1. Y creó al hombre a imagen suya,
a imagen de Dos los creó, y los creó varón y hembra” (Gen 1,27). La Biblia llama “hombre” no a un ser individual, sino a la pareja, varón más hembra. Adán no fue un ser completo hasta que vio a Eva y encontró en ella lo que le faltaba para su propia realización personal. Lo mismo se puede decir de Eva, aunque no lo indique la Sagrada Escritura.
El “hombre” es una birrealidad, un yo más un tú, y ambos juntos forman el hombre de la historia. La pareja es, desde los orígenes, algo connatural al ser humano. La diferencia
| Iguales en derechos y deberes |
“No es bueno que el hombre está solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él” (Gen 2, 18) Sólo un ser capaz de amar en la misma medida en que es amado puede colmar las aspiraciones humanas. No es de extrañar, por tanto, que el amor sea la ley fundamental de la pareja humana. Los seres humanos necesitamos amar y ser amados, querer y ser queridos. Cuando falta el amor, el ser humano se desploma en la vacuidad de su existencia, pues el corazón humano necesita el calor y el amor de otro corazón para funcionar con normalidad y a pleno rendimiento. Sin amor el corazón se agosta, las ideas se escapan, la mente se embrutece y la vida se amarga y se rompe. El amor entre un hombre y una mujer es el presagio de la vida, el rebrotar de la naturaleza, el canto de los sentimientos y la alegría de la convivencia.
El amor respeta la dignidad de las personas: Es imposible practicar la mutua ayuda y la complementariedad si falta el amor que respete los derechos que, como personas e hijos de Dios tienen todos los hombres y todas las mujeres. Tanto el hombre como la mujer tienen sus propios derechos como personas, derechos que no pierden al aceptar vivir en comunidad uno con el otro; todo lo contrario, se refuerzan, quien más debe respetar los derechos de la mujer es el hombre que comparte su vida y lo mismo cabe decir de la mujer. Este es el único camino para salir de la violencia doméstica de nuestros días. Todos estamos obligados a vivir ese amor sin machismos ni feminismos que tergiversen y empobrezcan la dignidad del hombre o de la mujer. Uno y otra, aunque distintos por su propia naturaleza, son iguales en su dignidad como personas. No es el varón más persona que la mujer, ni ésta lo es más que el varón. En cuanto personas, ambos dan la misma medida, ambos tienen la misma dignidad y los mismos derechos.
La unión que engendra vida: Es imposible practicar la mutua ayuda y la complementariedad si falta el amor que respete los derechos que, como personas e hijos de Dios tienen todos los hombres y todas las mujeres. Tanto el hombre como la mujer tienen sus propios derechos como personas, derechos que no pierden al aceptar vivir en comunidad uno con el otro; todo lo contrario, se refuerzan, quien más debe respetar los derechos de la mujer es el hombre que comparte su vida y lo mismo cabe decir de la mujer. Este es el único camino para salir de la violencia doméstica de nuestros días.Todos estamos obligados a vivir ese amor sin machismos ni feminismos que tergiversen y empobrezcan la dignidad del hombre o de la mujer. Uno y otra, aunque distintos por su propia naturaleza, son iguales en su dignidad como personas. No es el varón más persona que la mujer, ni ésta lo es más que el varón. En cuanto personas, ambos dan la misma medida, ambos tienen la misma dignidad y los mismos derechos.
La unión que engendra vida: Los seres humanos somos criaturas llamadas a reflejar en la complementariedad de los sexos la singular tarea de transmitir la vida a nuevos seres. El ser humano no es sólo cuerpo, es mucho más. El cuerpo no es algo que tiene la persona, sino una parte de ella, que la sobrepasa, en la que vive y con la que se expresa; con el cuerpo nos comunicamos unos con otros; con el cuerpo transmitimos las vivencias, los sentimientos y afectos que experimentamos; y con el cuerpo expresamos nuestras relaciones amorosas personales.
La sexualidad es la dimensión de la persona que le permite existir, expresarse, gozar y sufrir como hombre o como mujer. El cuerpo no es algo que pertenece, en el sentido de ser dueño de él y poder hacer con él y de él lo que venga en gana, como se puede hacer con las cosas que son una posesión, como el dinero o el coche. El cuerpo es mucho más. Es la parte física de la persona, en la que se sustenta la parte espiritual. La persona no puede existir, como tal, sin la estrecha vinculación de ambas partes.
La vida, de forma natural, sólo puede brotar de la unión de un hombre y una mujer. La humanidad podría haber estado constituída solamente por varones o por mujeres, en la hipótesis de que ambos separadamente pudiesen transmitir la vida a nuevos miembros; pero, la realidad no es ésa, sino que es necesario el concurso de ambos sexos para la transmisión de la vida.
La complementariedad física y psicológica: Es imprescindible la complementariedad física para la transmisión
| Se complementan |
de la vida de modo natural y sólo puede darse entre un hombre y una mujer heterosexuales; siendo imposible que se dé entre dos hombres o entre dos mujeres. La omplementariedad psicológica, es decir, la amistad y el amor, se puede dar entre hombres y mujeres tanto hetero como homosexuales. La intimidad sexual es un diálogo de entrega y de aceptación de todo el ser, tal cual es, sin tabúes y falos pudores, capaz de transmitir los propios deseos, sensaciones y gustos. La intimidad sexual ejercida “de manera verdaderamente humana, significa y favorece el don recíproco, con el que se enriquecen mutuamente en un clima de generosa gratitud” (1).
La complementariedad psicológica no es imprescindible para engendrar un nuevo ser; de hecho, son muchos los seres humanos que han sido y son engendrados por causas diversas que nada tienen que ver con el amor y la amistad de los progenitores; recordemos, por ejemplo, el hijo nacido tras una violación o los hijos de los llamados “matrimonios de conveniencia”.
La complementariedad psicológica sí es imprescindible para la mutua ayuda y la buena convivencia, cualquiera que sea la condición sexual de las personas. El sexo sin amor coloca a la altura de los animales irracionales, la del puro instinto. Las personas que optan por una relación homosexual, precisamente porque se complementan psicológicamente, deben ser respetadas por la sociedad y, en vez de perseguirlas, apalearlas o asesinarlas, otorgarles todos los derechos a los que puedan optar, al margen de consideraciones ideológicas o religiosas que impidan compartir esa opción sexual.
La sexualidad es una dimensión de la persona: Todos los hombres y mujeres somos seres sexuados y, como tales, nos comunicamos y manifestamos unos a otros. La sexualidad es un elemento básico de la personalidad masculina o femenina, un modo propio de ser, que se expresa de forma distinta en todas las actividades del hombre y de la mujer. Ser hombre, saberlo y aceptarlo, y ser mujer, saberlo y aceptarlo, son los ingredientes de la identidad sexual. Conocer la propia identidad sexual es condición previa para la aceptación de uno mismo y para lograr la propia satisfacción siendo cada uno lo que es, hombre o mujer.
No es lo mismo sexualidad que genitalidad; la primera afecta a todas las células del organismo, mientras que la segunda atañe exclusivamente a los órganos reproductores. Las relaciones interpersonales son imprescindibles para el desarrollo físico, psíquico, social y moral de los seres humanos. Nos comunicamos y relacionamos como seres sexuados, de ahí que la misma sexualidad sea una forma no desdeñable de comunicación y de relación. El contacto personal, las caricias, los besos y abrazos expresan sentimientos y afectos, difíciles de explicar con palabras, las cuales, a menudo, son menos espontáneas y sinceras.
La intimidad sexual es la manifestación externa y corporal de un diálogo mucho más profundo, previo a la misma relación sexual, afectivo, amoroso, abierto, confiado, respetuoso y transparente. Si falta este diálogo, la relación sexual íntima no pasa de ser una erotización y estimulación mutuas, tal vez, con respuesta en ambos, pero nunca será la comunicación deseada.
Aprendiendo a dialogar: En todo diálogo hay cuatro elementos fundamentales: un emisor que habla, un receptor que escucha, un mensaje (lo que se dice) y un medio por el que se comunican (palabras, gestos, movimientos, señales, escritos, etc. Estos cuatro elementos son inseparables y funcionan como un todo. El diálogo es un proceso recíproco, en el que el emisor y el receptor intercambian ideas sucesiva y alternativamente. Si se pretende que el diálogo sea positivo de cara a los interlocutores, éstos deben dialogar guardando las reglas.
El emisor debe ser coherente: Debe haber coherencia entre lo que expresa y lo que siente. La discrepancia entre las ideas, los pensamientos, los sentimientos y lo que expresan las palabras impide el diálogo, la comunicación, el conocimiento de las personas y su realización como tales. No se debe hacer en el matrimonio lo que es corriente en la vida política, comercial y social: hablar para intentar engañar, hablar a sabiendas de que se miente, hablar para sacar el mayor provecho personal, aunque ello suponga detrimento para el receptor.
Cuando un hombre y una mujer deciden libremente compartir sus vidas debe ser porque el amor los ha unido previamente. Amar al otro, sea cónyuge o simplemente pareja, es acogerle tal cual es, procurarle todo el bien posible, ayudarle en todo. Compartir la vida por amor es ver en el otro la prolongación de uno mismo, de tal manera que todo lo que le pase al otro, pasa a uno mismo: si él disfruta, tú disfrutas; si él sufre, tú sufres.
En la pareja o en el matrimonio, cuando hay amor verdadero, todo lo que ocurre en la vida de cada uno pasa a los “vasos comunicantes” de la vida en común. Siendo esto así, nos podemos preguntar: ¿Qué diálogo puede existir cuando no se dice la verdad? ¿Cómo se pueden comunicar dos personas si una miente? ¿Cómo se pueden llegar a conocer si ocultan o tergiversan la realidad? ¿Cómo se pueden realizar como personas si adoptan la mentira y el engaño como norma de vida? Estos interrogantes indican con toda claridad la importancia que tienen la sinceridad, la verdad y la coherencia en la vida matrimonial y familiar.
El emisor debe ser libre para poder expresarse tal como es, tal como piensa y tal como se siente a sí mismo y a la realidad que le rodea. Nadie debe estar coaccionado, la coacción obliga a no decir lo que se siente sino lo que se piensa que el otro quiere escuchar. El que habla debe dejar en libertad al que escucha, sin condicionarle ni manipularle. No es la presencia amenazante, ni los gritos, ni el tono de voz, los que dan la razón; al revés, son su peor argumento. Una forma de condicionar es exponer el asunto de tal modo que no admita respuesta, por ejemplo, si digo: esto es así y asunto concluido. Es mucho mejor emplear frases como ésta: “a mí me parece que esto es así”. Con ello dejamos la puerta abierta a posibles respuestas.
El receptor (el que escucha): Ante todo, debe escuchar; no
limitarse a oír o a simular que está escuchando. El que no escucha, no dialoga; y debe escuchar en libertad, sin sentirse coaccionado por el emisor ni por el modo de emitir.
| El que esucha |
Oir y escuchar: Oír y escuchar son cosas distintas. Oímos, aún sin querer, los ruidos, los sonidos y hasta las palabras. Para escuchar hay que querer escuchar, hay que prestar atención. Nos pueden forzar a oír, pero nadie puede obligarnos a escuchar. Un buen consejo:
“Cuando estés dispuesto a escuchar, puedes empezar a hablar”.
No siempre lo que hace la mayoría es lo correcto. Si nos trasladamos mentalmente a una de las muchas tertulias o reuniones de grupo, observaremos, con estupor, que casi nadie escucha, que todos hablan a la vez y que, al no oírse bien, levantan el tono de la voz y gritan para hacerse oír. Escuchar no significa no hablar, porque se puede estar muy callado y no estar escuchando. Escuchar es querer acoger y captar lo que el otro me está diciendo. El que escucha acoge al que habla; puede que no le guste o no le convenza lo que oye, pero respeta al que lo dice. El que escucha procura captar lo que el otro quiere decir, y si tiene alguna duda, procura aclararla antes de contestar.
Alguien me ha hecho el regalo de un escrito que sintetizo: “Saber hablar es don de muchos, saber callar es don de pocos. Saber escuchar es generosidad de poquísimos. Todos necesitamos que alguien nos escuche. Todos debemos aprender a escuchar.
"Escuchar es dar nuestro tiempo al “hermano” que habla; escuchar a la persona buena y a la que no lo parece; escuchar al pobre y al enfermo, al amargado y al alegre, al niño, al joven y al anciano. Escuchar la canción de la naturaleza; el murmullo del arroyo, el brotar de las flores, el canto de las aves, el paso del viento, el beso de las olas en la playa y el tintineo de las estrellas en el firmamento. Escuchar y guardar los sentimientos en la paz del corazón, y escuchar allí a Dios, en el silencio del alma”.
La actitud de escucha: En la vida matrimonial, para que se produzca el diálogo, es imprescindible la actitud de escucha por parte de ambos cónyuges; de lo contrario, se habrá acabado el diálogo antes de haberlo empezado. Son muchos los matrimonios que piensan que dialogan mucho porque hablan mucho. Se olvidan que
“el diálogo es, ante todo, saber escuchar”.
Dos personas pueden estar hablando mucho y no haber ningún diálogo entre ellas porque cada una habla sin escuchar lo que dice la otra. En todo caso, serán dos monólogos encadenados, pero nunca constituirán un verdadero diálogo. La actitud de escucha es una actitud de respeto al que está hablando y de valoración de lo que está diciendo. Por el contrario, no escuchar y simular hacerlo, es no tener respeto hacia él ni valorar sus palabras. Cuando alguien o algo nos interesa, escuchamos. Hemos de aprender a escuchar, no sólo las palabras sino también los sentimientos y los deseos del otro, sobre todo, si ese otro es el cónyuge, para hacerlos uno con los nuestros.
La vida conyugal es como una barca con dos remos, para avanzar deben remar los dos cónyuges y remar a la par, de lo contrario, el matrimonio no avanzará sino que dará vueltas sobre sí mismo hasta hundirse. Saber hablar y saber escuchar uno al otro, es una de las muchas cosas que los esposos deben enseñar a sus hijos. También en esto se confirma que la mejor escuela para formar al ser humano es un buen hogar, donde cada uno ocupa su lugar en cada momento y todos aprenden de todos.
Hacia una buena comunicación: Emisor y receptor, para la buena comunicación, deben tener recíproco respeto, que conlleva valorarse, aceptarse y acogerse como personas. Se puede estar en desacuerdo con el mensaje, pero no por eso se puede rechazar a la persona que lo emite. La aceptación incondicional de la persona facilita que ésta se exprese mejor, al no sentirse afectada por el sentimiento de rechazo. La aceptación del otro supone apertura hacia él; en vez de ocupar la mente en preparar la respuesta, la abro para acoger lo que el otro me está diciendo. La empatía hace a los interlocutores ponerse cada uno en lugar del otro; sólo si me pongo en su lugar y a su misma altura estaré en condiciones de comprender lo que me está diciendo.
Todo lo dicho anteriormente adquiere mayor relevancia cuando los interlocutores son los miembros de la pareja conyugal. La comunicación de la pareja, aunque sea difícil y complicada, es el mejor y, tal vez, el único camino para no entrar en conflicto o para solventar con éxito los que se presenten. Los esposos deben convencerse cuanto antes de que todas las dificultades tienen solución si se sabe dialogar sobre ellas. En todos los problemas de la pareja y de la familia aparece siempre la falta de comunicación y de diálogo entre los cónyuges. La falta de comunicación y del verdadero diálogo es la materia pendiente de muchos esposos.
“Las personas inteligentes dialogan, las demás hablan”.
(1) Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 49.
No hay comentarios:
Publicar un comentario