¿De dónde venía yo cuando tú me encontraste? Preguntó la niña a su madre. Ella riendo y llorando le respondió: "Tú estabas en mi corazón como un ansia, amor mío. Estabas en las muñecas de juguete de mi infancia, estabas en todas mis esperanzas y en todos mis cariños. Tú has vivido en mi vida y en la vida de mi madre. Tú fuiste viniendo siglo tras siglo en el sueño del espíritu inmortal que rige nuestro hogar"
Donde todo comienza
Pocos episodios de la naturaleza han de ser tan complejos y asombrosos como el entrecruzamiento de fenómenos sociales, psicológicos, emocionales y somáticos que preceden, influyen y acompañan el origen de una célula en su camino hacia un recién nacido humano.
Sin embargo, no hay época tan crucial del desarrollo como esos nueve meses que dura el embarazo. En ningún otro período de la vida la supervivencia se encuentra tan amenazada, ni el crecimiento es tan vertiginoso como en el período prenatal.
En Bali, el nacimiento de un niño es marcado por un ritual sagrado que magnifica la memoria de la vida intrauterina. Los Incas preservaban culturalmente este recuerdo haciendo rituales en su honor, en China la edad de una persona incluye el tiempo en que se gestó.
Los cambios parecieran ser esencialmente somáticos, sin embargo se acompañan de otros no menos importantes como son los del comportamiento del ser en gestación y el desarrollo psicológico de los padres.
La pareja humana aporta mucho más que cada mitad del material genético necesario para dar origen a una persona ya que todo ser humano crece con la fantasía de tener descendencia que llegará o no a concretarse más tarde.
El deseo de maternidad o paternidad así como la crianza, se alimentan de la potente fuerza que proviene del afán humano de vencer su propia finitud. Ese modo humano particular de ejercer el rol, influido por su propia historia, la calidad de los vínculos que lo sostuvieron, la cultura aportada por la trama familiar que lo albergó, así como las condiciones socioeconómicas que lo rodearon durante su vida, lo dotarán de determinadas características en su estilo y posibilidad de ser padre o madre, las cuales se entrecruzarán a su vez con las de su pareja.
Lo cierto es, que ni la historia ni la crianza de un ser humano comienzan en la sala de partos. Quizás en esto radique nuestra originalidad.
El encuentro
Cuando un espermatozoide y un óvulo se unen en la concepción, las inscripciones genéticas de ambos padres, representadas por más de mil millones de mensajes químicamente codificados, se combinan para dirigir el programa de crecimiento y desarrollo de una persona que será única.
Esta herencia genética influirá sobre el resto de su vida, pero no será determinante por sí sola sino que interactuará irremediablemente con una interminable gama de factores ambientales: desde la salud psicofísica de la madre hasta las políticas económicas y sanitarias, desde las rutinas culturales hasta los acontecimientos únicos e imprevistos de cada individuo. La herencia y el ambiente, lejos de oponerse, se interrelacionan mutuamente regulando el desarrollo.
Después de que el espermatozoide penetra en el óvulo, ambos núcleos permanecen uno junto al otro sin unirse encerrados en la membrana ovular. Pocas horas más tarde, repentinamente fusionan, su material genético se combina y se forma un cigoto unicelular.
El cigoto unicelular inicia el desarrollo humano por los procesos de duplicación y división. Justo antes de que el cigoto se divida, todo el material genético combinado de ambos gametos se duplica formando dos conjuntos genéticos de instrucciones. Estos dos conjuntos se trasladan a extremos opuestos de la célula y ésta se divide limpiamente por el medio convirtiéndose así el cigoto en dos células que se dividen luego para convertirse en cuatro y así sucesivamente.
Así, cada una de los aproximadamente 10 billones de células que constituyen un bebé al nacimiento, lleva una copia de las instrucciones genéticas heredadas por el cigoto unicelular en el momento de la concepción.
“En su realidad más profunda, el amor es esencialmente don y el amor conyugal, a la vez que conduce a los esposos al recíproco “conocimiento” que les hace una sola carne, no se agota dentro de la pareja, ya que les hace capaces de la máxima donación posible, por la que se convierten en cooperadores de Dios en el don de la vida a una nueva persona humana”(Juan Pablo II.Familiaris consortio 14)
El hijo deseado
El ejercicio de la paternidad responsable puede adquirir dos direcciones opuestas, engendrar un nuevo hijo o procurar evitarlo.
La fecundidad es un don de Dios que se actualiza por medio de la intervención de los padres.
Una pregunta previa es la siguiente. ¿Deben los hijos ser deseados por los padres? Si el hijo es deseado, sin duda, será buscado cuando las circunstancias así lo aconsejen y, cuando llegue, será recibido con inmensa alegría; será cuidado con todo esmero y cariño y protegido contra todos los peligros.
Esto quiere decir que la conducta de los padres, en todo momento, va a estar orientada al bien del niño, tanto durante el tiempo del embarazo como después del nacimiento.
Esta conducta de los padres respecto a su hijo tiene una gran trascendencia para su desarrollo armónico y global. El amor manifestado por los padres en el cuidado y atención al niño va a proporcionarle, bien que de forma inconsciente por su parte, la percepción de su seguridad, es decir, la percepción inconsciente de que es querido por esos seres que le cuidan; eso será su gran tesoro para toda la vida.
¿Qué deben hacer los padres cuando viene un hijo que no ha sido deseado en ese momento? No puedo emitir un juicio sobre la conducta de algunas madres que se someten al aborto o, una vez nacido el bebé, lo abandonan en cualquier sitio o lo matan. Sólo Dios conoce las circunstancias y sólo Él puede juzgar lo que parece tan deleznable.
Cuando un embarazo es rechazado por los progenitores produce tirantez, amargura, continuos disgustos y mala relación de pareja. Envuelto todo en un gran nerviosismo que les hace muy desgraciados.
Por lo común, cuando llega un embarazo que no ha sido deseado, los padres cristianos aceptan la nueva situación y tratan de acomodarse a ella.
Aceptada por ambos la nueva situación, deben proceder en todo y siempre como lo hubiesen hecho si el embarazo hubiera sido deseado. No valen las medias tintas, no vale aceptar a medias, no vale que lo acepte uno y el otro no. Deben llegar cuando antes y ambos, a la plena aceptación para evitar que su hijo sufra las consecuencias del rechazo y ellos mismos vivan en la amargura.
Actitud de los padres en presencia de un embarazo
Lo primero que deben hacer es ponerse en las manos del especialista y seguir fielmente sus indicaciones, él les dirá lo que pueden o no pueden hacer para que el feto se desarrolle y crezca sano. En esto no valen los consejos de las comadres, sin duda dados con la mejor intención, pero carentes de la especialización necesaria.
En el aspecto psicológico, deben evitar todo nerviosismo, llevar una vida lo más normal posible y “gozar en paz” de su embarazo. Seguirlo día a día, recibir con gozo cada nueva manifestación y compartir la sucesión de acontecimientos en espera del día del nacimiento.
El padre iniciará su “proceso de paternización” de la mejor forma posible, contribuyendo a la paz, a la armonía, al gozo y al relax de la esposa dentro del clima cálido y afectivo de su hogar.
Crear la paz del hogar es obra de los dos, pero especialmente del padre, pues su organismo no está sometido a los profundos cambios que experimenta su esposa embarazada. Este es el mejor regalo que puede hacer a su esposa y a su futuro hijo.
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