1.- La mujer en épocas pasadas El matrimonio es una institución de siempre. Para estar presente en todos los tiempos ha tenido que ir adaptándose paulatinamente a las diversas circunstancias. El papel de la mujer, dentro del matrimonio y de la familia, es un prototipo de adaptabilidad a las circunstancias históricas. La mujer ha soportado el peso de la familia, de la crianza y educación de los hijos. Siempre en segundo lugar, a merced de la voluntad cambiante del hombre, unas veces amoroso, caprichoso o tirano, otras. El papel de la mujer española, dentro del matrimonio, hasta la mitad del siglo XX, en general, se reducía a traer hijos al mundo, cuidarlos y educarlos, atender en su totalidad las tareas domésticas y, en los pueblos, echar muchas veces una mano, o las dos, al esposo en las faenas del campo. La mujer gobernaba, en el hogar, de puertas adentro, pero las decisiones importantes, de cara al interior y al exterior, las tomaba siempre marido y solo el marido, de puertas afuera, la mujer no tenía ni voz ni voto, en todo estaba sometida a la patria potestad del marido.
Empieza el cambio: Empezó a operarse el cambio cuando la mujer pasó de saber sólo leer, escribir y las cuatro reglas (aunque muchas seguían siendo analfabetas); muchas perdieron el miedo y se matricularon en las Universidades, otearon unos horizontes desconocidos que estaban antes reservados a los hombres. La mujer se ha dado cuenta de que puede ser muy hogareña, gustarle mucho los niños, criarlos y educarlos, que puede, incluso, disfrutar en la cocina, pero que hay otros campos y otras ocupaciones que son apetecibles y que no hay motivo para renunciar a ellas. La mujer del siglo XXI tiene ante sí el reto del equilibrio entre su maternidad y su trabajo profesional. Ambas cosas le son necesarias, aunque no en la misma medida, para su realización personal. Su afán y su lucha permanente debe ser para compatibilizar ambas esferas.
Un paso definitivo: Terminados los estudios universitarios, que ahora hacen en gran número, la mujer ejerce una profesión en un trabajo remunerado fuera del hogar; las que no pasan por la Universidad, se colocan en otros trabajos por cuenta ajena. La mujer del siglo XXI, en porcentaje cada vez mayor, ha logrado su independencia económica, que será un factor de suma importancia da cara al futuro, tanto si permanece soltera como si se casa. Todo trabajo, escogido voluntariamente, además de la independencia económica, aporta la realización personal, en forma de satisfacción por el trabajo bien hecho y el deber cumplido, por el logro de nuevas metas y por el ensanche del compañerismo y la solidaridad.
La mujer ha ampliado su horizonte: Y seguirá ensanchándolo a medida que escale peldaños en la pirámide de los puestos de mando de las empresas y de la sociedad; si continúa la trayectoria actual, llegará un día en el que la mayoría de los mejores puestos sean ocupados por mujeres.
| ¡Voy a mi trabajo! |
“En el matrimonio, todo es cosa de dos”.
La lucha del movimiento feminista a lo largo de los dos últimos siglos ha dado sus frutos en la sociedad occidental, en las legislaciones y en la vida ordinaria. Pero los problemas de la mujer no han terminado. Una cosa es la teoría, las palabras escritas y otra muy distinta que lo escrito se lleve a la práctica en su totalidad. La mujer puede desempeñar libremente su profesión de médica, abogada, arquitecta, o cualquier otra, pero, hasta ahora, salvo rarísimas excepciones, no ha logrado la cima del mando y del poder en cada profesión, el peldaño más alto sigue ocupado por el hombre. Ante esta situación, la mujer deberá seguir trabajando por una legalidad más justa y por una práctica igualitaria de esa legalidad. El trabajo profesional debe ser reconocido por su calidad con total independencia de que haya sido hecho por un hombre o por una mujer.
2.- La esencia femenina La mujer, en su carrera de liberación del dominio masculino, ha tomado una vía a todas luces errónea, la de igualarse con el hombre imitando sus formas de vida. Con ello, ha conseguido ponerse en ridículo, porque cada sexo tiene, por naturaleza, unas características propias. La mujer, imitando al hombre, no podrá realizarse como mujer, ser humano específico y con características concretas distintas del hombre. La mujer, imitando al hombre perderá, por deformación, su riqueza esencial. La mujer está dotada por la naturaleza de unas capacidades de entrega, de adaptación a las circunstancias, de percepción rápida de los detalles, que la sitúan muy por encima del hombre. Cuando una mujer despliega su potencialidad es el ser más capaz de amar y, a su vez, de ser amado. La mujer es, en sí misma y por el hecho de ser mujer, la mejor escuela del auténtico amor, amor de entrega, amor de apertura al otro para hacerle feliz, amor que se hace “cuadro viviente” cuando contemplamos a una madre con su bebé en brazos. La mujer, a lo largo de los siglos, ha evolucionado en esta dirección, se ha dotado de unos mecanismos, de defensa unas veces, y de entrega, otras, merced a su cualidad específica de poder ser madre. Cuando la mujer se olvida o reniega de lo que constituye la esencia de su ser femenino, no sólo daña el centro de su ser, sino que infringe un grave daño a la humanidad, como lo demuestra el envejecimiento de la sociedad debido a la escasísima natalidad. Un hogar sin niños es como un rosal sin rosas o una vid sin racimos, sólo son ramas espinosas y sarmientos secos. La mujer debe buscar los auténticos valores femeninos. Abandonar el querer parecerse al hombre y dominarle; prepararse a conciencia para poder ocupar cualquier puesto en la sociedad y para compartir sus valores y conocimientos con el hombre, en plan de igualdad, en la familia y en la sociedad. Los Gobiernos, las organizaciones sindicales y patronales tienen aquí un campo de acción exigido por el bien común de la sociedad. Ninguna mujer debería abandonar su trabajo profesional por su embarazo o maternidad Tampoco debería, en contra de sus apetencias y esencias femeninas, renunciar a la maternidad por necesidad económica. Hace falta un contrato de trabajo que contemple y resuelva estas situaciones, que respete y haga posible la maternidad dentro del trabajo profesional, con un horario adecuado a la realidad maternal, sin que suponga una merma de la mujer sino un reconocimiento de su contribución a la continuación de la sociedad. Los Gobiernos deben incentivar la función maternal de la mujer con dotaciones económicas que la hagan posible. Invertir en natalidad y en educación es la mejor inversión. A estas alturas del siglo XXI, no tiene sentido defender que la mujer debe quedarse en casa y dedicarse exclusivamente a tener hijos y cuidarlos. Su faceta de madre, puede y debe ser enriquecida, si así lo decide cada una, con su faceta laboral.
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