Mi familia

martes, 2 de junio de 2026

153.22.- LA FAMIIA Y SUS CIRCUNSTANCIAS: EL PADRE


1.- La figura tradicional del padre en la familia                                      El padre es el que detenta el poder y la autoridad; él manda y todos los demás, incluida la madre, le deben obediencia; él gobierna la familia en todos los aspectos, compra, vende y firma los documentos pertinentes, sólo al padre conferían las leyes estas facultades. Son los tiempos en los que no estaban reconocidos en las legislaciones los derechos individuales de las personas ni la igualdad de derechos del hombre y de la mujer. No debe extrañar esa especie de reinado del padre en el hogar familiar, pues era una costumbre inveterada, en la que todos habían sido socializados y que, además, estaba reflejada en las leyes. No por eso se deshacía la familia, al contrario, estaba  fuertemente coexionada por el peso de la autoridad paterna. El padre, salvo excepciones, no se comportaba como un tirano, sino como alguien que quiere a los suyos y lo hace desde al ángulo del poder, tal como la ha visto hacer a sus mayores.

2.- Concepción moderna                                                                          La situación ha cambiado desde que las legislaciones reconocen la igualdad de derechos del hombre y de la mujer; el matrimonio ya no es lo que era, ya no es uno el que manda, decide o firma documentos, ahora todo es potestad de los dos. Antes el varón era el que trabajaba fuera del hogar para mantener a toda la familia, mientras que la esposa estaba obligada a quedarse en casa cuidando y educando a los hijos y haciendo las tareas domésticas. Ahora, ambos esposos pueden trabajar fuera de casa y ambos deben compartir el cuidado de los hijos y las tareas domésticas.                                                          En general, se puede decir que ambas concepciones fueron y son aceptables, pero cada una en su tiempo. En la actualidad, no cabe duda de que la única respetuosa con las personas es la concepción moderna. En la tradicional, lo único que se reforzaba era la 77autoridad paterna, que, según fuera ejercida, daba lugar a una familia o a una tiranía. La concepción moderna tiene algunos flecos que deben ser cuidados si no se la quiere vaciar de contenido y hacerla completamente inútil.                        

Flecos pendientes                                                                                      . La implicación de los dos esposos en el cuidado y educación de los hijos. Los esposos jóvenes ya han sido educados en esta concepción del matrimonio, pero, algunos hombres deben hacer un esfuerzo suplementario porque no han recibido ese ejemplo de sus propios padres. Los padres son los modelos de referencia de los hijos. Es importante que ambos esposos se impliquen en la educación de sus hijos, que ambos sean modelos de referencia, las hijas deben aprender a ser mujer con el ejemplo de su madre y los hijos a ser hombres con la referencia de su padre.                                                                        Para la adecuada educación global de los hijos es de máxima importancia que dispongan de ambos modelos de referencia. Los hijos necesitan ver y sentir el modelo de comportamiento distinto de la madre y del padre, porque son hombre y mujer, y, al mismo tiempo, necesitan ver, sentir y oír que la diferencia sexual no está reñida con el criterio uniforme del padre y de la madre, logrado a través del diálogo efectivo y afectivo. La implicación de ambos en la transmisión a los hijos de los valores de la familia será el punto más importante de la educación: No puede seguir sólo en manos de la madre; la paternidad y la maternidad obliga a ambos del mismo modo.

. Llegar a la igualdad real entre los derechos del padre y los de la madre. No es suficiente la igualdad legal aceptada sólo en teoría. Los derechos se respetan cuando se dialogan las cuestiones y se pone en práctica lo decidido por ambos, no por una sola de las partes. De nada vale que la ley otorgue la igualdad de derechos a la esposa y al esposo si, en el cada día, uno u otro impone su voluntad.

. Llegar al equilibrio en el reparto de las tareas domésticas. Algún día se conseguirá.

3.- El rol de padre                                                                                       En la familia tradicional: El padre poco o casi nada tenía que ver con la crianza de sus hijos, a excepción de brindar a toda la familia la ayuda material y ser la encarnación de la autoridad. Actualmente se va generalizando la idea y la práctica de que el padre no puede permanecer pasivo en los momentos más importantes de la vida de sus hijos.                                                      El rol de padre en el siglo XXI: Ya no cabe argumentar la falta de tiempo debido al trabajo, pues también muchas mujeres trabajan fuera del hogar y se las componen admirablemente para satisfacer las necesidades afectivas y materiales de sus hijos. El padre debe hacer lo mismo; la cuestión no es tanto el número de horas que se pasan junto al hijo, cuanto la actitud que se adopta cuando están juntos.                                                     El padre tiene la posibilidad de contribuir a la creación en el hogar de un ambiente agradable y feliz, no sólo aportando bienes económicos, sino, sobre todo, colaborando a reforzar el clima de afecto, simpatía y amor de toda la familia. Entrar en la casa con la sonrisa en los labios, al volver del trabajo, es un detalle que, parece no tener importancia y, sin embargo, contribuye a crear y aumentar la atmósfera bienhechora de paz y armonía del hogar.                                                                                   El padre, con su presencia, consejos y, sobre todo, con su ejemplo, contribuye positiva o negativamente a desarrollar en sus hijos la capacidad de sociabilidad, de integración, de madurez emocional e intelectual, así como a la adquisición de hábitos, de valores y de convicciones que serán fundamentales para su vida de adultos. El nacimiento de un hijo supone un cambio en la vida de los padres, este cambio va a repercutir en las relaciones de la pareja.                                                                           Los trastornos de la vida cotidiana pueden desembocar en problemas entre la pareja, dependiendo, en gran parte, de la capacidad de aceptación y comprensión queposea el padre. El padre no puede permanecer indiferente ante una esposa angustiada o preocupada por un problema emocional o físico, una tarea de la casa, una dificultad con la crianza, la salud o la escolaridad de sus hijos. Debe intervenir efectiva y afectivamente.

La autoridad del padre: Antes, el papel primordial de la madre era el amor y el del padre la autoridad en la familia. Las cosas han cambiado, en la familia todo es cosa de ambos, aunque cada cual lo ejerza desde su propia personalidad.                            ¿Qué entendemos por autoridad? No es lo mismo autoridad que autoritarismo. En ningún caso autoridad es sinónimo de abuso o tiranía; sí debe serlo de flexibilidad, diálogo y justicia. El padre simboliza la ley a nivel inconsciente y, como representante de la autoridad es a la vez objeto de hostilidad, admiración y amor. La ley moral y la ley social se identifican con la figura del padre y su correcta encarnación tiene gran trascendencia en la adquisición de los principios morales por los hijos.

El padre y la madre comparten la autoridad familiar: Los hijos necesitan una autoridad para sentirse seguros y protegidos y para saber a qué atenerse, en todo momento. La autoridad de los padres es necesaria en todas las edades de sus hijos, pero,de modo especial, en la adolescencia. Los adolescentes detestan la autoridad, pero son los que más la necesitan para poder fraguar su propia personalidad. El padre y la madre deben estar siempre unidos y conformes en la manera de ejercer la autoridad en la familia. Nada distorsiona más a un hijo que recibir órdenes diversas de cada uno de sus progenitores. El padre no debe intervenir directamente en todos y cada uno de los pequeños problemas que cotidianamente surgen entre la madre y el hijo, pero tampoco debe permanecer indiferente, bastará una intervención moderada, firme y precisa. Supresencia será la base de la armonía familiar y el respeto mutuo entre todos. Lo mismo cabe decir de la madre, sus intervenciones, cuando sean necesarias, estarán acompañadas de una gran dosis de ternura, de comprensión y de saber escuchar.

El padre, modelo de identificación: La identificación se sitúa en el plano de lo inconsciente y la imitación en el plano de lo consciente. La identificación impulsa al niño arealizarse según la imagen de sus padres. Al principio, tanto el niño como la niña se identifican con su madre. A los dos años, aproximadamente, el varón va tomando conciencia de sí mismo, de su propia individualidad y empieza a afirmarla; la figura del padre aparece como tal a los ojos del hijo. Cuando los padres son cariñosos y ambos le prestan los cuidados que necesita, el niño, hasta cierto punto, se identifica con los dos. Sin embargo, en cuanto percibe su mayor semejanza con el padre del mismo sexo, se identifica mucho más con él.                                                                                     Lo ideal no siempre es posible; hay ocasiones en las que la identificación no es posible o no es correcta, bien porque el padre está ausente del hogar largas temporadas (enfermedad, emigración, divorcio) o bien por haber fallecido. La identificación será tanto más fácil cuanto el modelo, esto es, el padre, sea agradable y apetecible. Por supuesto, el padre cariñoso es tomado como modelo con mucha mayor frecuencia que el autoritario, despótico o indiferente.                                         La controversia de nuestros días es ¿cómo se pueden identificar los niños que, en lugar de tener un padre y una madre, tienen dos padres o dos madres? Es el caso que se produce con la adopción de niños por parejas homosexuales. Es un problema científico no resuelto. Según la orilla en que se encuentre cada cual, adopta una respuesta u otra. La psicología, en general, defiende que“la ausencia del padre o de la madre puede hacer que el ajuste del niño y el desarrollo de su identificación del papel sexual claramente definido sean más difíciles, especialmente cuando la ausencia se produce en los primeros años o cuando falta el padre del mismo sexo”.

Relaciones del padre con el lactante: El nacimiento de un hijo no deja indiferente a ningún padre. Basta constatar la ansiedad de los futuros padres y sus reacciones al sostenerlos en brazos por primera vez. Es un momento que ningún padre olvidará. ¿Qué  sucede en los días siguientes al nacimiento? Generalmente era la madre la que se encargaba de todos los cuidados del bebé, mientras el padre era poco más que un espectador. Por suerte, las cosas han ido y están cambiando; los roles en el hogar están perdiendo su rigidez de antaño, se empieza a compartir las tareas domésticas, y, dentro de ellas, el cuidado preferente del bebé. La madre suele encargarse de la alimentación y la limpieza y comparte con el padre el baño y el juego. Por lo que a mí respecta, me alegro de no haberme perdido los ratos felices del baño de mis hijos. Son momentos para vivirlos, muy difíciles de describir en toda su riqueza e intensidad.

La importancia de jugar con los hijos: Es muy recomendable que los padres jueguen con sus hijos pequeños. Es una tarea que deben hacer los dos; las madres la han hecho siempre, los padres han empezado hace pocos años, pero cada día espero que lo hagan más. El juego influye muy positivamente en el padre, quien aprende a reconocer las señales emitidas por su bebé y a interpretarlas correctamente. Es una complicidad entre consciente e inconsciente que lleva al entendimiento mutuo. El padre y el hijo se influyen uno en el otro, y se crea entre ambos una atmósfera de paz, de tranquilidad y de afecto muy bienhechoras para los dos. Los juegos de un padre con su hijo, en los primeros años de éste, quedarán grabados para siempre en la memoria del niño y tienen una gran influencia en su desarrollo social e intelectual. La complicidad de los primeros años entre el hijo y el padre es fuente de admiración, de confianza, de felicidad y de inmenso cariño, origen y base de su seguridad presente y futura. Nunca se recalcará bastante la importancia de los primeros años para el desarrollo integral de la personalidad de los hijos. El gran tesoro de los bebés y de los infantes es la voz de sus padres y los juegos compartidos con ellos. Un tesoro cuyo valor irán descubriendo a lo largo de sus vidas.

4.- Desviaciones del rol de padre                                                          Es imposible encontrar a un padre ideal, que sirva de modelo de identificación absoluto para sus hijos. La imposibilidad del padre ideal no está reñida con la posibilidad de un buen padre.  El buen padre es, ante todo, un buen marido. El que, sin ningún aire de superioridad, es con su ejemplo y conducta, un espejo en el que se miran sus hijos, dotado de firmeza, autoridad y ternura, en dosis convenientemente distribuídas. Un buen padre es una persona equilibrada que ve, juzga y actúa, en consecuencia, y siempre con una gran dosis de afecto.

No es buen padre: El que consiente todo, el que permite todo, el que todo lo juzga, el que por todo riñe y critica todo. El buen padre ve siempre lo positivo de sus hijos y trata de apoyarlo, y cuando ve algo negativo, presta su ayuda incondicional para superarlo.

El padre débil: Que pretende desempeñar bien su papel ignorando los problemas cotidianos de sus hijos. En unos casos, el padre piensa que es el hijo quien debe resolver sus problemas y, por tanto, él no debe intervenir. En otros casos, muy frecuentes en los padres con tinte de “modernos”, porque a los hijos no se les debe llevar la contraria para no frustrarlos. Ambas situaciones no son otra cosa que la afirmación de su incapacidad para solucionar las dificultades. Los hijos, desde pequeños, necesitan una autoridad cariñosa que les guíe y proteja. Esta autoridad es una obligación de ambos padres.    Desertar de ella es traicionar su papel de padres y desamparar a sus hijos.

El padre amigo: Uno de los errores más frecuentes de los padres es creer que cumplen tanto mejor su papel cuanto más se ponen a la altura de sus hijos, como uno más de sus “amigos”. No se debe aparentar lo que no se es. Ser padre va mucho más allá que la amistad de un compañero de estudios o de juego. Los amigos se escogen entre iguales en aficiones, ideales, ocupaciones. “El padre “amigo” confunde confianza con amistad”. Un padre y un hijo se pueden tener una gran confianza, eso es siempre lo deseable, pero no por eso serán amigos; siguen siendo padre e hijo, separados no sólo por la edad, sino también por la distinta concepción del mundo y de la vida. El padre, en el mejor de los casos, siempre será visto como un adulto que aconseja y educa. El padre debe ser un guía constante para sus hijos, participar de sus inquietudes, ofrecerles y aceptar su confianza, pero nunca participar en sus actividades como “un amigo más de la pandilla”, sino como padre.                                                                                                                Lo mismo vale para la madre en relación con las hijas.

El padre autoritario: El padre autoritario es el que abusa de su autoridad. Son frecuentes los casos en que los problemas o frustraciones del padre fuera del hogar familiar los pagan los hijos y la esposa. Bástenos recordar los miles de casos de malos  tratos que son denunciados todos los años y los miles que se desconocen. La crueldad física y mental tortura sádicamente a miles de niños y mujeres, llegando incluso a su muerte. Son los casos más extremos, pero, sin llegar a tanto, en muchas familias existen otros problemas de autoridad mal entendida. El padre cansado e irritado que pretende solucionar todo a base de gritos, castigos y palizas, sin pararse antes a reflexionar. El padre alcohólico o drogadicto que desemboca en una permanente agresividad y una actitud de censura hacia todo lo que hace o no hace su familia. Víctima de su adicción, es un enfermo que necesita ayuda y, mientras tanto, impedir que cause daño a sus familiares. El padre déspota con la esposa y cariñoso en extremo con sus hijos. Abundan entre los padres “amigos”; son hombres llenos de atenciones para con sus hijos, con los que se muestran hasta débiles, pero que a sus esposas las tratan como a esclavas sin importancia. Ni que decir tiene, que desvaloran la imagen de la madre a los ojos de los hijos y obstaculizan una evolución afectiva normal de éstos, sobre todo cuando son pequeños.

El padrastro: Por lo general, el padrastro genera en la familia menos dificultades que la madrastra, a la que se le pueden presentar conflictos con las hijas del marido; sobre todo, las mayores la pueden ver como un intrusa y una rival que les quiere arrebatar el cariño de su padre. Los problemas para el padrastro suelen surgir con los hijos varones adolescentes de su cónyuge que, por considerarle un intruso, no le conceden ningún derecho sobre ellos. Las dificultades pueden agravarse si al marido también aportó al matrimonio hijos de la misma edad. Con suma facilidad surgirán los roces entre ambos grupos. El padrastro, dada esta situación, se encuentra en una posición muy delicada. El ejercicio constante del diálogo, unido a una buena actitud de la esposa, hará que, sin merma de autoridad, cumpla con su papel de forma adecuada. Cuando los hijos    aportados por ambos al nuevo matrimonio son todavía pequeños las cosas son mucho más sencillas y con mayor facilidad se llena el cometido de la vida familiar.

El padre adoptivo: El motivo que impulsa a la adopción responde, por lo general, a una necesidad afectiva de uno o de los dos miembros del matrimonio. Aparte de aquellas en las que se adopta al hijo de un familiar fallecido, las adopciones de niños se suelen centrar en las efectuadas por matrimonios que no han podido tener hijos o que, teniendo hijos propios, adoptan otro para darle una familia y sacarle de una situación angustiosa en que se encuentra. En ambos casos, la adopción responde a una necesidad de índole afectiva y, por tanto, al niño adoptado nunca le faltará el cariño y las atenciones que se prodigan en toda familia normal. El peligro radica en que, por exceso de afectividad, le colmen de mimos y no ejerzan correctamente su autoridad y la necesaria corrección del hijo adoptivo. El hijo adoptivo, como cualquier otro hijo, necesita mucho amor y una buena dosis de autoridad para que su desarrollo sea integral y se pueda lograr. La falta de cualquiera de estos dos ingredientes llevará al niño a algo muy diferente de lo que todo buen padre desea para su hijo. Los problemas se pueden incrementar si obran bajo la influencia de lo que puedan pensar los vecinos y conocidos. Se sentirán encorsetados tanto ellos como las relaciones con su hijo. Lo mejor que pueden hacer los padres adoptivos, una vez efectuada la adopción, es    olvidarse de ella y tratar al hijo en todo como si fuese propio. Cariño, todo; mimos, ninguno; autoridad, siempre, pero dialogante y afectuosa.                                                                           No es necesario que, mientras sea pequeño, le descubran el hecho de su adopción. Salvo que sea imprescindible hacerlo antes por correr el riesgo de que se entere por terceras personas, según la madurez del niño, debe aprovecharse para hacerlo la cercanía de la pubertad, a lo largo de una conversación distendida y cariñosa preparada con antelación. Lo que no deben hacer nunca los padres adoptivos es mentir a su hijo, perderían para siempre su confianza.

El padre sin esposa: La situación del padre que cuida de su hijo o hijos al margen de su madre es radicalmente distinta de la situación de la madre que cuida de sus hijos al margen de su padre.                                                                                                              El padre soltero, es extremadamente raro el caso de un padre soltero que, por abandono de la madre, se quede con el hijo. Lo ordinario suele ser lo contrario: es el padre el que abandona a la madre al enterarse del embarazo y ésta es quien, si lo acepta, cuida a su hijo.                                                                               El padre viudo, además del dolor por la muerte de la esposa, está obligado a sobreponerse y cuidar a sus hijos. Cuando éstos son pequeños, es una carga muy difícil de llevar. En verdad, es digno de admiración.                                                                                 El padre separado o divorciado, en el improbable caso de que consiga la custodia de sus hijos, debe contrarrestar la presencia ocasional de la madre y los problemas ocasionados por la ruptura. En todos los casos, los hijos que conviven con su padre quedan despojados de una parte importantísima para su desarrollo: el cariño presencial de su madre. Aunque los padres hagan milagros y se vuelquen en educarlos y cuidarlos, siempre carecerán de lo más importante. Por otra parte, si son niñas, carecerán del modelo femenino de identificación, con repercusión en su personalidad. 

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