Continuamos con nuestras reflexiones en torno al amor y a la sexualidad. En esta séptima sesión vamos a reflexionar en torno al drama del divorcio y la apuesta por el matrimonio.
Recordemos que el matrimonio es para siempre por ley natural, no es la Iglesia la que haya añadido esa característica al amor matrimonial.
El amor es para siempre, si bien es cierto que en el caso de los cristianos este requisito de amor matrimonial para siempre por ley natural se ve reforzado por ese símbolo que es el amor fiel
y fecundo de Cristo a su Iglesia, que Cristo ha elevado a una condición sacramental como dice San Pablo en la carta a los Efesios.
Por otra parte, hemos recordado también en programas anteriores que, aunque exista esa resistencia a reconocer en el amor la vocación de ser para siempre, aunque exista esa resistencia, en el fondo, los que contraen matrimonio, aunque digan que no creen en la indisolubilidad del matrimonio, ellos desearían abiertamente cuando se casan que el divorcio no llegase nunca, porque comprenden que el divorcio es un fracaso; incluso los que han fracasado en la indisolubilidad matrimonial desearon que su matrimonio fuese para siempre; todos están de acuerdo en que el divorcio es un mal, un mal que hay que prevenir.
Pues bien, vamos a prevenirlo. Es importantísimo que reflexionemos de manera que tengamos la conciencia de cómo debemos prevenirlo. Aquí en España, yo creo que en todos los
países, existe la normativa de las administraciones respecto a los vehículos en la que, después de un número de años en uso, impone la obligación de revisar el vehículo en un sitio previamente autorizado, con el fin de garantizar su aptitud para la circulación. Esta revisión, aquí en España, se le llama pasar la itv.
Creo que, en España y en todos los demás países, necesitamos la iniciativa pastoral que un grupo de sacerdotes han puesto marcha: una itv matrimonial. Es decir, una itv que revise
nuestros matrimonios, que revise nuestros principios y valores, la forma de vivirlos y actuarlos para que se cumpla nuestra vocación al don del amor y de la fidelidad a los que hemos sido
llamados.
¿ Por qué el divorcio es un mal? Porque produce importantes heridas a los cónyuges. Porque es un fracaso, una desilusión. Es un fracaso que supone la desilusión de que el proyecto que comenzaron se ha hecho imposible. Con mucha posibilidad, uno u otro o los dos, en el fondo, se sentirán no amados y, en algunas ocasiones, traicionados y hemos sido creados para amar y ser amados y eso lleva a la frustración.
Con frecuencia, además, esto va acompañado de discusiones muy duras y muy dramáticas sobre diversos temas: el desamor, los hijos, la economía del hogar, la falta de diálogo, etc. En tales condiciones se hace imposible la convivencia y, terminan solicitando el divorcio. Unas veces, las menos, lo hacen de mútuo acuerdo; otras, lo solicita uno de los dos, incluso, sin darlo a conocer a la otra parte. Lo correcto sería que si va a producirse un divorcio que sea en las condiciones menos
dramáticas posibles; pero, es obvio que no sucede así porque ambos se sienten muy presionados por la situación.
El divorcio genera problemas muy fuertes para ambos y, especialmente, para los hijos.
Un elemento a subrayar son los problemas económicos que se suelen generar: hay que mantener dos casas abiertas en vez de una, las pensiones compensatorias. El divorcio es una de las causas principales de pobreza y, por cierto, esto es algo que no se dice, que se oculta. En muchos de los estudios sociológicos sobre la pobreza se está ocultando algo que todos sabemos, que el divorcio es uno de los elementos que generan la pobreza social de una manera más evidente y, lo que es más doloroso, también produce heridas muy duras en los hijos.
Los hijos desean convivir con sus progenitores que en su masculinidad y en su feminidad complementan su educación; esa complementariedad del padre y la madre se ve duramente
resentida cuando dejan de convivir.
Lo que es peor todavía, con frecuencia los niños se sienten culpables de la ruptura de sus padres. Se autoinculpan y piensan: igual nos hemos portado mal y por eso se han separado. No podemos imaginarnos cómo un niño puede llegar a vivir esa situación, incluso entra en crisis su relación con Dios. Así lo manifiestan cuando dicen: Yo he pedido a Dios por papá y mamá. Y si, finalmente, se produce el divorcio, podemos ser también motivo de una profunda crisis espiritual y de fe en el corazón de nuestros hijos.
Añadamos a esto el miedo al abandono que experimenta un niño en el divorcio de sus padres. Será muy importante dejarle claro de que nos separamos nosotros pero nunca te vamos
a abandonar a ti. El niño tiene miedo al abandono, ha sufrido mucho viendo cómo la relación de sus padres se deterioraba, puede haber escuchado muchas más cosas de las que nosotros
suponemos porque es imposible que una crisis matrimonial se viva de manera que los hijos no sean testigos de ella, es imposible por mucho cuidado que se pueda tener.
Con frecuencia, los niños son utilizados por los progenitores usándolos como un instrumento contra al otro. Así los niños han ido también comprendiendo que la mala relación entre sus padres es un caldo de cultivo en el que ellos pueden, en cada momento, utilizar al padre o a la madre, dependiendo de lo que les interese conseguir; porque saben que no tienen un criterio unificado y aunque sus padres, en el momento de su separación, les prometan que van a estar plenamente entregados a ellos, ellos inevitablemente tienen miedo de que sus padres no son del todo fiables porque también se prometieron amarse para siempre y ahora se separan; y por lo tanto, la promesa de que van a ser amados de otra manera porque ya no viven juntos sino separados, cada uno en su nueva casa, obviamente les tiene que causar mucho miedo.
Un miedo interior muy fuerte, lo estoy diciendo en medio de una sociedad que no habla de esto, creo que el elemento que más herida genera en los corazones de los niño es la inestabilidad matrimonial; el divorcio es un gran daño al conjunto de la sociedad porque una familia rota contribuye a una sociedad rota y, al contrario, una familia estable contribuye a una sociedad estable.
Sé que estoy poniendo el dedo en la llaga en determinadas cosas de las que no nos gusta hablar; pero son obvias y tenemos que señalarlas, por tanto demos más pasos.
¿Cómo prevenir el divorcio? ya hemos hablado en programas anteriores de distintas formas de cómo prevenir esa ruptura o esa inestabilidad matrimonial.
Los consejos principales son:
1º Tener diálogo profundo entro del matrimonio.
2º Pedir ayuda, siempre que la necesitemos, a una institución o a una persona de confianza.
3º Rezar juntos y apoyarnos en la gracia de Dios.
Esos son los tres consejos principales; pero creo que existe otro tipo de consejos que también quiero desarrollar:
Romper con la tendencia a criticar continuamente; la crítica frecuente del esposo hacia la esposa o viceversa y la crítica frecuente hacia otras personas minan las bases del matrimonio; estar continuamente quejándose, en vez de tener pensamientos positivos y motivadores es algo que termina determinando. Por ejemplo, yo me haría las siguientes preguntas, ¿soy más proclive a subrayar a mi cónyuge las cosas que ha hecho mal o a darle las
gracias y a agradecerle las cosas que ha hecho bien? ¿soy de los que dedican más palabras y más tiempo a criticar lo malo o a reconocer lo bueno?
Unas respuestas sinceras nos ayudarán a conocer las cosas con claridad: El que tiende a ver lo negativo, tiende a generarlo; repito, tiende a generarlo, porque es su tendencia y, en el
fondo, tendemos a generar nuestra tendencia crítica, incluso, aunque lo que estemos diciendo pueda ser verdadero; pero, estamos apuntando en dirección de nuesra tendencia.
La tendencia hipercrítica suele ser reflejo de una persona con un falso ideal perfeccionista, que no tolera las heridas de la realidad de la vida.
No, no es lo mismo perfeccionismo que santidad.
No es lo mismo ser santo que ser perfecto. Ser santo es vivir nuestra vida en plenitud de amor, sobrellevando nuestros límites y nuestras flaquezas.
Hay un libro por ahí titulado “Los defectos de los santos” en el que se subraya que los santos también han tenido defectos de los cuales ellos son moralmente responsables.
Los defectos de los santos, es decir, la santidad no es lo mismo que el perfeccionismo; éste supone que no existan defectos; la santidad, en cambio, es llevar adelante la plenitud del amor en medio de los defectos. Esta distinción nos hará mucho bien cuando pensamos “yo tengo que ayudar a que mi esposo para que sea perfecto”. No, perfecto no; santo, sí.
Es verdad que hay un texto en el Evangelio de San Mateo( 5,48: Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial) en el que se utiliza el término perfecto como sinónimo de santidad.
Pero creo que es legítima la distinción hecha, porque la Iglesia, cuando habla de santidad, no la equipara a lo que nosotros entendemos como perfeccionismo. La búsqueda de santidad no coincide con el afán de perfeccionismo que lleva a no tolerar los defectos del prójimo; acordémonos de que, entre las obras de misericordia, no solo está la de corregir al que yerra, sino también la de sufrir con paciencia los defectos del prójimo.
Eso es una obra de misericordia, sufrir con paciencia los defectos del prójimo, querer a las personas como son, pues así es como Dios las quiere, no como nos gustaría que fuesen, sino
partir de la aceptación de la realidad.
También creo que nos ayudaría mucho comprender que Dios quiere, para mi santificación, que me sirva de la virtudes de mi cónyuge y también de sus defectos. Dios también se sirve de los
defectos de nuestro cónyuge para nuestra santificación.
Otro paso más. Mi mayor aportación al matrimonio es vivir en estado permanente de conversión, porque ser cristiano es vivir en estado permanente de conversión.
Los esposos cristianos viven en estado permanente de conversión, por esta razón tan sencilla: Estar casado y ser egoísta es una bomba.
Si me permitís el ejemplo: Es como ser cura y ser ateo. Es una combinación bastante complicada. Pues estar casado y ser egoísta es una una combinación insufrible; por eso el
matrimonio solamente puede vivirse en un estado permanente de conversión.
Es pensar no en clave de yo, ni en clave de tú, sino en clave de nosotros.Para eso tiene que haber un giro copernicano de nuestro egoísmo, pasar de tener como centro de nuestra vida al yo, a tener el nosotros.
Otro ejemplo: En la relación con el otro cónyuge no tenemos que ser un termómetro sino un termostato. Todos sabemos que el termómetro mide la temperatura que tiene la persona que se lo pone; ahora bien, cada vez que un cónyuge juzga al otro, se está comportando como un termómetro, está midiendo al otro. Tenemos que ser un termostato, el dispositivo que conectado a una fuente de calor sirve para regular la temperatura ambiental de manera automática impidiendo que suba o baje.
Eso es lo que tenemos que ser, un termostato que compense al otro y sea factor de equilibrio, de cambio en el seno de la familia. Es muy distinto ser un termómetro o un termostato y,
por cierto, esto se puede aplicar a todos y en todas las circunstancias. Ahora estoy hablando del
matrimonio pero vale igualmente para la vida de los sacerdotes.
Todos estamos llamados a no ser un termómetro del otro sino un termostato.
Por ejemplo, en una parroquia en la que hay varios sacerdotes y en la que esos sacerdotes tienen una mala relación entre ellos. ¡Qué antitestimonio! ¡Qué poco fecundo es un ministerio cuando un sacerdote juzga al otro y el otro le juzga a él!.
Por lo contrario, cuando ellos son conscientes de que son distintos y, en lugar de juzgarse y ser termómetros uno para el otro, son termostatos, entonces es cuando se complementan y se compensan entre ellos, entonces es cuando verdaderamente son capaces de servir al pueblo de Dios. Por lo tanto, esto hay que aplicarlo no solo al matrimonio sino a todas ls cicunstacias de la vida.
Es importante en el matrimonio cuidar nuestro corazón porque sabemos que en la vida social tenemos muchos tipos de relaciones y nuestro corazón se puede ir fácilmente, no podemos ser objeto de tentaciones de ciertas relaciones afectivas; creo que hay que ser valientes. En esto el evangelio es muy pedagógico, cuando dice aquella famosa expresión «si tu
mano te hace caer; córtatela, que más te vale ir manco al reino de los cielos que no con dos manos a la perdición; y si tu ojo te hace caer, sácatelo, que más te vale ir tuerto... ».
Como os podéis imaginar, el evangelio no está dando un consejo de amputaciones, sino que nos está hablando de la radicalidad evangélica en el seguimiento a Jesucristo.
Bueno, pues hay que tener radicalidad evangélica en lo que se refiere al cuidado del corazón. Pueden darse perfectamente situaciones en las que uno tenga que cortar por lo sano, cortar por lo sano sabiendo que puede incluso requerir, ¿quién sabe?, hasta la prudencia de un cambio de trabajo u otro tipo de decisiones radicales. Cuando está en juego el cuidado del
corazón la radicalidad evangélica es muy luminosa.
Otro consejo más: Para cuidar la fidelidad y la estabilidad de nuestro matrimonio hay que
poner el acento más en el compromiso que en los sentimientos, porque a veces confundimos amar con sentir; los sentimientos, y no digamos las emociones, son volubles y no pueden ser
tomados como el elemento principal para discernir la salud de un matrimonio. El sentimiento es educable, debe de ser educado y no debe prevalecer en forma romántica.
Chesterton, que por cierto tuvo un matrimonio maravilloso, estaba profundamente enamorado de su esposa y ella, a pesar de ser él muy desordenado, fue clave para que él tuviese un gran éxito literario. Decía Chesterton que “no solo es el amor el que tutela al matrimonio sino que también es el matrimonio el que tutela al amor”.
Porque el amor es un compromiso no un mero sentimiento. Lo digo con fuerza. El amor es un compromiso, una determinación de dar mi vida, de entregarla. No es un mero sentimiento, luego aquí hay algo clave que tenemos que purificar, la cultura romántica, que, desde el siglo XVII nos ha hecho mucho daño. Hay dos imágenes que pueden aparentar una cierta similitud; pero que no tienen nada que ver. ¿Sabéis a qué me refiero? ¿Cuál es la imagen estereotipada del romanticismo? Lo tenemos claro, el corazoncito con la flecha. ¿Cuál es la imagen del amor
cristiano? El corazón de Cristo traspasado por la lanza del soldado.
Parece que hay similitudes, pero aquí sí que se puede decir que cualquier parecido es pura
coincidencia porque lo cierto es que la flechita del concepto romántico es una referencia a que el
amor es un sentimiento no controlable que viene y se clava sin que yo sea capaz de controlarla;
sin embargo la lanza que traspasa el corazón hace referencia a un compromiso de amor
ineludible. Más claro. Mientras que el romanticismo dice que el amor no necesita compromisos,
que el amor es una emoción que no se puede trasladar al compromiso de un pacto expresado en
unos papeles.
Acordaos de aquella canción: Yo no necesito unos papeles grises para amar, una canción
de mayo del 68. El amor está fuera de cualquier tipo de formulación de compromiso. El amor es el
cordón que ata y une con el ser amado. Todo lo contrario de esa imagen romántica en la que el
amor no se ata a ningún compromiso. El que tiene miedo a comprometerse, el que tiene miedo a
atarse, en realidad, no ama.Un consejo más. Creo que es importante partir de la aceptación y no esperar a que el otro
cambie. Ya sabemos que en el matrimonio debemos orar por la conversión del cónyuge, además
de por la conversión de sí mismo. A la única parte del matrimonio que Dios ha dado la capacidad
de cambiar es la que ves cuando te miras al espejo por las mañanas, esa sí, esa parte del
matrimonio sí que puedes cambiarla.
Por eso, además de desear y pedir la
conversión, tenemos siempre que priorizar la
nuestra; es el principio de sabiduría el que nos dice acéptate, ofrécete, ten autocrítica y ponte en
la presencia de Dios.
Quiero terminar subrayando los consejos principales que se suelen dar a los matrimonios
son: el de la comunicación entre ellos, el de buscar un consejero cuando tienen una crisis y el de
la oración conjunta entre ellos. Quiero subrayar esto, especialmente en este momento y terminar
diciendo: la familia que reza unida, permanece unida, como decía el padre Peyton. Familia que es
capaz de rezar unida, sin duda alguna está poniendo unas bases fuertes, unas bases firmes, que
Dios está en medio de ellos.
Fijémonos en lo que significa consagrar nuestra familia al Sagrado Corazón de Jesús,
pedirle la gracia de que reine entre nosotros. Quiero compartir con vosotros un recuerdo de mi
infancia: Cuando rezábamos el rosario en familia, nuestro padre solía añadir siempre un
Padrenuestro para que toda la familia nos juntemos en el cielo y, claro, ver a tu padre rezar un
Padrenuestro para que todos nos juntemos en el cielo es un proyecto de amor que es para
siempre, porque, aunque la muerte nos separe aquí, la vida no se termina aquí sino que empieza
la vida que nunca terminará.
Es que somos un proyecto indivisible de Dios, un proyecto que traspasa incluso nuestro
tránsito de esta vida y que se adentra en la vida eterna. Os invito a que la oración sea columna y
sustento de nuestras familias y especialmente de nuestra unión matrimonial.
No hay comentarios:
Publicar un comentario