referencia constante de los esposos ante todos los acontecimientos de su vida. Toda la vida conyugal debe desarrollarse y crecer a través de este núcleo esencial. Todos los valores y actitudes de la amistad conyugal, como el cariño, la fidelidad, la entrega definitiva y total son valores dinámicos que están englobados en la realidad del amor conyugal; son metas o quehaceres diarios a los que se debe tender y por los que hay que esforzarse. Con este planteamiento básico del matrimonio como búsqueda de la realización de los cónyuges a través de la íntima comunidad de vida y de amor, los esposos cristianos enseñan al mundo de hoy que es posible creer y aceptar al otro en profunda acogida y donación, valores de los que tan necesitada está nuestra humanidad.
El matrimonio es cosa de dos: Nadie se casa para seguir llevando la misma vida que llevó de soltero. El matrimonio es una comunidad de dos, que ensancha la vida de los propios esposos, que buscan su realización como personas y como esposos en todos los aspectos propios de la vida matrimonial. Todos estos actos son fuente de vida para ellos por estar enmarcados en la línea de la donación amorosa, la búsqueda y el bien del otro.
El amor de los esposos es el motor de todos sus actos y debe ser, al mismo tiempo, el punto de mira permanente para mejorarlo e incrementarlo. Los esposos que viven esta dinámica del amor son los que realmente viven felices, a pesar de las dificultades que la vida les puede traer. El matrimonio es, también, fuente de vida para los nuevos seres que, llamados por el amor de los padres, vendrán a la existencia. En el matrimonio no caben los francotiradores, los que van por libre, los que imponen su voluntad, los que hacen las cosas sin un diálogo previo con su consorte. Los que pretendan seguir esa conducta después de casados, no deberían haberse casado.
Es este un punto de reflexión muy importante para todos los que se preparan al matrimonio o a vivir en pareja. En el matrimonio, todo, absolutamente todo, debe hacerse de común acuerdo, puesto que todo forma parte de los intereses legítimos de los dos que han decidido vivir en comunidad.
Los esposos deben hacer patente su amor: Los cónyuges deben no sólo custodiar su amor conyugal sino hacerlo patente a los demás, sobre todo a los hijos. Los esposos cristianos tienen en su matrimonio el lugar privilegiado para ser entre ellos un eco del amor de Dios a la humanidad, ser luz que ilumine a tantos y tantas que, privados de ella, sólo se guían por la fuerza del instinto y ser levadura que pueda hacer fermentar la masa. La mejor escuela para aprender lo que es al amor es el hogar familiar.
En ningún sitio aprenderán los hijos lo que es el amor mejor que en el regazo de sus padres. Los hijos aprenderán a amar viendo cómo se aman sus padres. En el hogar están rodeados de amor y de todo lo que éste lleva consigo, y ése será su mejor recuerdo para el futuro y también su mejor vacuna contra el desamor.
Por desgracia, también el hogar puede ser ejemplo de todo lo que es contrario al amor, y también esto marcará a los hijos para toda su vida de adulto. De aquí se desprende, fácilmente, la conclusión que deben sacar los padres en relación con su conducta, sabedores de la enorme influencia que va a tener, tanto para ellos como para el futuro de sus hijos y para la sociedad entera.
La amistad conyugal: Sobre la amistad se ha frivolizado mucho; no es raro llamar amigo a un compañero de trabajo o a uno que nos acaban de presentar y del que no sabemos nada o casi nada. San Agustín decía: “Amigo es el que sabe todo sobre mí y me quiere”. La amistad tiene como ingredientes indispensables al conocimiento, el compromiso y el mutuo afecto. Un amigo es alguien muy importante y sólo puede serlo el que conoce todo sobre mí y, a pesar de eso, o precisamente por eso, me quiere. A la amistad sólo se llega por la senda del mutuo conocimiento. La amistad conyugal tiene, además, el ingrediente de la atracción; dos personas pueden no gustarse físicamente y, no obstante, ser buenos amigos, pero nunca podrán ser buenos esposos. La amistad conyugal requiere la mutua atracción, tanto física como espiritual.
Frutos de la amistad conyugal: La amistad conyugal propicia que la vida matrimonial logre su plenitud. Sin amistad verdadera, profunda y sincera entre ambos no puede haber plenitud de vida, ni realización personal; serán interiormente desgraciados, aislados en sí mismos, sin proyecto común; su vida estará vacía, sólo les unirán los intereses físicos y económicos, que, por cambiantes, son incapaces de dar satisfacción plena.
La dicha y la paz anidan en los corazones de los esposos amigos, los que hacen que su matrimonio sea, de verdad, una íntima comunidad de vida y de amor. La amistad conyugal integra en uno lo que antes era dispar: voluntades, proyectos, metas, todo se entrelaza y hace uno en el matrimonio. Cuando los esposos son íntimos amigos uno del otro, no tienen cabida las mentiras, las rencillas, las desconfianzas y los miedos; por el contrario, reina la armonía, la paz, el diálogo total y sincero, la generosidad y la entrega; las dificultades, presentes en todos los matrimonios, se solucionan fácilmente sin que ninguno se siente humillado o perjudicado. Es el milagro del amor del que está llena la amistad conyugal, que, cual preciosa joya, es difícil de conseguir, es un parto largo y, muchas veces, doloroso. Leemos en el libro del Eclesiástico que “quien halla un amigo, halla un tesoro” (Ecco 6, 14) Si esto es verdad cuando se trata de la amistad en general, mucho más lo es cuando los amigos son los dos esposos.
Construir la amistad conyugal es una aventura preñada de dolor y de gozo, de tristezas y de alegrías, de gozosas renuncias y de generosos ofrecimientos y entregas.
Construir la amistad conyugal es la obligación más importante tanto de los que se preparan para el matrimonio como de los que ya viven en él. No es baladí esta obligación, pues de su puesta en marcha va a depender, nada más y nada menos, que el grado de felicidad de los esposos y de sus hijos, en su vida matrimonial.
Gratuidad de la amistad conyugal: Toda amistad se encuentra, se hace y se vive en gratuidad, también la amistad conyugal. Olvidamos con mucha frecuencia y suma facilidad que la gratuidad es un elemento indispensable de la amistad. Tal vez, sea necesario un cambio de actitud: En vez de pedir amistad, ofrezcámosla. Cambiar el punto de vista de uno por el del otro, del proyecto individual al compartido, del egoísmo a la generosidad, de la libertad al compromiso.
Toda auténtica amistad comienza cuando la ofrecemos al que no necesitamos para nuestros proyectos personales. Cosa muy distinta es recoger los frutos de la amistad consolidada; entonces, no es usar a uno en beneficio del otro, sino la puesta en común de todo, como ganancia de los dos. Es la entrega de la propia amistad al que antes nos entregó la suya gratuitamente. En la amistad, como en el amor, hay que poder decir:
“Te necesito porque eres mi amigo”.
Frente a la amistad infantil e inmadura que dice:“Eres mi amigo porque te necesito”. Hay una gran diferencia.
(1) (C.Vaticano II, GS 49)
No hay comentarios:
Publicar un comentario