La escala de valores familiares
La convivencia en familia es el medio
más conforme a la propia naturaleza humana para el aprendizaje de los
valores por los que se regirán los hijos cuando lleguen a la edad
adulta.
La vivencia personal y matrimonial
de los padres será, más tarde, el ejemplo vivo, el punto de referencia
constante para el aprendizaje de sus hijos. Es un grave error pretender
inculcar un valor espiritual o humano sólo con buenas palabras y
consejos; para poder educar y trasmitir a los hijos la escala familiar
de valores, los padres deben ser sumamente coherentes entre sus palabras
y sus obras; entre lo que dicen y lo que hacen y tener muy presente el
poder educativo del ejemplo.
De forma indicativa, brevemente, he aquí algunos valores que no deberían faltar en ninguna familia:
El respeto a la dignidad de las personas. Valorar
a las personas por lo que son, no por lo que tienen; dar importancia a
su interior interior, a sus cualidades y actitudes, no quedándose en el
exterior, en el físico en los títulos académicos o en la cuenta
bancaria, que nada valen si no van acompañados de nobleza y dignidad
interior.
La justa libertad. Dios
nos hizo libres. La libertad es el don por excelencia de la persona.
Los hijos deben aprender de sus padres el sentido y la dignidad de la
libertad y cómo ejercerla con responsabilidad, para compaginarla con la
libertad de los demás y no confundirla con el libertinaje. Todo ataque a
la justa libertad es un atentado a la dignidad de la persona.
La solidaridad humana y la tolerancia.
Los ejemplos cotidianos de los padres entre sí, con los hijos, y de
éstos unos con otros, serán la mejor escuela para aprender a ser
solidarios y tolerantes con los demás.
Solidarios
con los que defienden una causa justa. Solidarios con los que carecen
de lo necesario para su desarrollo integral como personas: bienes
espirituales, culturales y materiales. Los padres solidarios no viven de
espaldas a los pobres y marginados de la sociedad sino que cooperan, en
la medida de sus fuerzas, a su ayuda y a promover un orden más justo y humano.
Tolerantes
y comprensivos con las personas, aunque exigentes con el vicio y la
maldad. La diversidad de cultura, raza o religión no deben llevar al
enfrentamiento sino a la tolerancia y al mutuo respeto. Nunca la
diversidad debe ser causa de enfrentamiento físico, que nada resuelve;
la diferencia debe ser, en todos las situaciones, motivo para intentar
la aproximación por medio del diálogo.
El sentido del verdadero amor.
En una sociedad tan egoísta, que confunde el amor con la pasión
desenfrenada de los instintos, sólo los padres pueden inculcar el amor
como don de sí mismo en beneficio del ser amado y la gratuidad el amor.
El mutuo amor de los
esposos debe ser el mejor modelo ofrecido cuidadosamente a sus hijos en
una educación sexual clara y delicada. Los hijos aprenderán a amar,
viendo cómo se aman sus padres; la experiencia del amor en el propio
hogar es la mejer educación sexual.
La educación sexual de
los hijos es un derecho y un deber de los padres. Ellos deberán
aprender, no sólo a vivir la sexualidad, sino también a transmitir a sus
hijos el verdadero concepto de la misma, deshaciendo tantas falsedades
imperantes en nuestra sociedad.
Considerarán la
sexualidad como un don de Dios y una riqueza que abarca a toda la
persona, el cuerpo, los sentimientos y el espíritu, y que manifiesta su
significado íntimo llevando a las personas a la entrega de sí mismas al
ser amado por medio y dentro del amor conyugal.
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