"Hijo, acoge a tu padre en la ancianidad y no le des pesares en su vida. Si llega a perder la razón, muéstrate con él indulgente y
no le afrentes porque estás tú en la plenitud de tus fuerzas; la piedad con el padre no será olvidada" (Eclo 3, 14-15).
“La jubilación me dio libertad, no aburrimiento”.
Es el tiempo de los viajes frecuentes, de las vacaciones largas, de las excursiones, de la lectura sosegada, de la cooperación en trabajos solidarios, etc. Lo que no debe hacer nunca un jubilado es arrinconarse y sentirse inútil por el simple hecho de haber dejado su trabajo profesional.
Cuando llegan las dificultades: Es ley de vida que, con los años, lleguen los achaques, las goteras, las enfermedades y, en el peor de los casos, no puedan valerse por sí mismos. Esta es la época más dura y difícil, porque ellos no quieren ser una carga para sus hijos y éstos, con frecuencia, no pueden atenderlos como desean. No hay soluciones mágicas, pero sí hay soluciones humanas, en las que debe predominar el cariño, el afecto y el amor entre padres e hijos. Siempre se puede buscar y encontrar, con diálogo sincero, la mejor solución.
Algunas soluciones: Que los mayores vivan solos y los hijos contraten a una persona que los cuide. Que vivan con un hijo o una hija y los demás hermanos cooperen de alguna manera. Que vivan temporalmente con cada uno de los hijos, (a mí no me agrada mucho esta opción porque tanto cambio desarraiga y los convierte en pelotas rodantes). La solución más dura, por el hecho de separarse de los seres queridos, será su ingreso en una residencia. La residencia, por muy buena que sea, y no todas lo son, significa soledad, desarraigo y tristeza. En todo caso, se debe garantizar la atención de todas sus necesidades y los hijos darles el mayor cariño posible en sus frecuentes visitas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario