Sois ya seguidores de esta serie que estamos desarrollando en torno a la educación en el amor y a la sexualidad.
Estamos hoy en la sesión novena que tiene como título Infertilidad, fecundación artificial y adopción. Bueno, pues vamos a comenzar diciendo que esta sociedad, esta cultura en la que vivimos tiene muchas paradojas.
Por una parte, una crisis de natalidad sin precedentes. Europa envejece, Occidente está envejeciendo. Jamás había ocurrido algo así en la historia de la humanidad. Y esto, al mismo tiempo, va de la mano de una mentalidad antinatalista. Es una gran paradoja.
Sí, hay motivos sociológicos que nos llevan a entender las razones de esta disminución de la natalidad. Por ejemplo, la difícil conciliación laboral que a veces tiene la mujer en el acceso al mundo laboral. No se facilita la conciliación laboral, no se facilita que la mujer pueda compaginar el dar a luz y el educar a sus hijos con su incorporación al mundo laboral.
Aunque existan razones de tipo sociológico como la citada, yo creo que es obvio que hay una crisis moral y espiritual que es la razón última de esta crisis de natalidad. Hay un dato que es muy es claro: Las clases sociales de nivel económico más alto, las que no tienen problema económico para poder tener más hijos y tampoco tienen problemas de conciliación laboral, no tienen más hijos sino incluso menos; esto quiere decir que la causa última no es tanto sociológica de conciliación laboral, que siempre influye, obviamente, y otros temas como el difícil acceso al mundo laboral de los jóvenes, como la dificultad de poder acceder a una vivienda en unas condiciones dignas, pero además de esos condicionamientos sociológicos, hay un problema profundamente espiritual y vamos a decirlo con claridad.
Falta esperanza. Y cuando no hay esperanza es muy difícil abrirse a la vida porque también hay que ser conscientes de que los hijos lo piden todo. Los hijos lo piden todo. Y cuando en una sociedad reina el hedonismo, el máximo placer con el mínimo esfuerzo, cuando el bienestar social se ha constituido en el punto fundamental que nos da la calidad de vida, cuando la calidad de la vida es el bienestar, los hijos no son fácilmente integrables en ese proyecto porque los niños, como decía, lo piden todo. Ante los hijos, los padres no tienen tiempo propio, no tienen espacio propio. Los hijos piden nuestra plena donación y es entonces cuando Occidente se cierra a la vida, porque no tiene esperanza, ni capacidad de sacrificio. Por eso me atrevería a decir que la crisis de natalidad es un retrato muy profundo de la crisis espiritual de Occidente.
Por otra parte, vamos a dar un paso más, después de este diagnóstico que creo que tiene poco de subjetivo, también hay que decir que esto, dentro de esas grandes paradojas que tenemos, va de la mano de un gran sufrimiento por la esterilidad que tienen muchas personas, y que el índice de problemas de fecundidad y de esterilidad va aumentando con el paso de los años.
Por una parte, porque se pospone hasta edades más avanzadas la maternidad y la paternidad. Y el cuerpo humano no está pensado para que tenga esa maternidad tan tardía. Pocas veces, además, ocurre que después de haber recurrido a los anticonceptivos, a los anobulatorios, el cuerpo humano se resiste a estar abierto, terminada esa etapa de decisión de infertilidad. Y cuando cambiamos de decisión y buscamos la maternidad, entonces el cuerpo humano se niega a ello.
En medio de estas contradicciones, la Iglesia dice y proclama que la fecundidad es un signo de la bendición de Dios, sin que ello suponga decir que la infecundidad es un signo de la maldición de Dios. La fecundidad es un signo de la bendición de Dios.
¿Cómo interpretar la infecundidad? Bueno, vamos a hablar de ello, pero no cabe decir en absoluto que sea una maldición de Dios. La clave está en tener conciencia de que si la fecundidad es un signo de la bendición de Dios, lo importante es que nosotros estemos abiertos a ese don.
La Iglesia siempre ha considerado a las familias numerosas como un signo de la bendición divina, un regalo auténtico para la sociedad. Son un punto de referencia importantísimo. Son un
balón de oxígeno en medio de una sociedad en claro declive.
Bien, vamos a hacer una lectura que creo que es muy iluminadora para interpretar esta contradicción. El hecho es que, por una parte Occidente se cierra a la transmisión de la vida, y por otra, hay familias que estén sufriendo porque no pueden tener hijos. Entonces, vamos al Catecismo de la Iglesia Católica y en el punto 2374 leemos: "Grande es el sufrimiento de los esposos que se descubren estériles. Abraham pregunta a Dios, ¿qué me vas a dar si me voy sinhijos?" Y Raquel dice a su marido, Jacob, "Dame hijos o me muero." Son expresiones fuertes y duras, también es cierto que participan de una mentalidad, en la que la mujer, en el Antiguo Testamento, se consideraba fuera de la bendición de Dios si no podía ser madre. Pero después de que el catecismo, en este punto tan dramático, ha hablado del sufrimiento de las madres que no pueden tener hijos, matiza en el punto 2379: “El evangelio enseña que la esterilidad física no es un mal absoluto. Los esposos que tras haber agotado los recursos legítimos de la medicina sufren por la esterilidad, deben asociarse a la cruz del Señor, fuente de toda fecundidad espiritual”.
Importante esto. La infecundidad no es un mal absoluto. El Señor tiene un designio que estamos llamados a descubrir. Y entonces añade el catecismo, estos padres que viven esa situación pueden manifestar su generosidad adoptando niños abandonados o realizando servicios abnegados en beneficio del prójimo.
Uno interpreta, discierne cuál es la voluntad de Dios en su vida y cuando ve que tiene una esterilidad que no puede sanar por recursos legítimos, entonces dice: "¿Y si el Señor pensó en mí para poder llegar a un niño que no tiene padre y madre? O si el Señor quiere que yo no tenga descendencia, pero tenga una disponibilidad especial para poder servir y poder entregarme al
prójimo con mayor disponibilidad. Por tanto, se trata de hacer una lectura a la luz de la voluntad de Dios, y no partiendo de que mi proyecto se haya frustrado, y me sienta fracasado en la vida. Eso es un error.
El cristiano siempre tiene que estar en clave de interpretar los designios de Dios. ¿Qué querrá Dios? ¿Qué esperará Dios de mí? Bueno, fijaos que, ha dicho que si un matrimonio después de haber hecho el recurso legítimo a la medicina para ver si podía curar su esterilidad.
¿Por qué dice el recurso legítimo? Pues porque también hay recursos ilegítimos. O sea, aquí también, digamos, el magisterio de la Iglesia distingue cuál es el recurso legítimo e ilegítimo en esta lucha contra la esterilidad.
La medicina ha tenido y sigue teniendo dos formas distintas de abordar la infertilidad.
Una es resolviendo las causas que provocan esa infertilidad para permitir la fecundación natural, por ejemplo, arreglando un problema de obstrucción de trompas. Ese es el recurso legítimo.
Lo que el magisterio de la Iglesia entiende por recurso ilegítimo, es cuando la medicina lo que hace es producir los óvulos o fecundarlos en el laboratorio invitro y transferir después el embrión al cuerpo de la madre. A eso se denomina un recurso ilegítimo. ¿Por qué? Vamos a explicarlo.
Somos conscientes de que es un procedimiento inmoral, así lo considera el magisterio de la Iglesia, que está muy extendido y muy naturalizado, que incluso hay muchas personas que no son conscientes de ello. En el año 1978 tuvo lugar el primer nacimiento en el mundo de alguien concebido in vitro. Y luego en el año 2010, el médico que había conseguido ese logro recibió el premio Nobel de medicina, lo cual obviamente fue por la mentalidad de la cultura occidental sin capacidad crítica de lo que esto supone.
Vamos a abordar el problema moral. ¿Cuál es la razón por la que la Iglesia Católica considera inmoral el recurso a las técnicas de reproducción asistida? Volvemos a la Humanae vitae de la cual hablamos en la sesión anterior. Decía que en la sexualidad hay dos dimensiones que son inseparables. La dimensión unitiva y la procreativa. Dios ha querido que el abrazo conyugal de los esposos sea el lugar digno para la transmisión de la vida. Pues bien, la anticoncepción peca de querer buscar la unión sexual cerrando el paso a la reproducción; ahora sucede lo contrario. Con la reproducción asistida se busca la reproducción al margen de la unión sexual, es decir, se busca la reproducción de manera artificial.
No basta con argumentar que, en este caso, a diferencia de la anticoncepción, lo que se busca es la transmisión de la vida y eso parece más santo que el querer evitarla. Pero, hay que considerar que para que un acto moral sea lícito, el medio elegido, el camino elegido debe de ser moralmente correcto, moralmente lícito. Y la razón está en que Dios nos ha creado por amor y que la llegada al mundo de cada ser humano acontezca en el abrazo de amor, en el abrazo sexual del hombre y la mujer. Es decir, consideramos que el abrazo de amor sexual es santo porque es la forma en la que Dios ha querido que el ser humano venga al mundo. En un acto de amor, no es un acto artificial. Cada persona debería poder decir que procede de un acto de amor y no de una técnica de laboratorio, y no de un acto de violencia (como sucede en las violaciones).
Esta es la razón moral, que en el fondo es recurrir al argumento de la Humanae vitae que dice que no se puede separar la dimensión unitiva de la dimensión procreativa. Para profundizar en esta afirmación hay dos documentos clave.Uno es la instrucción Donum vitae (El don de la vida) de 1978, que está incluido en el Catecismo de la Iglesia Católica. Está muy bien razonado, explica las diversas posibilidades de cómo acontece, distingue perfectamente entre fecundación invitro y fecundación asistida, etcétera.
El otro documento es Dignitas Personae (La dignidad de la persona) del año 2008. En esos dos documentos se completa el magisterio de la iglesia a este respecto.
La Iglesia aprueba y estimula todas las técnicas médicas de ayuda a la procreación, que sean una ayuda y no una sustitución del acto sexual. La medicina tiene su razón de ser cuando lo que hace es que el acto de amor, el acto sexual cumpla su finalidad. Y si hay una enfermedad que le impide la fecundidad, luchar contra esa enfermedad para que pueda ser fecundo. Sin embargo, se considera inmoral el recurso al acto técnico para suplir la sexualidad, para suplir el abrazo sexual, que debe ser el origen del ser humano.
Dignitas Persone en su número 12 dice lo siguiente: Con referencia al tratamiento de la infertilidad, las nuevas técnicas médicas tienen que respetar tres bienes fundamentales, tres elementos para distinguir si esa intervención médica es correcta o no es correcta.
Son tres los bienes que tienen que respetar.
El primero, el derecho a la vida y a la integridad física de cada ser humano, desde la concepción hasta la muerte natural. Como vamos a ver y después desarrollaremos, en las técnicas de fecundación en vitro se quedan muchos abortos por el camino porque se fecundan embriones, se fecundan óvulos, se crean embriones de los cuales unos son implantados y otros son desechados. Se hace una selección eugenésica de los embriones que tienen probabilidades de ser implantados con éxito de los que no las tienen. Es una selección eugenésica. Por eso dice la Dignitas Personae que el derecho a la vida y la integridad física de cada ser humano desde el momento de la concepción hasta la muerte natural tiene que ser respetado.
En segundo lugar, la unidad del matrimonio que implica el respeto recíproco del derecho de los cónyuges a convertirse en padre y madre solamente el uno a través del otro.
Pero, en esas técnicas, a veces, se recurre al semen de un donante o al óvulo de una donante, de manera que se está violando el principio de integridad en la unión del matrimonio.
Y en tercer lugar, los valores específicamente humanos de la sexualidad exigen que la procreación de un ser humano sea querida como fruto del acto conyugal específico de amor entre los esposos. Es decir, que el acto médico no debe suplir la expresión del amor sexual, sino ayudar a que esa expresión del amor sexual sea fecunda, pero no suplirla. No suplirla. Como veis son tres razones muy claras. Una es de cómo en esas técnicas se producen abortos. Otra es de hasta qué punto también se está atentando contra la integridad de la unión matrimonial cuando se recurre a semen de donantes o cuando se recurre a óvulos de otros donantes. Y sobre todo el tema clave y determinante, es el hecho de que se está disociando la fecundidad de la expresión del amor sexual.
Digamos, por tanto, que existen muchos problemas asociados a las técnicas de fecundación en vitro. Uno, ya lo he dicho, es la cantidad de vidas humanas que se están destruyendo por la selección eugenésica de embriones. Además, existen bancos con decenas de miles de embriones congelados. ¿Y qué se hace con esos miles de embriones congelados? Es absolutamente inmoral que la vida humana sea conservada de esa manera y se impida su desarrollo. ¿Qué solución puede tener ese callejón sin salida para todos esos embriones congelados?
Un callejón sin salida que produce: La alteración de los lazos familiares. Que haya personas que han sido concebidas mediante esas técnicas, y que no pueden saber quién ha sido su padre, quién ha sido su madre.
Hay muchas sentencias judiciales en distintos países en los que se reconoce al hijo el derecho a saber quién fue su padre biológico, quién fue su madre biológica. Y claro, en esa forma de concepción en un laboratorio, con las donaciones de esperma o donaciones de óvulo, la identidad del ser humano entra en profunda crisis.
Sin olvidar otros problemas asociados como es el caso de la maternidad subrogada, que últimamente ha sido motivo de debate en España y en otros países porque la maternidad subrogada supone una explotación de las mujeres, un negocio que mueve mucho dinero. Se da el caso de una mujer que gesta a su nieto, el recurso a la abuela para gestar la vida de su nieto es una situación que atenta contra la dignidad de la familia.
Por todo ello, la Iglesia hace este discernimiento importante, ese discernimiento de ¿por qué no a la fecundación invitro?, ¿por qué no a la reproducción asistida? ¿qué diferencia existe entre esas técnicas y las que emplea un médico que es fiel a su vocación, que no pretende sustituir, sino ayudar al acto sexual para que logre su objetivo?
Pero digamos algo más, porque decíamos respecto a la esterilidad, que el Catecismo de la Iglesia Católica matizaba, que la providencia divina permite que alguien pueda ser adoptante de niños o también que pueda prestar servicios abnegados en beneficio del prójimo, pues por el hecho de no tener descendencia propia tiene disponibilidad para poder hacerlo.
¿Cómo discernir esto?
Creo que también esto hay que discernirlo porque hay una cosa que tenemos que saber.
Os puedo decir, como experiencia sacerdotal, que esto es importante, que cuando se opta por el camino de la adopción se está abrazando la cruz. Porque esos niños que se adoptan, por muy pequeños que se adopten, han sido objeto de profundas heridas, de situaciones dramáticas. Y es muy frecuente que en el desarrollo de su infancia, especialmente de su adolescencia, se manifiesten heridas profundas que pueden llegar a generar grandes crisis en la familia adoptante.
Se da la paradoja de que a un matrimonio, que ha asumido el destino de un adoptdo, le toque después asumir las heridas y el desahogo de ese hijo que hace pagar sus heridas an aquellos que, precisamente, le están intentando ayudarle.
Esto forma parte de la vida y es importante que seamos conscientes de que la adopción supone abrazar la cruz. Siempre la paternidad y la maternidad suponen abrazar la cruz, pero de
una manera muy especial en el mundo de la adopción. Y hay que ser conscientes de ello.
Cuando uno recibe el don de Dios de poder adoptar, tiene que saber ¿por qué lo hace? No puede hacerlo buscando una compensación para llenar un vacío personal. No, uno no tiene derecho a tener un hijo. Es el niño el que tiene derecho a tener unos padres, que es distinto.
Hay que hacer ese discernimiento; en la adopción no se busca una compensación afectiva, no se llena un agujero, sino que se abraza la cruz y se busca la voluntad de Dios en nuestra vida.
Hay una frase del Papa pronunciada en enero de 2022 que dice: «Pienso en particular en todos aquellos que se abren a acoger la vida a través del camino de la adopción, que es una actitud generosa, bella. Una de las formas más sublimes de amor y de paternidad."
San José es un ejemplo que nos muestra que este tipo de vínculo no es secundario, no es un expediente, sino que es una de las formas más sublimes de amor y de paternidad.
Es una paradoja que haya clínicas en las que en el piso cuarto, lo digo por decirlo de alguna manera, en el piso cuarto se practiquen abortos, mientras que en el piso quinto de la clínica se fabrique artificialmente la vida en un laboratorio; además, con otra paradoja: fabrican artificialmente la vida en unos embriones cuyo final será mayoritariamente la destrucción y solo unos pocos serán implantados.
Un detalle más, porque como hemos dicho, no solamente el catecismo dice que en una esterilidad se puede manifestar la generosidad de adoptar niños, sino también de realizar servicios abnegados en beneficio del prójimo. Dios puede permitir una soltería o un matrimonio sin hijos para que ellos entiendan que pueden dar la vida de una manera especial. Todos tenemos una paternidad y maternidad espiritual, también los sacerdotes. Los sacerdotes somos conscientes de hasta qué punto el celibato nos hace especialmente aptos para servir a más personas. De alguna forma, fijaos bien, esa mayor capacidad de servicio, esa mayor capacidad de entrega, la vive el que no tiene compromisos familiares y también el matrimonio que no tiene descendencia propia.
Cada uno tiene que discernir de qué manera el Señor ha pensado para él la forma de amar y dar la vida. La vida está para darla. La felicidad no consiste en apropiarnos de unos momentos de placer y procurar nuestro bienestar; no, la felicidad consiste en darnos y entregarnos.
El que busque su vida, la perderá, pero el que se olvide de sí mismo y se entregue se encontrará.
Esta es la gran enseñanza que nos da este tema que estamos desarrollando.
Nadie tiene derecho a tener un hijo. Un hijo es un don de Dios. Y cuando uno no recibe ese don, tiene que estar atento a qué otro don quiere darle Dios. Porque con toda seguridad, cada uno de nosotros estamos llamados a recibir el don de Dios y a entregarlo, a compartirlo. Estamos llamados a saber que no nos poseemos en propiedad, que somos de Dios, para el servicio de los demás, que somos de Dios para la vida del mundo. Por eso acojamos esta vocación de Dios, discernamos para entender cada uno de qué manera Dios nos permite el don de la fecundidad en esta vida.
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