Estamos en la tercera sesión de estas reflexiones sobre la visión cristiana de la sexualidad.
El título de esta tercera sesión es Aprender a amar, madurez en el amor. Bueno, yo sé que alguno habrá pensado ¿Qué es eso de aprender a amar?
Vamos a ver, ¿es necesario aprender a amar? Sí, es necesario. Porque no se nace sabiendo amar perfectamente. ¿Acaso vemos que los niños nazcan sabiendo ya amar a sus padres? El amor a los padres se aprende, no se nace con él. Tampoco es algo instintivo y como todo lo instintivo tiene que ser acogido y no solo racionalizado.
Comencemos por hacer una matización: No es cierto que los impulsos espontáneos no necesiten ser educados. Por ejemplo, se habla de educar la respiración. Está claro que la respiración es espontánea; pero también está claro que muchas veces no respiramos bien porque nuestro diafragma no está bien colocado y no llenamos adecuadamente nuestros pulmones.
Hemos aprendido a hablar de tal forma que no desgastamos la voz, también el habla es algo espontáneo, sí; pero no es cierto que lo espontáneo no deba ser educado porque también debe de ser educado; o la comida, obviamente nacemos sabiendo comer, pero uno tiene que educarse en aprender también a comer. Podíamos poner otros ejemplos para subrayar que en esta vida para todo necesitamos ser educados incluso las cosas más espontáneas.
Además, hay una gran diferencia entre amar y respirar o entre hablar y comer. Hay una gran diferencia porque amar ss algo que supera con mucho un impulso espontáneo; amar es la vocación para la que hemos sido creados, hemos sido creados por amor y para amar.
Permitirme que comparta una experiencia, un recuerdo de mi juventud. Me ordené sacerdote en el año 1986, tenía entonces 24 años. A los 3 años de mi ordenación sacerdotal se estrenó una película muy conocida, El club de los poetas muertos, que creo ha tenido una influencia bastante grande, seguro que muchos la habréis visto. Vi la película acompañado de unos sacerdotes compañeros. Digamos que la tesis de la película era el carpe diem, es decir Vive el momento y déjate llevar por tus sentimientos espontáneos; tu espontaneidad es la que debe marcar tu vida, no pretendas controlar tus espontaneidad.
Yo me quedé impactado porque me daba cuenta de que en la película se estaba gestando una crisis pedagógica muy grande. Vuelvo a la tesis de la película, cuya clave pedagógica en la educación es: no intentar transmitir algo a alguien desde fuera, sino la educación debe de consistir en ayudarnos a sacar de dentro de nosotros mismos nuestras tendencias espontáneas. Entonces la verdadera educación es: sé tú mismo, déjate llevar por tus impulsos, no tengas miedo de tu impulsividad.
Si recordáis los que visteis la película, el profesor invitaba a sus alumnos a que el que sintiese el impulso pusiese el pie encima del pupitre de la mesa y se dejase llevar de su espontaneidad, que eso es lo que tenemos que hacer en cada momento. Déjate llevar por tus impulsos emotivos porque, en el fondo, lo instintivo es lo más auténtico que tiene el hombre.Déjate de racionalizar y de normas morales o éticas, deja que lo instintivo, lo impulsivo sea lo que gobierne tu vida; carpe diem, aprovecha este momento.
Esa era la tesis de aquella película. Recuerdo que salí diciendo ¡madre mía! Porque la película era buena en su producción y, por otra parte, parecía que la película estaba haciendo mella en la sociedad porque enlazaba con la crisis social de mayo del 68, en el que parecía que lo propio era hacer una llamada a la espontaneidad. Hubo un momento de la película en el que pensé: Aquí hay una gran batalla, cómo educar bien el amor.
Bien sabemos que no es cierto que de la mera espontaneidad nazca el bien del hombre; de la espontaneidad pueden salir cosas muy bellas y también pueden salir, y salen, los egoísmos que, a veces, se hacen especialmente patentes.
Con esto no estoy diciendo que la postura cristiana equilibrada sea absolutamente contraria de la que se estaba sembrando sobre la impulsividad y el instinto. No, nuestra postura equilibrada cristiana no es la contraria porque lo contrario de un error no es un acierto sino que tiene que ser una respuesta equilibrada.
Lo cierto es que nosotros no pensamos que haya que tomar como malos a todos los impulsos que tiene el hombre o pensar que todas las emociones que brotan en nosotros son malas, no pensamos tal cosa, pensamos que hay que discernir; de hecho, hay muchos deseos que brotan espontáneos de nuestro corazón que pueden estar sembrados por Dios.
Dios también nos habla a través de los deseos. Dios siembra deseos en el corazón del hombre; el salmo 37 versículo 4 dice: Ten tus delicias en el Señor y Él te dará lo que desea tu corazón. Para que eso acontezca es necesario que tú pongas a Dios en el centro de tu corazón; entonces Dios ordena tu amor y cumple tus deseos.
Es muy importante ver cuál es nuestra relación con los deseos.
Creo que, fundamentalmente, hay tres actitudes ante el deseo:
La primera actitud es la tendencia del adicto que se entrega a los deseos; los deseos son órdenes, eso que veo, eso que quiero; cualquier deseo se convierte en ley, uno se rinde a sus deseos sean los que sean. Las pasiones y los deseos mandan en la vida; en uno manda su apetencia: hago lo que me apetece, hago lo que quiero. No, haces lo que te apetece, que no es exactamente lo mismo. que lo que quieres. Algunos dicen que son libres porque hacen lo que quieren hacer; sí, pero lo que les apetece es otra cosa.
El adicto confunde lo que quiere con lo que le apetece; se convierte en esclavo de sus deseos, llega a estar totalmente entregado. El adicto no se ha enterado de que Dios ha puesto nuestros deseos, no para que sean el fin de nuestra vida sino para que apunten a algo trascendente. Hay un prover bio chino que dice: Cuando el brazo apunta al cielo, el necio se queda mirando el brazo.
Eso es lo que le pasa al adicto. El adicto no se pregunta: ¿hacia dónde apunta este deseo que tengo? ¿qué significa? ¿Cómo lo puedo satisfacer? El adicto no piensa, no se hace preguntas. Lo que hace es satisfacer su deseo inmediatamente tomando una pastilla y, alrepetirlo, genera la adicción. La pastilla ¿le dio satisfacción? Sí, le dio una satisfacción pasajera; como se dice vulgarmente, la pastilla es pan para hoy y hambre para mañana. Inmediatamente le genera más deseo, más hambre, más insatisfacción y vuelve de nuevo a empezar.
Ese es el gran drama del adicto que confunde deseo con apetencia y los deseos no son lo mismo que las apetencias; no es lo mismo querer que apetecer. Ese es el gran el gran drama que tiene el adicto. Me vais a permitir que comparta una anécdota que viví con un grupo de jóvenes a este respecto.
¿Cómo distinguir querer y apetecer? Estaba con un grupo de jóvenes y queriendo iluminar esto les pregunté ¿quién me dice la diferencia que hay entre quiero y me apetece?
Nadie se atrevía a responder. Uno de ellos intentó hacerlo; pero, había una imposibilidad de distinguirlo. Queriendo ayudarles, pregunté a uno de ellos ¿tu padre esta mañana a qué hora se ha levantado para ir a la fábrica. Dijo: muy temprano, a las 5. ¿Y tú crees que le apetecía? No, me contestó. ¿Y tú crees que quería? Me dijo: No, tampoco. Le dije: Pero hombre, claro que quería; apetecer no le apetecía porque no le apetecía madrugar tanto; pero sí quería. Me llamó mucho la atención. Yo pensaba que les había puesto un ejemplo que facilitaba la distinción entre quiero y me apetece; pero me llamó profundamente la atención la dificultad de distinguir ambas cosas.
El adicto no las distingue, sino que confunde su voluntad con su apetencia y entonces fácilmente se convierte en adicto.
La segunda actitud es la tendencia del estoico. El estoico no es muy frecuente en la cultura de nuestros tiem os, pero existe. El estoico es aquel que vive temiendo y rechazando sus deseos, intenta incluso negarlos, porque tiene vergüenza de ellos.sus deseos.
Hoy en día también hay un tipo de antropología muy condicionada por el budismo que tiende a negar los deseos, que también puede estar dentro de estas actitudes; pero, cuando uno niega sus deseos, y lo cierto es que existen, corre el gran riesgo de que estos deseos reprimidos vuelvan a la carga y la negación represiva suele, muchas veces, estar seguida de un desahogo secreto de esos deseos que tú has negado y que luego se sienten frustrados y se vengan en nosotros y vemos que se hacen presentes como un tubo de escape que no eres capaz de controlar.
Esta tendencia de tipo estoico de negar nuestros deseos es no vivir en verdad y no partir de la realidad del corazón humano.
La tercera actitud es la de la antropología cristiana que ASUME la existencia de los deseos, que incluso pueden estar siendo suscitados por Dios; pero, al mismo tiempo, sabe que esos deseos se han mezclado con unas pasiones que han sido heridas por nuestro pecado y tienen que ser discernidos. La actitud propia del cristiano que descubre a Dios detrás de cada deseo y sabe que los deseos pueden llegar a ser la puerta para llegar a Dios pero, como he dicho, si sabemos educarlos y purificarlos. En resumen, Dios no es enemigo de nuestros deseos sino que quiere satisfacerlos hasta un punto igual o superior al que nosotros pensábamos. Dios quiere saciar las aspiraciones más profundas que anidan en el corazón del hombre pero para eso hace falta identificar, discernir, purificar y educar.
Vuelvo al título de esta reflexión Aprender a amar, la madurez en el amor. Quizás, el gran error para hacer este proceso de aprender a amar es pensar que el amor está ligado a lo emotivo, que el amor está ligado al corazón, sin conexión con la razón.Eso es un error el amor está tan ligado a la razón como al corazón.
Pongo un ejemplo concreto: Imaginémonos que un diabético al que le atrae fuertemente lo dulce, porque lo dulce puede llegar a ser muy apetecible, pero sabe por la razón que no le conviene, que le puede producir una subida de azúcar en la sangre, que hasta puede ser mortal para su vida. Entonces su discernimiento le dice que tiene que dejarse iluminar por la razón.
Que este ejemplo sirva para entender que en esta vida puede haber muchas cosas que nos atraigan, que incluso sean buenas, pero que tiene que haber un discernimiento en base a una jerarquía de valores que se hace no solo con el corazón sino también con la cabeza, porque la madurez en el amor es amar tanto con la cabeza como con el corazón para no hacer daño a uno mismo ni a los demás.
Vais a permitir que ponga un ejemplo concreto: Cuando se piensa que el enamoramiento es una chispa que brota del corazón y ante la cual no se puede poner ningún freno. Imaginemos que a un hombre casado le salta la chispa y se enamora de una mujer que no es la suya.
¿Qué interpretación tiene que hacer? La interpretación de decir: yo me dejo llevar por mi espontaneidad, no puedo negarme a mí mismo el sentimiento de estar enamoramiento de esa mujer. Ser sincero con uno mismo es dejar que la espontaneidad brote y se desarrolle.
No es esa la lectura que tiene que hacer; al contrario, tiene que pensar: Esto que siento no es razonable porque yo tengo un compromiso de amor con mi esposa, sé que mi proyecto de amor está funcinando; por lo tanto yo no puedo dar a este impulso de emotividad carta de ciudadanía, carta de veracidad, porq e en esta emoción de enamoramiento que siento no hay conjugación posible con el sentido de mi vida, con el sentido de mi vocación.
Esta reflexión no es represora, en el sentido negativo de la palabra, sino que es un discernimiento propio de quien busca la luz para salir de un engaño, porque hoy en día se confunde con facilidad la tendencia del corazón con la tentación que estoy sintiendo; no es una tendencia, es una tentación. No confundamos la tendencia con la tentación. Fijémonos hasta qué punto la educación en el amor es clave para ver cómo uno responde ante la posibilidad de un enamoramiento.
Lo mismo le puede pasar a un sacerdote que sienta un sentimiento determinado que sabe que no es compatible con su compromiso de celibato y deba tener también un criterio racional de cómo lo aborda.
Educar nuestro corazón requiere tener una jerarquía de valores y estar dispuestos a sacrificar las cosas pequeñas por las cosas más valiosas, requiere tener dominio de nosotros mismos sobre nuestras apetencias, un dominio que nos permita ser perseverantes; siuno no tiene la voluntad educada en la perseverancia va atener problemas porque obviamente la perseverancia es necesaria en esta vida para todo, si no hay perseverancia difícilmente se puede llegar a la fidelidad.
Todos estos conceptos que estoy utilizando forman parte de esa educación en el amor para poder llegar al amor maduro; sí, aprender a amar es necesario. Vamos a ver la forma más concreta de este proceso de purificación y maduración en el amor. Se suele distinguir amor de benevolencia o amor de ágape con el amor de concupiscencia o amor erótico.
El amor de concupiscencia es aquel amor que de alguna manera ama pero buscándose a sí mismo, me gustas porque obtengo un beneficio de ti y ese amor de concupiscencia o amor de erótico existe en nosotros y no nos tenemos que avergonzar, porque forma parte de nuestra antropología. Pero existe otro amor, el amor de benevolencia, que dice te quiero tanto que procuraré lo mejor para ti, pensaré en tu bien. El amor de benevolencia es no pensar en mi satisfacción sino pensar en tu bien.
El amor de agapé, . El amor de agapé es el amor con el que Dios nos ama, Dios nos ama en el olvido de sí mismo y Dios nos ama, no desde nuestro merecimiento, sino desde su amor gratuito y a fondo prdido. Dios no ama al hombre en base a su merecimiento sino Dios ama desde el don infinito de su amor y misericordia.
Teniendo en cuenta estos diferentes conceptos de amor ocurre que cuando alguien comienza un proceso de maduración en el amor es muy posible que tenga que ir pasando del amor de concupiscencia al amor de benevolencia, porque intenta puede tener un primer amor que no respeta al otro, que pretende que el otro esté hecho a mi imagen y semejanza, que se adapte a mis gustos, se adapte a mis planes; o sea uno tiende a utilizar a la otra persona para hacerla a su imagen y semejanza. Ese es un amor de concupiscencia que tiene que ser purificado por un amor de benevolencia que sea capaz de pensar en el otro, de ponerse en lugar del otro.
Trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti; eso es el amor de benevolencia que purifica al amor de concupiscencia. El amor de concupiscencia, en sí mismo, no es pecaminoso. Es como un impulso, una pasión que da fuerza al amor; pero es como un caballo que tira del carro; pero, como no sea llevado adecuadamente con las bridas, lo que puede hacer es descarrilarnos. El amor de concupiscencia, esa tendencia impulsiva erótica tiene que ser educada desde el amor de benevolencia y, obviamente, el amor de benevolencia se consuma desde el amor de Dios, desde el amor de ágape en el que Jesucristo nos muestra cómo Él puede amar al hombre pecador.
Cristo nos amó, no esperó a que nosotros fuésemos santos, sino que a pesar de nuestro pecado nos amó incondicionalmente con el amor más grande, el más maduro; ese es el amor revelado por Jesucristo. Vamos a llegar a una última consecuencia: Resulta que el amor por antonomasia es el revelado por Jesucristo porque Dios es amor, no olvidemos esto, Dios es amor.Y ¿dónde está la revelación de ese amor en Jesucristo? El Padre es el amante, el Hijo es el amado y el Espíritu Santo es el es el amor.
Dios es amor y nosotros estamos hechos a su imagen y semejanza luego tenemos que permitir que el amor de Dios, ese amor de de ágape, esté impregnando el amor de benevolencia el cual a su vez impregne y purifique el amor de concupiscencia . Eso es educarse el amor humano.
¿Cómo hacer esto? Creo que no hay otra fórmula que aprender de Jesucristo. El evangelio es una gran escuela de amor, en el evangelio nos convertimos en alumnos; como si cada vez que uno abre el evangelio se estuviese matriculando en el curso de amor divino de Jesucristo, y entonces aprendo el amor humano.
El Amor divino es la escuela del amor humano y a su vez el amor humano de Cristo es la escuela del Amor divino, porque en Cristo hay amor divino y amor humano, que están integrados en la persona divina deJesucristo. Sí, Él es una persona divina; pero aprendió también a amar con un corazón humano, que tenía sentimientos humanos y tenía también esas dimensiones emotivas.
El corazón de Jesús tenía afectividad, Jesús también tenía sus dimensiones pasionales, Jesús tuvo pasiones humanas, claro que las tuvo, Jesús tuvo esa dimensión de concupiscencia, esa dimensión de benevolencia; pero Jesús integró plenamente todas esas dimensiones en un amor maduro.
Esa es nuestra escuela, por eso recurrimos a Jesucristo y le decimos: Enséñame a amar, igual que los discípulos le dijeron enséñanos a orar porque no sabemos orar; creo que hoy en día tenemos más necesidad que nunca de ponernos delante de Jesucristo y decirle: enséñanos a amar, el hombre está sufriendo porque no sabe amar, porque confunde amar con mendigar afectividad. ¡Cuánto sufrimos por no saber amar! Acudamos a Jesucristo y pidámosle con toda la humildad que nuestro corazón lata al unísono con el corazón de Jesús, y el Señor te dirá: ven yo estoy contigo, yo camino junto a ti, ven y latiremos al unísono, para que seamos un solo corazón y una sola alma.
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