Continuamos con estos programas en los que estamos desarrollando la visión cristiana del amor y la sexualidad. Os recuerdo que la primera reflexión tenía como título Qué visión tiene la iglesia de la sexualidad, la segunda fue La familia según el plan de Dios, la tercera fue Aprender a amar, madurez en el amor y hoy que desarrollamos la cuarta tiene como título Heridas afectivas en la adolescencia.
Como veis entramos en un tema muy concreto, que muchas veces sufrimos en el seno de la familia; hoy en día se habla mucho de las heridas biográficas o afectivas; no me refiero exclusivamente a las personas que han sufrido algún tipo de agresión, que también, sino de las personas que no se han sentido amadas suficientemente en la tempran edad de la adolescencia.
¿Por qué no se han sentido amadas? Porque han tenido problemas familiares o porque son muy sensibles y han percibido determinados desórdenes de forma muy fuerte y lo han sufrido de una manera desproporcionada. Estas situaciones han generado heridas que tienen grandes consecuencias y muy incisivas en la vida adulta.
La falta de afecto que un hijo ha podido tener en su infancia y/o adolescencia produce en él una profunda herida, una sensación de que no es valioso; el niño no suele pensar no me quieren porque están muy ocupados, sino que suele pensar no me quieren porque yo soy malo, porque me lo merezco, porque soy menos importante que mis amigos, ese niño piensa de una manera que le hace desarrollar una baja autoestima.
La baja autoestima se suele manifestar de dos maneras que parecen contradictorias; las dos pueden aparecer en momentos distintos de la misma persona; por una parte, a veces la baja autoestima se manifiesta con momentos de tristeza, con dependencias de otras personas, con dificultad paratomar decisiones, con inseguridades; pero, otras veces, la persona estalla y la falta de autoestima se manifiesta en intentar dominar a los demás, quedar por encima de los demás, ser prepotente.
Quedar por encima de los demás, en el fondo, es una manifestación del narcisismo que, a veces, se manifiesta encerrándose en una especie de burbuja victimaria. ¡Pobrecito de mí!. Pero
otras veces se manifiesta de una forma agresiva, pretendiendo quedar por encima de todos los demás de manera prepotente.
Es muy importante que seamos capaces de identificar esas heridas para impedir que generen incluso problemas de identidad sexual, dificultades para poder llevar adelante un amor maduro, para que no destrocen también la vida familiar. ¡Qué importante es identificar esas heridas! También hay que estar atentos, preventivamente, a su formación porque las heridas no solo nacen de haber tenido modelos desestructurados en la familia, de haber tenido malos modelos de referencia sino que también es obvio que la adolescencia es una edad difícil en laque una familia puede llegar a sufrir mucho porque se producen crisis profundas bastante impredecibles y sin explicación lógica.
Si por algo se caracteriza la adolescencia es porque le falta lógica, uno no se entiende a sí mismo, tiene muchas paradojas y muchas incoherencias. Por ejemplo, voy a subrayar algunas.
A veces el adolescente puede estar pivotando entre la presunción o la desesperación; parecen dos cosas contradictorias, la autosuficiencia de quien tiene una falsa seguridad en sí mismo que se considera el ombligo del mundo, o por el contrario, pensar que soy una basura, no sirvo para nada, hubiese deseado no haber nacido, estoy deseando quitarme de en medio.
La adolescencia puede pivotar entre la presunción y la desesperación, es un tiempo de falta de equilibrio, en el que todavía el equilibrio no se ha alcanzado y uno tiene esos vavienes tan fuertes. Otras veces se pivota entre el afecto y la rebeldía; entre la ternura de amor hacia sus padres y el inconformismo rebelde del espíritu de contradicción y afán de discutir con sus padres.
¡Cuántas contradicciones! Unas veces es superafectuoso, supercariñoso y otras, de repente, se muestra rebelde. Yo, padre o madre, ¿con qué imagen me quedo? ¿Con la del hijo cariñoso o con la del rebelde? ¿Cómo puede tener esos vaivenes dentro de él?
Otras veces tiene grandes ideales, es muy idealista, es el reivindicador de la justicia universal y, por otra parte, un instante después, se muestra egoísta, que lo quiere todo para él y pone su egoísmo por encima de sus hermanos. El que era una especie de apologeta de la justicia internacional sin embargo no es capaz de vencer su egoísmo en la relación con los demás.
También quiero subrayar la siguiente contradicción muy propia de la adolescencia. Por una parte, valora mucho la autenticidad, ser tú mismo, no dejarte llevar a la esclavitud de lo que los demás piensen de ti; pero, al mismo tiempo, tener todo tipo de complejos: que si no voy a la moda, que si no respondo a lo que los demás desean de mí, o a lo qe me piden, que si no respondo a los estándares en mi forma de vestir.
Enseguida entro en complejos, porque ¿cómo es posible que yo reivindique tanto que tenemos que ser uténticos y que no me importa lo que piensan de mí, cuando estoy de complejos por cómo visto, por cómo me miran?
Sí, la adolescencia es un tiempo de contradicciones. En la sesión anterior hablamos de educar para aprender a amar. Creo que debemos sopesar la importancia de educar en una sana autoestima, tanto en la infancia como en la adolescencia. La falta de autoestima se suele hacer patente en la necesidad de reconocimiento que uno tiene para alcanzar seguridad y superar su vulnerabilidad. El que no tiene esa seguridad en sí mismo corre el riesgo de mendigar reconocimiento y, cuando uno mendiga reconocimiento, acaba haciendo todo lo que los demás quieren que haga para ser aceptado; es totalmente vulnerable.
Se trata, por lo tanto, de ayudar a nuestro hijo adolescente a que descubra a quién le importa de verdad.
Vamos ver: yo importo de verdad a Dios, importo de verdad a mi familia. Ellos son los que verdaderamente me quieren. Dar el salto de la educación interior es un salto de gigante, una granbatalla, la batalla de ayudar al adolescente, al joven a descubrir a quién él importa de verdad; para descubrirlo es importante no avergonzarse de los valores recibidos en la familia. Avergonzarse suele ser síntoma, por ejemplo, de que no me gusto a mí mismo, de que no estoy a gusto conmigo mismo, y por eso, soy o me hago huidizo y esquivo; por eso, tengo resistencia a dejarme querer, me siento como avergonzado. Por ejemplo, no tolero en público manifestaciones de cariño de mis padres porque me siento ridículo si los demás lo ven.
Y entonces, los padres no tenemos que escandalizarnos, ni sentirnos decepcionados, ni pensar que nuestro hijo nos ha traicionado; tenemos que ser conscientes de que está en medio de la adolescencia, hay que tener paciencia.
Quizás un primer paso pueda ser que ayudemos a nuestros hijos a que caigan en la cuenta de lo irracional que es sentir vergüenza por algo de lo que no deberías avergonzarte, aunque no puedan dejar de sentirla. Es cierto que existe esa vergüenza tóxica dentro de nosotros; pero, no es verdad que solo con decir a un adolescente: ¿te das cuenta de que te estás avergonzando de algo de lo que no debías avergonzarte?
Solo con decírselo no se soluciona el problema, es inecesario y muy mportante que llegue a entender lo que le está sucediendo. Permitidme que comparta una experiencia: A veces, ayuda mucho a un adolescente verse desde fuera porque entonces él juzga las cosas con mayor objetividad y para eso suele ayudar mucho (os va a sorprender con el consejo que os voy a dar).
Decía que un buen cine puede ayudarle mucho, hay muchas películas que abordan las crisis de los adolescentes para que se vea a sí mismo desde fuera y se vea con mucha mayor objetividad. Puedo añadir que, en mi experiencia de trabajo con los jóvenes, he utilizado muchos de estos recursos. Deseo presentaros 4 películas y una serie, todas muy interesantes para nuestro propósito, aunque tienen bastantes años:
Rebelión en las aulas,(1967): Película de Sidney Poitier, la historia del profesor en un instituto marginal de Londres dónde tiene que dar clase a unos alumnos muy rebeldes...
Vivir para siempre, (2010): La historia de un niño de 12 años que quiere conocerlo todo: qué se siente al tomar el primer trago de cerveza, al dar la primera calada a un cigarrillo y al besar a una chica. Tiene leucemia y los adultos no responden a sus preguntas.
Win Win, Ganamos todos, (2011) : Una comedia dramática estadounidense…Un abogado sin suerte, dedica su tiempo libre a entrenar a los muchachos de una escuela de lucha libre.
Beautiful Boy: Siempre serás mi hijo, (2018): Crónica de la lucha de un adolescente por salir de la droga.
Joan de Arcadia: Una serie de 45 episodios repartidos en dos temporadas.
Hay recursos muy interesantes para que un joven afronte la crisis de la adolescencia y la vergüenza tóxica en la que puede llegar a romper con sus raíces familiares.
La pregunta es ¿quién es más real el adolescente que se hace el duro ante sus padres porque tiene su afectividad secuestrada y la encubre haciéndose el duro, retando a sus padres o el que, cuando se va a la cama llora y derrama lágrimas, acurrucado entre las sábanas, mientrassus padres creen que está llorando porque en el fondo se siente avergonzado de la situación generada en la familia? ¿Quién es más real, el retador o el que llora? ¿Qué pesa más en mi vida, mi imagen o mi realidad?
Nosotros, obviamente, lo que tenemos que intentar, es un acompañamiento paciente que identifique las heridas, que seamos capaces de sanarlas, también de pedir perdón si ha podido existir en nosotros algo que haya generado heridas, o sencillamente tener paciencia en el desarrollo de la crisis del adolescente, ayudarle a superar esa tendencia a avergonzarse de su familia y de sus raíces.
Jesús dice en el evangelio, bienaventurado aquel que no se avergüence de mí. Y eso mismo creemos que tiene que ser trasladado a la propia familia, bienaventurado quien no se avergüence de su familia, quien no se avergüence de la educación recibida, ni de sus valores.
Obviamente, este proceso hay que hacerlo con paciencia porque estamos en una batalla para vencer la inmadurez de la emotividad, de lo vamos a hablar a continuación.
La inmadurez de la emotividad: Nuestra cultura tiende a confundir amor y emoción con unas consecuencias muy graves para los adolescentes. Qué importante es que en la educación al amor, de la cual hablamos en la sesión anterior, introduzcamos, por ejemplo ese principio ignaciano en el que se subraya que el amor se muestra más en las obras que en las palabras, incluso más que en los gestos.Es importante entender que el amor maduro se muestra más en las obras que en los besos.
También hay que subrayar la diferencia esencial entre sentir y querer. Son cosas distintas, no es lo mismo lo que yo siento que lo que yo quiero. A veces, sentimos, tenemos sensaciones que no forman parte de nuestra voluntad, tenemos sensaciones contradictorias y no nos asustamos por ello y no nos sentimos hipócritas sino que sabemos sobrellevar ese momento.
He aquí unas ideas para llevar adelante el camino de sanación de las heridas afectivas de la infancia y de la adolescencia.
Primera: Somos lo que somos para Dios, no lo que los demás perciben de nosotros.
La realidad de nuestra vida es cómo Dios nos ve, por eso, nos tenemos que atrever a hacer esta pregunta: Señor, ¿tú cómo me ves? Este es el primer aspecto clave para ir al camino de sanación.
Segunda: Partir del convencimiento de que Dios nos quiere tal y como somos. A pesar de tus contradicciones, a pesar de tus crisis, Dios te quiere tal y como eres; no está esperando a que venzas tu crisis para empezar a quererte. Te quiere tal y como eres; pero, al mismo tiempo, desea tu madurez y tu santidad. Cuando se quiere a una persona se desea su bien; Dios te quiere tal y como eres pero te sueña distinto, te sueña santo.
Introducir esto en el corazón de un joven adolescente es clave para superar complejos y para superar la falta de autoestima. Dios te quiere tal y como eres y al mismo tiempo te llama a la
santidad.
Tercera: Hay que ayudar al adolescente a que tome sus propias decisiones. Hacerle entender que debe tomar sus propias decisiones, aunque se equivoque. Debe aprender de las equivocaciones y extraer sus enseñanzas, son una escuela de aprendizaje.
Todo esto que estoy diciendo tiene su límite, obviamente, porque hay errores que no podemos permitir que un adolescente caiga en ellos; pero en ese aprendizaje tenemos que arriesgar para que también aprenda progresivamente a ser autónomo en sus decisiones, por eso tiene que haber una transición en la que le acompañemos, le iluminemos con un diálogo claro y dejemos que él vaya tomando las decisiones.
Cuarta: Acompañamiento en la senda del perdón.
En la adolescencia se cometen muchos, todos en esta vida cometemos muchos errores. El perdón es muy sanador porque nos libera, nos hace entender que nuestra vida puede ser reconstruida, que el hecho de que hayamos cometido errores no nos deja inevitablemente atrapados en ellos. Siempre podemos salir.
También es importante respetar los tiempos de crecimiento de cada persona; si algo senecesita durante la adolescencia es paciencia; creo que es la virtud por antonomasia del educador. En el tiempo de la adolescencia, el educador deberá consumir ua sobredosis de paciencia para poder transmitir la educación en la resiliencia (ese famoso término del cual no solemos hablar con frecuencia); la resiliencia es la capacidad de sobreponerse ante los eventos adversos de la vida; hay muchas contrariedades en la vida; pero, lo importante es tener resiliencia, es decir, tener la capacidad de sobreponernos a ellas y no sentirnos rotos ante los fracasos.
Educar en la fortaleza es educar a los adolescentes a no permitir que un fracaso les deje detrozados interiormente, para no ser tan vulnerables. Educar es llevarles al convencimiento de que son mucho más importantes que sus errores; educar es hacerles comprender que tienen que aprender a tener paciencia consigo mismo, que muchas veces es más difícil que tener paciencia con el prójimo.
Esta formación formación es difícil, no tiene nada de sencilla. Se sufre mucho para educar en el amor y educar en la madurez; están totalmente mezclados la educació en el amor y la educación en la madurez con la educación en la sexualidad. Todo está totalmente integrado, no se puede hacer capítulos aparte; todo forma parte de una unidad dentro dentro de nosotros.
Un enemigo de esta educación integrada es la sociedad del bienestar que nos convierte en esclavos de nuestra comodidad. El hecho de que podamos satisfacer fácilmente nuestras necesidades, no debe impedirnos que luchemos para conseguir nuestros objetivos.
La sociedad del bienestar debería hacernos conscientes de que el exceso de materialismo en la sociedad debilita a esa sociedad y que, consecuentemente, todos deberíamos ser más austeros. Sin austeridad, difícilmente podemos luchar contra nuestras fragilidades.
Otro riesgo que existe es la sobreprotección; a veces, el hecho de haber disminuido tanto la natalidad, ha producido una sobreprotección de los hijos. A veces queriendo quererles mucho se les puede querer de una manera equivocada, con una sobreprotección que les hace muyvulnerables y débiles y luego, cuando les llega la crisis de la adolescencia, resulta muy explosiva porque parece que están como odiando a quienes les han querido sobreproteger. Por lo tanto creo que es importante huir de la sobreprotección.
Creo que la parte de la pedagogía que tenemos que abordar es la de educar en la forma de afrontar las responsabilidades, porque solo se crece cuando tomamos conciencia de nuestras
reponsabiidades.
Por eso, ante todos estos elementos que conforman el panorama educativo pedagógico con el que afrontamos las crisis de la adolescencia, tenemos que pedirle a Dios que nos conceda el carisma de tener una autoridad coherente, una forma de autoridad que integre el afecto y las normas de vida. Son dos cosas que, necesariamente, tienen que estar integradas para poder expresar el amor incondicional y, al mismo tiempo, los límites adecuados en la forma de comportarse tanto en la familia como en la sociedad. Tenemos que pedir al Espíritu Santo la gracia de estado, la gracia propia del estado matrimonial para saber incorporar e integrar estos aspectos.
Permitidme este tema clave: Una mala relación esponsal es muy peligrosa y hace imposible esta educación; la una mala relación esponsal, genera un vacío insoportable que tendemos a llenar con una relación posesiva con los hijos. Este es un panorama muy frecuente: una mala relación esponsal hace que uno se centre en sus hijos y se abandonen uno al otro.
Entonces, los padres buscan consuelo en los hijos. Esto, de alguna manera, les está impidiendo crecer interiormente al sentir la necesidad que sus padres tienen de ellos porque se ven solos, sin su relación esponsal.
Creo que este es uno de los escenarios más frecuentes en los que cuando los matrimonios o las familias en crisis se acercan a los centros de orientación familiar necesitan detectar esta gran herida porque la mayor aportación que podemos hacer para la educación de los hijos, para la educación de los adolescentes y para la educación en amor maduro es la salud en la relación esponsal. Un niño o un adolescente no necesita un super papá y una supermamá, necesita unos padres que se quieran, y que se quieran mucho con amor incondicional.
Esa será la pauta fundamental para afrontar con garantía de éxito la gran crisis de la adolescencia que, de una u otra manera, suele poner a prueba a los padres, porque es cierto que muchos matrimonios se sienten puestos a prueba en la crisis de la adolescencia de sus hijos.
Creo que hay que dar a la relación esponsal la importancia que realmente tiene y ponerla como punto clave y determinante para profundiar en el diálogo con nuestros hijos y, si lo consideramos necesario, buscar el consejo para ayudar, de verdad, a nuestros hijos a que crezcan en su madurez y en su proyecto de integración del amor humano.
Pidamos al Señor la salud de nuestros matrimonios como garantía de nuestra vocación de educadores. Pidamos esta gracia especialmente a la Sagrada Familia de Nazaret.
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